La prueba

La Prueba

El sol estaba sobre el horizonte. En la calle Tucumán mirando hacia el Oeste se veía al fondo, con profundos tonos rojizos y amarillentos, mezclados. Me quedé mirando el espectáculo un buen rato, hasta que se hizo la hora. De todas formas el azul oscuro iba ganando el duelo de colores en ese momento. Se me acercó Galíndez y me avisó que se hacía tarde.

-Vamos jefe. El Chueco nos está esperando en el Ford.

Fui con él caminando por Tucumán hasta Suipacha, luego doblamos hasta Corrientes. Allí estaba estacionado el Ford Sedán de cuatro puertas, impecable, hermoso. No entiendo mucho de autos pero éste se veía extraordinario. Por eso le pregunté al Chueco:

-¿Dónde conseguiste el auto?

-Por ahí.- Me contestó.

El Chueco es hombre de mucha acción y pocas palabras. Eso siempre me gustó. Su cara redonda y oscura, surcada por una cicatriz de arriba abajo desde el ojo derecho hasta la mandíbula y con unos ojos negros de águila, daba temor desde el primer instante. Galíndez sonrió, pero se puso serio en seguida, recordando a todos los horarios. Yo ya sabía el plan de memoria, era mío, así que no le presté atención, y me dediqué a mirar al nuevo “chofer”. Era un chico alto, desgarbado, pero con una habilidad para manejar que sorprendía. Lo probamos en varios lugares, y no solamente sabía andar en ruta, sino que podía salir de cualquier aprieto en pleno Microcentro, donde el tráfico puede ser fatal. Pero no era eso en lo que estaba pensando. Sólo pensaba en si podía confiar o no en él. Me daba la impresión de que sí, pero aunque casi siempre acierto, no sería la primera vez que me equivocara si sucedía algo inusual con él. Marquitos era un pibe tranquilo, con nervios de acero, y eso en un chico de 25 años es un hallazgo, pero también, por lo extraño, me daba para sospechar. De todas formas hasta ahora su respuesta había sido excelente. Ahora lo íbamos a probar de verdad.

Marquitos condujo hasta el bajo y luego tomó Alem por solo una cuadra para terminar subiendo por Sarmiento hasta casi llegar a Esmeralda. Todo ese trayecto lo hicimos muy tranquilos, casi a paso de hombre, por el tránsito. A esa hora toda la gente salía de sus oficinas y volvía a sus casas, muchos con su propio auto. Estacionamos sobre Sarmiento, entre dos autos viejos. Por suerte había un buen lugar, lo que facilitaría la huida.

Revisamos las armas. Yo tenía tres. La principal, una Glock de 9mm, la G43, pequeña, liviana y confiable, que nadie podía notar entre mis ropas. En segundo lugar, una S&W de calibre 9mm Corto, que era aún más pequeña y guardaba en el bolsillo del saco. Y por último un hermoso cuchillo Bowie Cudeman 107 de hoja de 20 cm, que esperaba no tener que usar, atado sobre mi tobillo izquierdo, reservado para algún momento desesperado. No pensaba en el momento desesperado, sino en usarlo contra alguien. Quien nunca haya acuchillado a alguien no podrá entender lo que digo. Es una sensación horrible penetrar en la carne humana con un cuchillo, abrir esa carne en dos, ese ruido sordo que se produce. Pero lo peor es la reacción de la víctima, siempre entre la sorpresa y el dolor agudo, punzante, que te causan estas armas. Invariablemente te miran con una mirada incrédula y doliente, que no se te va de la memoria nunca más, y a veces vuelve en sueños. Mejor dicho, en pesadillas. Todo eso me causa estremecimiento de sólo recordarlo. Prefiero dar un buen tiro en la cabeza, o en todo caso en el pecho. Luego de eso la víctima no puede mirarte, y tampoco le duele nada, simplemente muere. Pero mejor sigo con la historia.

