Ludwig

Ludwig

Extraños sentimientos se me revelan cuando pienso en los motivos por los cuales escribo estas páginas. Sé que tal vez a poca gente pueda interesarle esta historia, pero hay algo muy dentro mío que me obliga a contarla. Es algo que tiene que ver con la injusticia, tan frecuente en las relaciones de mi familia.

 Recuerdo muy pocas cosas de mi abuelo. Algunos paseos en los que no decíamos palabra alguna, su andar cansino, distraído, sus frases que a menudo me sonaban incoherentes, dichas a media voz. Eso me obligaba a pedirle siempre que volviera a hablar, pero nunca lo hacía.

 A pesar de todo me unía a él un profundo afecto, ése que solamente viene cuando es la sangre la que resuelve, que no necesita de palabras ni de declaraciones para manifestarse, y que solamente se puede sentir.

 En síntesis, la historia que voy a contar es esta:

 Mi abuelo murió cuando yo tenía apenas once años y él ya había pasado los cincuenta y seis años. Retrospectivamente lo veo como a un anciano, pero ahora que tengo casi su edad me doy cuenta de que no era nada parecido. Poco tiempo antes de su muerte comencé a darme cuenta de los rumores que corrían sobre él. Alarmado, por el cariño que le tuve, escuché de boca de su propio hijo, mi padre, que estaba loco, que ya no razonaba, que no podían contar con él para nada, que era una carga para la familia, que había que llevarlo a un asilo. Mi madre asentía, mis hermanos mayores también, mientras a mí me corrían lágrimas de angustia y enojo escondido en mi cuarto pero con la puerta entreabierta para escuchar todo lo que decían.

 Al final no hizo falta internarlo. A los pocos días murió de cirrosis hepática, según el certificado médico. No recuerdo haber llorado tanto como en esos días. De verdad lo quería y era la única persona que me acompañaba sin reproches ni órdenes.

 En un principio odié a toda mi familia porque lo consideraban un loco desquiciado. Sin embargo, poco a poco fui creciendo y enterándome, por boca de mis padres y hermanos, de las cosas que mi abuelo hacía. El tiempo es un verdugo del sentimiento. Llegué a creer que ésa era la verdad, y me olvidé de mi abuelo. Ahora sé que no era así.

 Mi abuelo era músico. Compuso muchas páginas pero nunca fue conocido, ni siquiera un poco. Siempre, por ese motivo, pasó penurias económicas y vivió gran parte de su vida de la ayuda que le daban sus hermanos. El nunca supo conseguirse un trabajo estable, aunque ahora dudo que le interesara obtener un trabajo de ocho horas diarias. Con el tiempo sus propios hijos lo fueron ayudando, entre ellos mi padre, que siempre supo como arreglárselas para trabajar y tener algo parecido a una carrera importante.

 El abuelo era alemán, de Bonn, pero llegó a la Argentina muy joven, escapando de la locura de Hitler. Sé también por lo que me contaron que odiaba a Perón y que vivió más tranquilo del año 1955 en adelante.

 Mi padre me dijo una vez que hubo una época en la que había hecho amistad con la gente más importante de la cultura argentina, que organizaba fiestas a las que asistían los mejores músicos, escritores y artistas de nuestro país. Fue en esa conversación que me enteré de su extraño anuncio: en una de esas fiestas -la última- anunció que muy pronto daría a conocer una extraordinaria pieza musical de su propia autoría, y que se pondría en campaña para representarla en Buenos Aires. Pasó el tiempo, no organizó más fiestas, no habló más de música, y por esa época comenzó su comportamiento más excéntrico, que se acentuaría sin parar hasta su muerte.

