Yo era el Rey

Dicen que este escrito se descubrió en el centro europeo, mientras se excavaba para apuntalar y restaurar un viejo pero importante castillo. El relato no está firmado pero se cree que pertenece a un rey de una pequeña región del sur de Alemania, que reinó entre el año 850 y el 875. Le llamaban el Pérfido, porque durante su reinado se celebraban fiestas muy lujosas mientras la gente moría por el hambre y las enfermedades. Se cree que enloqueció cuando tenía treinta años, y ya no le importaron más sus súbditos. Dicen que fue asesinado por el jefe de sus ejércitos, que reinó como usurpador entre 875 y 879, siendo a su vez asesinado por un primo del rey depuesto, que reclamaba el trono para sí. Este primo murió también asesinado a los dos años por un hermano. Pero lo importante es que el texto, que por suerte fue copiado para su estudio por los investigadores asignados, fue robado del museo donde estaba exhibido. Nadie sabe dónde se encuentra en este momento. He aquí la transcripción.

Yo era el rey y había dado una orden. Mandé que decapitaran al comandante de todos los ejércitos del reino. Lo hice porque estaba seguro de que era un traidor. Yo le di ese puesto. Yo soy la única persona que él debe obedecer. Pero no lo hizo, cuando yo le dije que tenía que luchar hasta vencer o morir, rindió a sus hombres delante de nuestros enemigos, que eran más débiles. De estoy seguro.

Ordené nuevamente que lo mataran. Sin embargo, no me hicieron caso. Mientras gritaba la orden una y otra vez, el comandante de mis ejércitos desenvainó su espada y amenazó con degollar a toda la corte. Yo seguía gritando mientras exigía a todos los señores del reino que se le enfrentaran y le cortaran la cabeza. Pero nadie parecía escucharme. Entonces el comandante, que me debía el puesto a mí y que me había jurado lealtad, se dirigió hacia el trono donde yo estaba sentado.

Nadie lo detuvo, ni siquiera lo intentaron. Lo esperé sentado, mientras le gritaba que se detuviera. No me paré ni huí, como estaba seguro que le hubiera gustado que hiciese. Cuando llegó hasta mí le dije con mi voz más calma que me entregara la espada. Se rió, el muy insolente. Lo miré a los ojos con mi mirada más furibunda y le repetí la orden. Le dije que si me tocaba, el pueblo, que me amaba, se iba a encargar de él. Se rió todavía más, casi ahogándose, y cuando terminó de deleitarse me dijo que el pueblo estaba harto de mí, que se estaba muriendo de hambre, que los niños estaban enfermos porque no tenían qué comer.

Yo no podía creer que una persona como él estuviera tan alejado de la realidad. Mi pueblo era sano y fuerte, sobraba la comida y todos los días había fiesta en las calles. Miré a los señores, uno por uno, buscando apoyo, pero todos me desviaron la mirada. Entonces hice tronar mi voz, ordenando que le dijeran al comandante rebelde que yo tenía razón. Nadie obedeció, todos miraban al piso. Esos señores que siempre disfrutaban de mis fiestas en el palacio, que eran mis invitados a todos los banquetes que organizaba la corona, esos señores, ante mi orden directa, sólo miraban al piso.

El comandante, que ahora mostraba una hosca mirada, me dijo que él jamás mentía, y que era verdad que el pueblo me odiaba. Me dijo que rindió a su ejército porque se dio cuenta de que en las calles la gente pedía limosna de manera desesperada. Que el comandante enemigo sólo armó la revuelta para pedir que se tratara mejor a la gente y que se repartiera comida. También querían que terminen los interminables banquetes de la corte, que se dejen de comprar carísimos perfumes, telas y piedras preciosas de los países lejanos exóticos, malgastando el dinero del reino. Que se cobren menos impuestos, y que liberen de la cárcel a los que fueron encerrados por robar comida para sus familias.

Le respondí que era un insulto para mí que me dijeran esas cosas de mi reino, el más grande entre todos. Le dije que el lujo de la corte era esencial para impresionar a esos reyezuelos vecinos que siempre causan problemas. Que con el dinero yo hacía lo que quería, porque soy la cabeza del reino. Fui categórico en mi discurso, y eso lo enojó bastante.

Primero ordenó que arrestaran a todos los nobles y cortesanos presentes. Eso para sus soldados fue muy fácil. Nadie se resistió. Después designó varias partidas de soldados para salir a los campos del reino a quitarle los castillos a los nobles que no estaban presentes. Y finalmente dijo que me obligaría a luchar contra él mismo, en el campo de deportes de la ciudad capital, lugar en el que entraban más de cuarenta mil personas. Dijo que allí me mataría y que el veredicto del público sería importante. Podrían decidir si me mataba o si seguía viviendo. También me dijo que allí me daría cuenta de la realidad.