Una semana atrás una persona de mi total confianza me pasó un dato muy importante. En un edificio de la calle Maipú se iba a realizar un traslado de grandes cantidades de dinero. Dinero proveniente de actividades ilegales. Ese dinero era lo que yo quería, y era lo que íbamos a obtener esa tarde de la hermosa caída del sol sobre la calle Tucumán. Mis compañeros no sabían nada, nunca les hablo de los golpes ni del botín. Así rinden mucho mejor. Les pago suma fija, mucho dinero, dinero seguro, nos llevemos algo o no. Yo soy el jefe, y eso no se discute. Una vez conseguido el botín, yo incrementaba sus ganancias, cuando me sentía generoso y eufórico luego de algún golpe.

Salimos del auto Galíndez, el Chueco y yo, dejando adentro a Marquitos, preparado para salir, con el auto en marcha. Cuando llegamos al edificio el Chueco abrió la puerta con un clip. Un simple clip era suficiente para él para hacer milagros. No había nadie en el vestíbulo, algo que me sorprendió. Luego pensé que no querían llamar la atención poniendo gente armada allí, aunque desde la calle no se veía hacia adentro. En el quinto piso habría custodia, seguro. Y muy fuerte. Llamamos al ascensor, y apretamos el botón del sexto piso.

El edificio era antiguo, más o menos del 40. Tenía dos departamentos por piso, uno daba a la calle, el otro hacia un jardín trasero. En el medio, el ascensor. Una vez que llegamos al sexto, ubicamos la escalera, al lado del ascensor, y bajamos por ella sigilosamente, Galíndez primero, el Chueco después, yo detrás de ellos.

Galíndez iba al frente siempre, no le importaba nada. Su corazón palpitaba más fuerte con el peligro, la vida no era para el de ningún valor si no se probaba todo el tiempo. Estuvo al borde de la muerte muchas veces, pero él decía que tenía más vidas que un gato. Por eso yo le recomendaba que contara y luego de la sexta vez no se arriesgara más. Se ve que no me hizo caso.

El primer disparo dio en la cabeza del pobre infeliz de Galíndez. Pude ver como entraba y salía la bala. Debe haber caído muerto en ese mismo instante. Tomé del cuello al Chueco y me lo llevé para arriba en medio de una lluvia de balas. Le dieron en la pierna, entre la pantorrilla y el tobillo, pero pudimos llegar hasta el noveno piso, el último, y atrincherarnos en el departamento del fondo. Allí sorprendimos a un matrimonio de gente mayor, que encerramos en el baño. Les aseguramos que no le íbamos a hacer daño, pero nunca nos creyeron. Por eso les atamos las manos y les pusimos cinta a sus bocas.

Hasta ese momento ni el Chueco ni yo hicimos ningún disparo. Teníamos todas las balas, no eran muchas, pero era importante tenerlas. Lástima lo de Galíndez.

Pronto llegaron. No debían ser muchos, ya que tenían que proteger el dinero, más que nada. No sabían si estábamos en el departamento del frente o en el de atrás. Por eso tuvimos algunos minutos para planear una fuga por la ventana. Un gran árbol, del que desconozco la especie, mostraba sus ramas hasta este noveno piso. Un árbol con, digamos, más de veintisiete metros de altura, merece mis respetos, pero las ramas que llegaban hasta esta ventana eran mayormente pequeñas y parecían frágiles. De todas formas no veía otra solución a nuestro problema. Le dije al Chueco que él debía ir primero, porque estaba herido, y que yo me encargaba del asunto si entraban. Preparé mi Glock y apunté hacia la puerta en el momento en el que el Chueco saltaba y se aferraba a una de esas ramas de las que hablé. No lo vi más, porque justo abrieron la puerta de un golpe. Entonces me tiré al piso y disparé, seis tiros hacia esa entrada, sin pausa ni prisas, determinado, apuntando bien. Resultado: dos hombres muertos en la puerta. Miré hacia el pasillo, no había nadie. Respiré, volví a cargar la Glock y me asomé a la ventana. El Chueco estaba tirado sobre el pasto en el jardín de la parte trasera del edificio. La rama no había podido aguantarlo. Árbol de mierda.