 A veces pienso que no era tan difícil adivinar que algo había pasado después de su última fiesta para que cambiara tanto su forma de ser. Durante un tiempo culpé a mi padre por no haber tratado de entender qué era lo que pasaba con el abuelo y muy especialmente que no intentara averiguar qué era lo que había ocurrido. Pero después entendí que mi padre siempre estuvo mucho tiempo atado a su trabajo y que siempre se ocupó de su familia compuesta por su mujer y seis hijos, por lo tanto mal podía ocuparse de su propio padre. Incluso ahora estoy seguro de que el abuelo se mostró muy poco colaborativo para que alguien pudiera desentrañar este difícil asunto.

 Ahora, a tantos años de su muerte, puedo decir con toda seguridad que no estaba loco, que jamás lo estuvo, y que fue solamente por propia decisión que nadie se enteró de los motivos que tuvo para comenzar con ese extraño comportamiento. A veces la vida se parece a un juego, donde la muerte es la que decide, por más firmeza y voluntad que la persona se empeñe en mostrar.

 Ya había decidido dejar a un lado el misterioso asunto del abuelo aunque no por eso dejaba de pensar en el de vez en cuando. Como dije anteriormente, han pasado muchos años, y además hoy en día estoy felizmente casado y tengo un hijo que es mi locura, y asumo como todo el mundo mis propios problemas, mis angustias, alegrías y ambiciones. Pero en un momento la suerte jugó a mi favor la carta más deseada. Fue un domingo. Hacía calor y estaba muy aburrido como pasa siempre en esos días por la tarde. Para hacer algo útil me puse a limpiar los cuadros que adornan la casa. Cuando descolgué el segundo cuadro, que mostraba un paisaje de Colonia en Alemania, que el abuelo había traído de su país, cometí una torpeza, y el cuadro cayó al suelo, y del golpe sufrido el marco se rajó, justo a la altura donde se encastra la tela. Esa fisura del cuadro dejó a la vista algo así como la punta de un papel, como si hubiera una hoja entre la tela pintada y el fondo del cuadro. Con mucho cuidado, sabiendo que el cuadro era más un recuerdo que una pieza artística, recorté la tela unos cuantos centímetros, hasta que pude meter los dedos y darme cuenta de que había muchos papeles debajo de ella. Con gran impaciencia terminé de cortar la tela y pude sacar todos esos papeles, ya amarillentos y ajados. Me di cuenta antes de sacarlos de que eran partituras. Después de sacar todos los papeles metí la mano entre la tela y el fondo y saqué un sobre cerrado que contenía un papel en su interior y tenía escrito en el anverso esta frase: “A la posteridad. Ludwig”.

 No sé qué fue lo que pensé en ese momento. Sólo tomé las hojas de música y el sobre, los llevé a mi escritorio, cerré con llave y me senté con la intención de abrirlo tranquilamente, pero pronto me di cuenta de que mis manos estaban temblando.

 No voy a comentar todo el contenido del sobre. No hace falta porque en su mayoría contiene historias muy íntimas que incluso han servido para un acercamiento entre mi padre y yo. Pero entre todas esas hojas que contenía estaba la revelación. Luego de leer esas páginas cambié por completo mi visión sobre el abuelo y sobre toda mi familia. En ellas está detallada la causa de su extraño comportamiento.

 Su nombre no era Ludwig, sino que era Karl María Warschauer. Era de Bonn, pero desde que era muy pequeño su familia se trasladó a Colonia. De esas páginas surge la primera sorpresa: era judío. Como todo el mundo sabe, esa condición era casi como ser criminal en la Alemania nazi. Pero mi abuelo tenía un carácter especial, y allí viene la segunda sorpresa: era un músico reconocido e incluso admirado en su país, y solamente deseaba dedicarse a componer piezas musicales y a tocarlas en el lugar que pudiera.

