Por culpa de cuatro balazos

Por culpa de cuatro balazos

Era una tarde fría, con nubes de todos los tonos de gris, algunas bien cargadas de agua. Pero no llovía, aunque sí había viento, un viento húmedo que calaba hasta los huesos. Andrés caminaba muy despacio por la calle Esmeralda, sintiendo cómo la gente iba y venía con un ímpetu que él no tenía, aunque con caras largas o preocupadas. Pensó que no pertenecía a este mundo, pero siguió caminando sin molestarse ya en mirar a los demás. Demasiado ruido lo rodeaba: colectivos, taxis, autos en general, bocinazos, gritos, motores acelerando pero sin poder correr de tantos coches que ocupaban la calle. Aunque Esmeralda había sido transformada en peatonal a toda hora seguía llena de autos. Andrés tenía que llegar a una dirección antes de las tres de la tarde. Era imprescindible que estuviese allí. Su motivo era más que personal, iba a encontrase con un amigo, y durante ese encuentro se iba a jugar la vida. Sí, su vida dependía de lo que dijera su amigo Javier.

Llegó a las tres menos tres minutos a la puerta del edificio de Esmeralda 848 Noveno piso, departamento H. Esperó parado al lado del portero eléctrico unos tres minutos, hasta que en su celular se marcara la hora correcta. A las tres en punto tocó timbre en el Noveno H. Justo en ese momento pasaban dos niños jugando, y los observó extrañado, porque era una escena que no se llevaba bien con el resto del panorama en la calle. Una voz algo distorsionada le habló por el portero eléctrico:

-¿Quién es?

Andrés dijo lacónicamente su nombre, sin agregar nada más.

-Pasá.

A continuación se escuchó el típico sonido del portero en la puerta, y Andrés la abrió, no sin hacer un pequeño esfuerzo.

No había entrado muchas veces al edificio, pero se acordaba del camino. Nunca tomaba el ascensor, en ningún lugar, así que recorrió todo un largo y oscuro pasillo hasta llegar a las escaleras del fondo. Una sensación de que la temperatura había bajado unos cinco grados lo invadió. Llamó al ascensor del fondo, aunque no pensaba tomarlo, y comenzó a subir las escaleras. Subió lenta, cansinamente, escalón tras escalón, piso tras piso, hasta llegar al noveno sin agitación ni demasiadas palpitaciones. Estaba frente al departamento C. Se dirigió a la derecha hasta quedar frente a la puerta del departamento H. Tocó el timbre, dos golpecitos breves y suaves.

Despertó metido en una bañera. La estaban llenando con agua fría, con él vestido adentro. Había una muy tenue luz, quizás de una lámpara o de una vela. Tenía una venda que cubría su boca, y algo dentro de su boca, un pañuelo, o algo así. Sus manos estaban atadas a las canillas de la ducha, y sus pies también estaban fuertemente atados. No veía a nadie, por la cortina de baño cerrada, pero distinguía dos sombras. Andrés decidió no tener frío y no preocuparse. Pensó que esta situación era completamente previsible, y no se echó la culpa. No hizo ruido por espacio de diez o quince minutos, pensando que esas dos sombras pronto hablarían o se asomarían a ver si había despertado. El agua había llenado la bañera, pero escapaba por el agujero que impedía que se rebalse. Andrés miraba cómo el agua se metía por el agujero, casi extasiado, no pensando en nada. Hasta que decidió hacerse notar emitiendo sonidos guturales con su garganta. En seguida una de las dos sombras se asomó.

-Andrés, ésto es una desgracia. Lo siento mucho amigo, lo siento mucho, hubiera deseado que esto no sucediera nunca.

Andrés se encogió de hombros, un poco para hacerle ver a su amigo que no podría contestarle con la venda puesta y el pañuelo dentro de su boca, y otro poco para demostrar que ya no había nada que hacer y que lo aceptaba.

-Discutimos mucho sobre qué hacer con vos. Lamentablemente no hay otro final que éste. Me voy, sinceramente espero que no sufras demasiado, se los pedí especialmente, espero que me hagan caso.

Escuchó los pasos de su amigo que se alejaba. La otra sombra ahora se movió y mostró su rostro. Era apenas un niño, no debía tener más de dieciocho años, con el pelo largo y rubio, ojos verdes y la piel blanca, casi transparente. El rubio lo miró, muy serio, sacó un arma pequeña que tenía en el bolsillo de su campera de jean, apuntó hacia su abdomen y disparó tres veces. Luego lo examinó, vio su expresión mientras el agua se mezclaba con la sangre roja. No dijo nada, solamente lo observó durante un tiempo, quizás cinco o seis minutos pero era difícil calcular el tiempo mientras se estaba muriendo.

Andrés había decidido no sentir dolor, y el agua fría le facilitaba la tarea. Durante un tiempo sintió que iba a desmayarse, pero también decidió seguir consciente hasta el final. El rubio observó su rostro impasible, tranquilo, lo miró a los ojos contemplándolo. Le dijo:

-Sos muy valiente. Te admiro.- Y le pegó otro balazo, esta vez en el pecho.