Lo pensé un poco. Pronto, al no volver los dos custodios, mandarían más gente. Era cuestión de tiempo. Salté hacia el árbol y me aferré a la rama que me pareció más fuerte. La rama no se partió, sino que se curvó bajo mi peso hacia abajo, llevándome a la altura del sexto piso. Mala suerte, en la ventana de ese departamento habían ubicado a otro custodio. Me vio y me apuntó. Con todo mi apuro saqué la Glock y disparé también. El cayó pero me rozó el brazo derecho con uno de sus disparos. Me aferré a una rama más fuerte, que a esa altura brindaban mayor confianza. De la ventana del quinto piso se asomó otro. Si me vio, no disparó, pero no quedé muy seguro de eso. Si realmente me vio y no disparó, significaba una sola cosa: todavía no se habían decidido a transportar el dinero, por lo que no querían llamar más la atención de lo que ya lo habían hecho. Quizás la policía se había hecho presente y ellos estaban tratando de que se vaya. No podía saberlo, por eso bajé con cuidado pero lo más rápido posible.

Cuando llegué al jardín me miré y me di cuenta de que estaba en un estado muy malo. Había sangre en mi saco por la herida en el brazo, que a su vez me dolía pero cuyo dolor podía soportar. Estaba sucio y arañado en la cara por las ramas del árbol. Mis manos estaban verdes de savia y se habían cortado en múltiples lugares. Nada grave, pero lucían en mal estado. Tenía que lavarme y arreglarme antes de salir. Si es que podía salir. Entonces reparé en el Chueco. Nadie lo había visto caer. Él era así, talentoso para el crimen pero de perfil bajo. Nunca llamaba la atención y no lo hizo ni siquiera con su muerte. Otro hubiese gritado como un cerdo mientras caía. Tenía el cuello torcido, pobre. Me dio lástima, lo apreciaba. A Galíndez no mucho, era obsesivo y demasiado temerario, pero al Chueco le había tomado cierto afecto después de tantos años. Le toqué la cabeza en señal de despedida.

Vi una puerta al fondo del jardín. Tuve tiempo en el camino para admirar las glicinas, las fuentes, el espejo de agua, las plantas y los hermosos árboles. Estaba muy bien cuidado. Se respiraba vida. Era un tesoro oculto a quienes transitamos las calles todos los días. Tras la puerta que estaba sin llave encontré todo lo que necesitaba. Ahí debía cambiarse el jardinero. Había un lavabo y ropa. Me lavé bien y me puse una remera y un buzo que tomé prestados. Me mojé el pelo y me peiné con los dedos. Me di cuenta de que me hacía falta un buen corte, pero por lo menos ahora parecía una persona diferente. No sería fácil salir de ahí. Y todavía quería el dinero.

Fui hacia la puerta de salida, comprobé que estaba cerrada y recordé el clip del Chueco. Le revisé los bolsillos pidiéndole disculpas por el atrevimiento y lo encontré en sus pantalones. Volví hacia la puerta y la abrí, no tan rápido como lo hubiera hecho el Chueco, pero lo hice. Atravesé el pasillo sin inconvenientes. En este edificio parecía no vivir nadie, o eran todos viejos como los del noveno. No salí a la calle. Todavía tenía mis tres armas y la corazonada de que dinero no había salido del edificio. Subí por la escalera. Cuando llegué al cuarto piso escuché que los policías se despedían. Me pregunté qué habrían hecho con el cuerpo de Galíndez.

-Espero que no sufran más problemas. ¿Quieren que dejemos un par de celulares en la calle?

-No muchas gracias, oficial. Seguro no pasará ningún otro incidente.

-Bien, me despido. Vamos muchachos.