 Pero como a todos los de su clase le llegó el día en el cual no tuvo otro remedio que partir hacia un campo de concentración. La policía alemana irrumpió a medianoche en su casa y secuestró literalmente a toda su familia. Los separaron a todos, y ninguno de ellos pudo obtener información sobre a qué lugar fueron los otros. Pasaron dos meses de sufrimiento y el abuelo, en un audaz golpe sorpresa, se escapó, solitario, de su lugar de encierro. Acudió a cierta gente influyente que lo conocía por su talento artístico y logró pasar luego de unos días de tensa espera, escondido, hambriento, a la vecina Suiza. No se detuvo allí, siguió camino hacia el sur de Francia, luego España y desde allí embarcó hacia América del Sur. Luego de unos meses en Venezuela decidió seguir hacia el sur, hasta llegar a la Argentina.

 Aquí pasó hambre y trabajó de lo que pudo, ya que no sabía hacer otra cosa que escribir música. Cuando se dio cuenta de que a los judíos acá también se los discriminaba hizo cambiar sus documentos, quién sabe de qué forma. A todos los que quisieran escuchar les decía que era alemán puro, admirador de Richard Wagner (que después aclara que en realidad lo admiraba de verdad), y contaba toda una serie de gustos alemanes típicos. En realidad lo que hizo fue inventarse una nueva vida.

 Con los años se comunicó con los hermanos sobrevivientes al holocausto, a los cuales jamás olvidó y por los que hizo grandes esfuerzos para encontrarlos. Tres de ellos vinieron a Buenos Aires, donde él les consiguió nueva documentación. Todos trabajaron muy duro para poder sobrevivir y los hermanos consiguieron progresar rápidamente. El abuelo aclara con mucho de lamento que durante todos esos años no pudo componer casi nada. Eso fue por el hambre primero y después porque los trabajos que conseguía eran muy duros. Obrero en el puerto, peón de albañil, trabajador golondrina en nuestros campos, un poco de todo, y no le quedaban fuerzas para componer al final de cada día.

 Una vez que sus hermanos tuvieron éxito en sus trabajos y decidieron ayudarlo, pudo tener tiempo libre, que dedicó a conocer personas influyentes: músicos, escritores, artistas. Igual que cuando era joven en su país, pronto organizó encuentros, fiestas, en las cuales con su amplia cultura maravilló a toda la sociedad artística de Buenos Aires.

 Fue justamente en una de esas fiestas, en su propia casa, en la que recibió uno de los golpes más duros de su vida. Uno de sus nuevos amigos trajo unos discos de música clásica de Alemania, y se los hizo escuchar. Eran exactamente, nota por nota, las obras que el abuelo compuso en la ciudad de Colonia, hacía ya muchos años. Sin embargo, no estaban firmadas por él, sino por un eximio compositor alemán contemporáneo, según mi abuelo. Pero en ningún lugar estaba su nombre, por lo que se sintió humillado y estafado. Su disgusto fue inmenso, angustiante, un golpe muy fuerte a su autoestima, que todavía no había recuperado del todo. Cómo podría soportar la idea de semejante robo, y además la cruel imposibilidad de probar que esas obras eran suyas. Recordó el día que arrestaron a toda la familia. No había podido llevarse absolutamente nada con él. Alguien descubrió sus obras y decidió usarlas para provecho propio. Sin dudas alguien copió la música de sus originales y después los destruyó, para que no quedaran pruebas.

 Toda su vida explotó dentro de él en ese preciso instante. Pero eso no hizo más que darle nuevas fuerzas para componer, para esforzarse a lograr algo aún mejor que lo que había hecho en su juventud. Esas fuerzas que le habían faltado durante tantos años de trabajar para sobrevivir ahora le volvieron a su cuerpo con más ganas que nunca, en medio de su profunda indignación e impotencia frente al hecho consumado del infamante robo del cual fue víctima.

 Dedicó desde ese momento todas sus fuerzas a crear la música más maravillosa del siglo -como él mismo la nombró- y luego de más de cinco años de trabajo creyó haber culminado su obra. En ese momento anunció en la que sería la última reunión de artistas que había compuesto una pieza magistral y que pensaba editarla y representarla en breve.

