La intriga

Federico Olivier estaba durmiendo. También estaba soñando. Un grupo de salvajes semidesnudos lo perseguía y él, como siempre le pasaba en estos casos, no podía correr, o corría sin poder avanzar siquiera un centímetro y se sumía en la desesperación. Antes de despertar, en ese momento tan extraño en el que uno no sabe si está soñando o qué, sintió que le corrían unas gotas de sudor sobre la frente. Pronto se dio cuenta de que todo su cuerpo estaba transpirando. Por fin despertó y luego de unos instantes miró el reloj digital que estaba sobre la mesita de luz, que marcaba las 5:25.

 

Comprendió que hacía calor en su cuarto, y que tal vez por ese motivo había tenido ese sueño tan inquietante. El calor lo fastidiaba casi como ninguna otra cosa en este mundo, lo ponía de mal humor, lo sacaba de su centro vital. Pero el alivio que sintió al descubrir que ya no lo perseguían, que los salvajes no existían, compensó ese fastidio temporario.

 

Todavía faltaba una hora y cinco minutos para que sonase el despertador, pero como se sentía molesto por la transpiración de su cuerpo, decidió ir al baño. Se levantó de la cama lenta y pesadamente, se calzó las ojotas, abrió la ventana que dejó pasar aire fresco, respiró hondo y ya más aliviado salió de su cuarto.

 

Para cuando salió del baño estaba renovado, y no tenía ganas de volver a acostarse. También percibió en sí mismo un poco de miedo de volver a ser perseguido por los salvajes. Miró de nuevo la hora. Eran las 5:35. Decidió ir al comedor para ver la televisión. Cambió de canal cada treinta segundos y nada lo conformó. Entonces resolvió volver a su dormitorio y cambiarse para ir al trabajo. Al entrar a su cuarto miró nuevamente el reloj. Marcaba las 5:45. Muy temprano, pero no se le ocurrió nada mejor.

 

Se cambió lentamente, dejando pasar los segundos, estirándose varias veces, mirándose al espejo y poniendo caras raras que mejoraron algo su humor. Cuando terminó de ponerse los zapatos, estuvo listo para salir a la calle. Miró hacia el reloj que estaba sobre su mesita de luz. Daba las 5:55

 

Ese día viajó como siempre, parado en el colectivo, metido entre un señor que ponía su codo sobre su cara cuando se tomaba del caño y una señora mayor que se le tiraba encima a cada movimiento brusco del micro, lo cual ocurría más o menos cada diez segundos. Luego tuvo que bajar a tomar el subte, en el cual pudo entrar casi a presión, para viajar inmovilizado, tanto que su mano derecha quedó hacia arriba y en ningún momento la pudo bajar a su posición normal.

 

El día en la oficina, sin embargo, no estuvo mal. Tampoco bien. En realidad fue como cualquier otro día, monótono, demasiado tranquilo, anunciado, rutinario. Ocho horas perdidas de su vida a cambio de un buen sueldo, no estaba mal, aunque algo le hacía sentir que su tiempo debería valer mucho más. Lo único realmente bueno fue el lomo grillé con ensalada de rúcula que comió al mediodía.

 

Mientras cumplía con su trabajo fue mirando su reloj constantemente, y las horas se hicieron sentir lentas, enormes, vacías. Pero el momento que lo hizo feliz fue cuando miró su reloj con toda la conciencia de que sería la última vez en su trabajo. El aparato que rodeaba su muñeca izquierda indicaba las 15:51. Antes de salir de la oficina, pasó por el baño, luego ordenó los papeles de su escritorio y los colocó en un mueble bajo llave.

 

Ese día salió a ver ropa y por eso recorrió innumerables negocios. Solía tardar meses entre una compra y otra, lo que lo obligaba a gastar mucho cada vez que salía a elegir sus futuras camisas y trajes. Compró tres camisas, un traje de media estación, cinco pares de medias y dos slips. Sobre el final añadió a su compra dos corbatas. Después, con todos los paquetes a cuestas, entró en un bar y se quedó un buen tiempo disfrutando un café con leche con medialunas mientras veía las noticias en el televisor LCD del local, que estaba colgando del techo. El viaje de vuelta lo hizo en taxi, una excepción muy cara que justificó por los paquetes que llevaba.

 

Llegó a su casa casi de noche. Miró el reloj de pared, que daba las 20:02 y por primera vez reflexionó sobre la cantidad de momentos de este día en que los distintos relojes le habían mostrado horas capicúas. Pensó que la suerte le estaba dando alguna pista para jugar a la quiniela, pero ya los negocios habrían cerrado a esa hora.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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