El Manuscrito Bizantino
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El Manuscrito Bizantino:

Luego de varios días sin compañía, sin luz, casi sin aire, durante los cuales viví en forma casi permanente con mucha hambre y sed, llegaron hasta mi celda varios soldados, abrieron la puerta violentamente y me gritaron que me pusiera de pie. Aterrorizado, me puse de pie tan pronto como mi debilidad, que iba todo el tiempo en aumento, me lo permitió, sólo para que una de esas bestias me tomara del brazo y me tirara al suelo de nuevo con un simple empujón.

– Déjalo, que en su momento fue uno de los preferidos del emperador. No sea cosa que nuestro benefactor cambie de opinión y luego se las tome con nosotros. – Indicó uno de sus compañeros.

– Eso no me importa. – Dijo el violento guardia, y me pateó con la punta de su bota en las costillas, causándome un dolor que llegó hasta lo más profundo de mis huesos.

– Basta. – Gritó un tercero, e inmediatamente me tomó del brazo y me condujo fuera de la celda. –Este pobre ya va a tener bastante con el castigo que le impuso el emperador. –

No me preocupé demasiado por el destino que me esperaba. Siempre pensé que era mejor en una situación desesperada saber lo menos posible sobre el futuro. Por suerte el soldado que estaba tan excitado y que descargaba su furia sobre mí no subió al carro en el cual me sentaron y me ataron. Solamente subieron dos guardias, a los cuales tenía a ambos lados tomándome fuertemente de mis brazos, como si no hubieran advertido lo débil que estaba.

Después de media hora de viaje hicieron parar el carro, me desataron y me hicieron bajar a los empujones, pero sin pegarme. Eso me produjo una cierta sensación de bienestar. Me condujeron por el puerto hasta llegar a una pequeña nave, donde me depositaron en manos de otros dos guardias que de seguro me estaban esperando, los que nada más subir al barco comenzaron a insultarme y a pegarme en la cara con las manos abiertas, como si no desearan dejar marcas sobre ella, hasta dejármela bastante dolorida. Incluso uno de ellos me escupió, y como yo tenía las manos atadas, tuve que soportar ese líquido viscoso en mi dolorido rostro durante bastante tiempo. En pocos segundos estaba tirado en una habitación, especialmente construida como celda, en el fondo de la nave. Allí no había luz, estaba muy húmedo, y se escuchaban ruidos raros, ratas sin ninguna duda. Tenía mis manos atadas a la espalda, y me las habían enlazado tan fuerte que se me estaban durmiendo los dedos. El viaje en barco pareció durar una eternidad, pero pude calcular en forma aproximada que no llevó mucho más de dos horas.

Inmediatamente que hubo atracado el navío, dos soldados que nunca había visto antes abrieron la puerta, me sostuvieron de los brazos en forma fuerte pero no violenta y me condujeron bajando del barco hacia el puerto, que nunca había visto. Allí me estaba esperando un carro, y junto a él unos cinco soldados del emperador. Este viaje sí fue largo. Nadie decía una palabra, y por supuesto no me atreví a abrir la boca, tan enojado que estaba todavía conmigo mismo por haber hablado de más frente a quien no debía, y en forma especial aterrorizado por la idea de que si decía alguna palabra inconveniente alguno de aquellos guardias me mataría a golpes de puño y patadas. Polvo, sequedad, tristeza, dolor, miedo, eran mis principales acompañantes, ya que los soldados no hablaban ni siquiera entre ellos, y me dolía en el alma la incertidumbre sobre mi destino final.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

One Response to “El Manuscrito Bizantino”

  1. Noelia Acosta, Responder

    Hola, ya termineeeeeee … Qué más sigue.. Las mujeres o los ancianos del pueblo trataban de sanar antes de que se les infecten las heridas…
    GRacias

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