Cuando escuché que los policías (conté tres mirándoles los pies desde abajo) bajaban por la escalera en lugar de utilizar el ascensor, bajé rápido hasta el vestíbulo y me escondí en un cuarto que tenía los artículos de limpieza. No me vieron. Yo decidí volver a empezar. Pero no subí. Esperaría escondido en ese cuartito hasta que bajaran. Luego improvisaría. Nunca me gustó perder, y no perdería esta vez, estaba decidido.

Esperé más o menos media hora, hasta que abrió el ascensor y bajaron cuatro custodios. Dos se dispusieron a ambos lados de la puerta de entrada, los otros dos a ambos lados del ascensor, que en seguida volvió a subir. No podía dispararles, eso hubiera advertido a los que transportarían el dinero. No podía matarlos con el cuchillo, eran demasiados. Tenía que improvisar un plan, pero no sabía cómo.

Para cuando bajaron en el ascensor todavía no tenía un plan, pero decidí entrar en acción. Ya les dije, no me gusta perder. Primero observé que bajaban dos personas con varios morrales que se veían colmados en su interior. En total conté que llevaban tres cada uno. Los dos eran hombres mayores, de unos sesenta años más o menos. No serían problema. Ahora sí podría enfrentar a los cuatro guardias. Tomé la Glock y disparé primero a los que guardaban la puerta de salida. Dos disparos fueron suficientes. Ambos cayeron obstruyendo la salida.

El elemento sorpresa es muy bueno, pero se termina rápido. Los dos hombres que cuidaban el ascensor empezaron a dispararme y los dos que estaban con los morrales intentaron cerrar el ascensor y subir nuevamente. No pude evitar que lo hicieran, pero sí maté a los dos guardias. Un disparo me rozó la frente y me la rayó sobre el costado izquierdo, y otro me tocó el muslo izquierdo, lo que me provocó un dolor parecido a una quemadura en ambos lugares. Nada grave.

Decidí subir rápidamente las escaleras escuchando piso por piso para saber en cuál de ellos iban a bajar. No bajaron en el quinto, como suponía, tampoco en los siguientes. Lo hicieron en el noveno. Soy muy rápido para subir escaleras, en ese momento yo ya estaba allí escuchando. En cuanto escuché que se abrían las puertas enfrenté el ascensor y le coloqué un tiro a cada uno de ellos en la cabeza. La primera parte del trabajo estaba hecho.

Tomé los morrales, abrí uno por uno para ver si estaba el dinero y comprobé que era así, todo en dólares. Intenté calcular cuánto había y por el peso y el volumen imaginé que me estaba llevando seis morrales con quinientos mil dólares cada uno. O sea, tres millones de dólares. Nada mal.

No bajé por el ascensor, sino que volví a bajar por las escaleras. En la planta baja tuve que esforzarme para apartar a los dos gorilas muertos que tapaban la puerta. Los vidrios negros, el pasillo de salida y el ruido de la calle habían evitado que afuera se descubriera lo que pasaba dentro del edificio. Lo de la gente del interior del edificio era inexplicable para mí, a menos que tuvieran instrucciones de no molestar a esta banda.

Caminé por Sarmiento. Tenía cincuenta metros hasta llegar al auto, y no sabía si Marquitos estaba allí todavía. Calculé que había estado dentro del edificio más de una hora, y yo le había dicho que todo tardaría menos de diez minutos. No quería llamar la atención pero me daba cuenta de que la sangre en mi frente y en menor medida las de mi muslo y mi brazo atraían todas las miradas. No soy de sugestionarme con estas cosas, realmente me miraban.

Ya cerca de la esquina con Esmeralda descubrí que el auto no estaba. No me importaba, subiría a un taxi y reduciría al conductor. Tarea fácil aunque algo más riesgosa que conducir tu propio auto. Me dolían las manos y la cara por la bajada en el árbol, la frente, el brazo y el muslo por el disparo. Comencé a sentirme mal mientras buscaba el taxi, los autos daban vueltas en el aire y los ruidos parecían una canción de Metallica. Tuve un claro bajón de azúcar y fui a parar al suelo golpeándome en la cabeza muy fuerte. El ruido metálico y gigantesco que sentí dentro de mi cabeza fue impresionante. Parecía que me había sonado un gong interno. Pero no fue un desmayo, me mantuve consciente aunque por poco margen todo el tiempo.