Andrés se desmayó tres minutos después, cuando el rubio empezaba a impacientarse.

Un año después Andrés tocó el timbre del mismo departamento. Dijo que era del servicio técnico del cable, que había un desperfecto en el edificio, específicamente sobre ese departamento H,  y que debía pasar a arreglarlo. Costó convencer a Javier, pero lo consiguió demostrando que sabía el nombre del portero y de los vecinos. Dijo que ya había estado en esos departamentos por el mismo asunto.

Cuando Javier abrió la puerta y lo vio pensó que era un fantasma o un espectro. Tembló como una hoja y no pudo articular palabra. Apenas un ¿cómo…? imperceptible.

Andrés sacó su arma mostrando un rostro que no demostraba emoción alguna. Apuntó hacia el piso.

-Si, sigo con vida, como podés ver por vos mismo. Pasé mucho tiempo esperando volver. Sabía que no iba a morir, aunque tuve suerte porque antes de compactar la basura me vieron. Logré convencer al camionero y su ayudante de que me dejen en un hospital general perdido en el Gran Buenos Aires. No tenía documentos, y dije que no recordaba mi nombre ni nada de nada. Pasé dos duros meses recuperándome, tuve muchas operaciones, gastaron mucho dinero de los contribuyentes en mí. Luego tuve que aprender a caminar de nuevo, a ir al baño, a comer. Pero siempre supe que iba a terminar aquí.

Andrés miró hacia las otras puertas del comedor del departamento.

-¿Está el rubio por aquí?

Javier estaba tan aterrado que apenas pudo mover la cabeza negativamente. En ese momento exacto Andrés disparó dos veces su arma provocando dos pequeños agujeros en la frente de Javier, que cayó al suelo inerte y sin vida.

Andrés, casi como hablando con el muerto, le dijo:

-Así me tendrías que haber matado a mí. Eramos amigos, me debías eso, no debiste provocarme tanto sufrimiento por nada. Y lo siento, tuve que matarte, no es mi decisión, es sólo otra orden que recibí. No me siento orgulloso de esto. Y tardé tanto en hacerlo que tengo que irme del país, porque si me ven me matan. ¿Ves? Me arruinaste la vida.

Salió por la escalera. Caminó con dificultad hacia la planta baja. Cuando iba por el quinto piso escuchó que alguien subía, pero decidió no preocuparse. Pensó que la vida había que tomarla como venía. Treinta segundos después se cruzó con esa persona. Andrés ya había visto la cabeza rubia, esa cara pálida y anodina, casi sin expresión. Sin embargo decidió seguir bajando sin hacer movimiento alguno.

El rubio miró un instante hacia arriba, lo vio, lo saludó como se saluda a alguien que no se conoce, sólo por educación, y siguió subiendo despreocupado. Cuando llegó al departamento vio la puerta entreabierta, sacó el arma y entró violentamente. Vio a Javier en el piso, sin vida, y comenzó a buscar en las otras habitaciones al culpable. No encontró a nadie. Se dio cuenta de que en el apuro había dejado la puerta abierta. Se dirigió a ella para cerrarla, pero antes de llegar vio a Andrés, con su arma en la mano, esperándolo. Del susto le temblaron las piernas y se le cayó el arma al piso. Andrés le apuntó a la cabeza y le metió tres balazos. Otra vez habló con un muerto:

-Cuando le dispares a alguien con intención de matarlo, tenés que matarlo, no cabe otra. Sos muy chico, solamente por eso puedo entender tu falla. Si me hubieras matado me hubieras ahorrado mucho sufrimiento. Y no estarías muerto, ni vos, ni él.

Andrés volvió a bajar la escalera, lentamente, sin apuro. Salió del edificio y llamó al primer taxi que pasó por ese lugar.

-Al aeropuerto de Ezeiza por favor.

-Que bien, ¿te vas de viaje?- Le dijo el taxista, curioso.

-Si. Me voy a España. Tengo la oferta de un buen trabajo y decidí aceptarla.

-¿Si? ¿Y qué trabajo es?

Andrés se tomó su tiempo para contestar. Tanto que el taxista ya pensaba en disculparse por mostrarse tan indiscreto.

-Limpieza. Mi trabajo es hacer la limpieza que no quieren hacer los demás. Y no te creas, es un trabajo bien pago.

Y así el taxi atravesó la ciudad de Buenos Aires en otro día gris, fresco y desapacible, mientras Andrés pensaba que se iba, en realidad, por culpa de cuatro balazos. Si, por culpa de los cuatro balazos del rubio. El tomaba las cosas como venían, no sentía culpa ni rencores, pero sabía que esa era la única verdad. Respiró hondo, se relajó mientras el taxista le contaba cosas a las que no le prestaba la menor atención, y hasta casi se duerme por el camino.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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