 Es en los días siguientes a su anuncio que sucedió el hecho que causó la aparente locura del abuelo. De aquí en más será él mismo el que lo relate, yo ya no soy capaz de seguir contando esta historia, y lo mejor es que transcriba sus propias palabras:

 “En el preciso instante en el que escribo estas palabras acabo de dar por finalizada mi vida. Soy muy cobarde para suicidarme, aunque eso es lo que debería hacer. Mi vida, a pesar de mi familia y de la gente que me quiere, ha sido un gran cúmulo de desgracias que han sido asignadas por un ser superior, si es que este existe. Quién sabe por qué, quizás me odie por algún motivo y no quiere verme feliz. El caso es que sucedieron varios hechos que me hicieron sufrir más de lo que puedo soportar.

 Tuve dos momentos de gloria: uno me fue quitado por la policía nazi en Alemania, cuando yo era un joven y talentoso compositor, con toda una extensa vida de creación por delante. El otro me sucedió en la Argentina y me lo arrebató una miserable enfermedad que acabo de saber, luego de una visita al médico, que es irreversible: me quedé completamente sordo.

 ¿Qué puede significar para una persona común quedar sin ese bendito sentido? Sin dudas es una desgracia, algo molesto, que priva a la gente de comunicarse con el resto de forma cómoda, que dificulta todo, algo indeseado. Pero si es así con la gente común, se imaginan lo que significa eso para un músico. Para un músico que esperó durante largos años de sacrificio poder levantar su moral y su autoestima. Para un músico que ya fue robado una vez, que sufrió toda su vida y que invirtió largos años para componer otra gran obra que fuera su reivindicación. Es este el pago por el sufrimiento de ver robada sus grandes obras del pasado, por ver cómo lo único bueno de su pasado se diluye y se transforma en la obra de otro, de un vil ladrón impune. El pago por años de estar tan lejos de casa en el otro extremo del mundo, separado de todos, sufriendo el hambre, el desprecio, el desarraigo doloroso. El pago por reponerse cuando el trabajo de largos años da sus frutos. Es demasiado dolor solamente pensar que nunca podré escuchar mi propia obra.

 Por eso, un virus ha infectado mis oídos en tiempo record y ahora una decisión ha terminado con mi vida. Decidí que nadie durante mi vida deberá saber que estoy sordo. Me haré el distraído, miraré hacia otro lado, cuando me pregunten algo contestaré incoherencias. Tomaré a mi pequeño nieto como única compañía, lo llevaré a pasear seguido y eso será lo único que haga de acá en más. Eso y además esperar tranquilamente una muerte compasiva.

 Tuve la necesidad de relatar estas desgracias que me han sucedido a través de los años, pero incluso este relato espero que jamás nadie lo pueda leer. Salvo que ocurra una casualidad y alguien descubra este sobre dentro del cuadro de Colonia. Si alguien llega a conocer este sobre y las partituras que he colocado, mi trabajo de largos años, espero que ese sea un hombre generoso, compasivo, y entienda lo que yo he sufrido hasta llegar a esta decisión. Lo único que pido es que haga conocer al mundo esta música que inmodestamente tildo de maravillosa, que es lo único que sé hacer bien en esta vida. Y no le pido que lo haga con mi nombre, pero le pido, eso sí, que en su interior reconozca el talento de este viejo gruñón.”

 De esta forma termina el relato de mi abuelo. Me queda por decir que luego de su descubrimiento, sus partituras fueron interpretadas por las mejores orquestas del mundo en estos últimos años y que su nombre ya está entre los grandes de la historia de la música. Eso es algo que me llena de una emoción y alegría incomparables. Lástima que él nunca pudo disfrutarla. Y siento mucho también que no haya dejado escrito el nombre del compositor alemán que robó su música temprana. Cómo me gustaría dejar las cosas en su lugar, aunque ya haya pasado demasiado tiempo.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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