Una vez que estuve caído en el piso vinieron dos personas a ayudarme. Una mujer pegó un grito, pero intenté tranquilizarla diciéndome que me sentía mejor. Me levanté con esfuerzo y ayuda, sin soltar los morrales, que ahora me parecía que pesaban toneladas. Justo en ese momento vi a Marquitos a lo lejos, que venía desde Suipacha. Tuve que entrecerrar los ojos para reconocerlo, era él, inconfundible. Cuando me disponía a ir en su dirección, así me llevaba con el auto a nuestro escondite, me di cuenta de que otras dos personas iban con él. No veía bien, me sentía débil y me molestaban las personas que me habían ayudado preguntándome cosas. Pero igualmente pude darme cuenta de que los que venían con él eran policías. El olfato no lo había perdido. Me deshice de los pesados que querían saber si estaba mejor y busqué desesperadamente un taxi. Justo vino uno por Tucumán. Lo paré con un gesto, frenó delante de mí y arrancamos cuando Marquitos y los policías ya me habían visto y venían corriendo hacia mí.

Amenacé al taxista con la Glock, pero me di cuenta en seguida de que ya no tenía balas. Saqué entonces la S&W del bolsillo, bajé la ventanilla y en cuanto pasamos frente a Marquitos le disparé en el pecho. Para cuando los otros sacaron sus pistolas el nervioso taxista había pasado en rojo el semáforo de Suipacha y se había puesto fuera de alcance. No creo que Marquitos muriera, ya que el 9mm Corto no parecía ser letal a distancia. Aunque le di en un lugar comprometido.

No podía ir al departamento si Marquitos era un informador. No tenía muchos amigos ni conocidos que pudieran ayudarme. Marquitos no conocía mi verdadera identidad ni mi casa, así que fui a mi departamento. Le di unos cuantos dólares al taxista para al menos hacerlo pensar en no delatarme en seguida, le hice estacionar a media cuadra de mi edificio y le dije que se fuera de inmediato. Cuando estuvo lejos fui hacia mi casa. Me duché en apenas tres minutos y ya estaba cambiado cinco minutos después. En el espejo pude ver el enorme chichón oscuro sobre la frente que me provocó la caída en la calle. Me dolía la cabeza. Pero no estaba preocupado: la falta de amigos iba a hacer casi imposible rastrearme de inmediato. Las ventajas de ser un solitario.

Sin tomarme la molestia de cambiar la plata de bolso, me llevé los seis morrales (que no estaban identificados con ninguna leyenda) conmigo hasta el estacionamiento del edificio. Mi auto es un modesto Ford Ka 2010, un auto de dos puertas, de color gris. No llamaría la atención. Guardé los morrales y subí al volante. Cargué nafta en la primera estación de servicio que encontré y compré dos bidones para el camino. Me sentía satisfecho y sin miedo. Me había puesto a prueba a mí mismo. Y la había pasado. El resto de la historia es irrelevante.

En los morrales había cinco millones y medio de dólares. Calculé muy mal, pero no me molesté por eso, al contrario. Ahora vivo en Montevideo, Uruguay, en un departamento que compré en Pocitos, un barrio lindo y tranquilo donde tengo la playa muy cerca. El resto del dinero lo repartí en varios bancos y propiedades. Acá soy Gregorio Hovhannesian, el nieto de un armenio-argentino, comerciante gastronómico que me dejó su fortuna al morir. Los uruguayos son buena gente, y no preguntan. Estoy mucho mejor que en la enloquecida Buenos Aires. He puesto un Restaurante de lujo ubicado en el barrio residencial de Punta Carretas, a metros del Shopping. Me gusta atenderlo personalmente de vez en cuando. Y ya no he vuelto a robar.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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