El Manuscrito Bizantino
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El Manuscrito Bizantino:

Estaba seguro de que todas mis propiedades ya habían sido confiscadas por el emperador, o sea que me encontraba absolutamente solo y sin nada de ayuda en este mundo. Mi pobre familia no debía entender muy bien qué era lo que pasaba. Espero que algún día me perdonen. Además el viaje había durado en total por lo menos unos veintiocho días, si no saqué mal la cuenta, o sea que calculando la distancia recorrida por un carro en esa cantidad de tiempo pude concluir que me habían llevado casi al límite del imperio. La consecuencia de ello era muy simple: estaba en la frontera, en un monasterio en las cercanías de un pueblito de campesinos que probablemente en cualquier momento fuera atacado por bárbaros de cualquier tipo y calaña. Uno de esos pueblitos que el emperador solamente se preocupa en defender cuando son ocupados por estos salvajes, porque en general sus habitantes se arreglan solos, cuando pueden, y si no, mueren sin que nadie se lamente demasiado, salvo el recaudador de impuestos imperial. El razonamiento general en la corte y en la Ciudad sobre estos problemas es más o menos el siguiente: luego de ser conquistado por bárbaros, en la habitual campaña de reconquista el imperio vencerá a éstos, recuperará el territorio y fundará otro pueblo nuevo en su lugar o cerca de donde estuvo éste. Pero mientras tanto los que mueren o son esclavizados son los ocupantes de la aldea fronteriza.

Con el tiempo me di cuenta de que los monjes vivían en el monasterio solamente porque allí eran alimentados por la caridad de la gente del pueblo. La mayoría de estos hombres de Dios eran ignorantes, algunos solo sabían algunos párrafos de la Biblia, otros no sabían siquiera escribir bien, y todos hablaban en un idioma deformado, con gran cantidad de palabras que no conocía, y al cual me costó muchísimo adaptarme.

En el pueblo también hablaban ese idioma horrible, apenas parecido al hermoso e insuperable instrumento artístico del intelecto humano al que yo había estudiado con tanta dedicación desde niño. Además, las palabras que utilizaban de mi idioma eran pronunciadas de una manera horrible.

Era tan pobre esta gente cuando hablamos de dinero y poder, como ignorante es su saber. En general se trataba de gente muy rústica, que ha pasado su vida arando la tierra, pescando en el lago vecino o en los ríos cercanos y tratando de vender sus productos para poder sobrevivir, mantener a sus familias y plantar nuevas semillas en la siguiente temporada. Así se pasaban la vida sin preguntarse el porqué de las cosas, simplemente resignados a sus vidas de miseria y pobreza. No podía encontrar a nadie con quien tener una buena conversación, ni mencionar la posibilidad de poder hablar de filosofía o teología, o aunque más no sea discutir sus rudimentos. Todos hablaban casi con monosílabos, me miraban con desconfianza como si fuera un perturbado cuando trataba de dialogar, y cuando yo decía una sentencia o una frase de algún filósofo se quedaban mirándome como si hubiera hablado en otro idioma. Era un pueblo detestable, en todos los sentidos. No le tenía simpatía a ninguno de sus habitantes, todos eran absolutamente simples, como bestias salvajes, todos pensaban únicamente en hacer su producción para poder sobrevivir, tener una familia, procrear en forma irracional y pelearse entre sí. Porque peleas nunca faltaban. Por cualquier motivo. La cuestión era que a veces sin decirse palabra dos personas sacaban sus cuchillos y comenzaban a tratar de cortarse las carnes, y así, sin ruido, todos los días había algún herido, que las mujeres o los ancianos del pueblo trataban de sanar antes de que se les infecten las heridas.

 

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

One Response to “El Manuscrito Bizantino”

  1. Noelia Acosta, Responder

    Hola, ya termineeeeeee … Qué más sigue.. Las mujeres o los ancianos del pueblo trataban de sanar antes de que se les infecten las heridas…
    GRacias

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