Pensé que el comandante era un pobre insolente que imaginaba una realidad inexistente. Yo estaba seguro de que la gente me amaba, porque yo era el elegido, el hombre que pensaba en ellos, los quería y les daba de todo. Por eso me idolatraban.

La fiesta comenzó hoy por la mañana. Me sacaron del calabozo en el que estuve por tres días y me llevaron al lugar donde los guerreros se preparaban para entrar al estadio. Se sentía un hedor insoportable. Yo estaba acostumbrado a los mejores perfumes y a una limpieza ejemplar, acá no se veía nada de eso. Además en esos tres días apenas me dieron unos huesos casi sin carne para comer y un agua marrón y maloliente para tomar. Y estaba vestido apenas con unos trapos sucios y olorosos.

Cuando entré en ese lugar los otros guerreros me miraron con desprecio, y yo prometí para mis adentros que el día en el que retorne al palacio los iba a hacer decapitar. Estaba constantemente vigilado por tres soldados del comandante, o sea que no podía hacer nada para liberarme, por el momento. También los iba a hacer decapitar.

La mayor sorpresa me golpeó al salir al campo de juego. Creí estar soñando. Como si me hubiesen trasladado a un estadio de una ciudad mortalmente enemiga, la gente al reconocerme se levantó y al unísono comenzó a insultarme y a tirarme todo tipo de objetos. Pensé en que mis enemigos eran muy astutos y seguramente habrán repartido muchas monedas de plata para que la gente me insultara. Mis guardianes me dejaron solo y así mientras todos en las tribunas seguían insultándome por la puerta de lado contrario salió mi enemigo.

Debo reconocer que era portentoso con su armadura negra, no por nada lo nombré comandante del reino. Pero yo no le tenía miedo. Se me vino encima corriendo como una bestia en silencio, y yo, ya un poco regordete, olvidado el ejercicio físico hace años, traté de hacer lo mejor posible frente a él. No tenía ni escudo ni armadura, apenas estaba cubierto por una pechera de cuero y tenía una espada corta. Recibí infinidad de golpes de mi agresor. Muchos de esos golpes me cortaron y otros me los dio con el lado plano de su enorme espada.

Mi cuerpo transpirado se llenó de arena de tantas veces que me caí. Pero me levanté siempre. Cada vez que me golpeaba el público festejaba y cuando me levantaba me gritaban las cosas más detestables. Deben haber repartido mucho oro y mucha plata entre esa gente. Luego de un rato de jugar conmigo me di cuenta de que no quería matarme, solamente herirme y hacerme sufrir. No me quejé en ningún momento. Aunque me dolía todo el cuerpo nunca abrí la boca, ya saben, soy orgulloso. Soy el rey. El reino volverá a ser mío algún día. Tengo muchos amigos que me deben favores. Y luego voy a hacer decapitar a todos los que entraron a este estadio en el día de hoy.

El comandante me dejó vivo. Gran error, aunque imaginaba que no me iba a matar, porque sé que tiene consciencia. Otro gran error. Mientras me sacaban del estadio arrastrado por los pelos entre dos enormes soldados, la gente de la tribuna se acercó al pasillo por donde me trasladaban y me escupió repetidas veces. Idiotas. De algunas caras no voy a olvidarme nunca. Ya me cobraré esa gran deuda, y se arrepentirán de haber aceptado el pago del comandante.

Ahora desde este calabozo triste y hediondo voy a armar mi estrategia.  Es de noche y estoy solo en mi celda de piedra, acostado sobre hierba seca, tratando de curarme las heridas con saliva, único elemento calmante que tengo. Una pequeña lámpara me permite seguir escribiendo sobre un viejo pergamino raspado para escribirlo de nuevo, que pude obtener gracias a uno de mis carceleros. También me consiguió una pluma y algo de tinta.

En este momento están abriendo la puerta de metal, escucho el sonido de llaves y veo varias sombras debajo de la gran puerta que cierra mi celda. Estoy pensando que pueden haberle pagado a alguien para que me mate. No tengo defensa en este lugar, debo aceptar mi destino. Han entrado tres personas. Su aspecto es desagradable, y los tres tienen cuchillos bien afilados en sus manos. Me ven escribiendo, no me interrumpen. Claro, tienen todo el tiempo del mundo. Dejo este escrito para la posteridad, para que todos sepan que el rey legítimo nunca gritó ni se asustó ante sus enemigos, y jamás creyó sus mentiras. Uno de ellos ya viene hacia mí

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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