La herencia

La herencia

Estaban los dos, solos, discutiendo sobre su padre. La habitación era amplia y  acogedora. En el centro había un juego de sillones de cuero blanco, uno de dos cuerpos, donde estaba sentado Ezequiel, y dos de un cuerpo solo. En el centro, una alfombra y una mesa de madera de roble y vidrio en su parte superior. Era invierno y una estufa sobre la pared (la única parte que no estaba cubierta por la omnipresente biblioteca) calentaba muy bien la habitación, que debía tener una agradable temperatura de 25 grados, cuando afuera era una noche helada de apenas 5 grados. Justamente Martín estaba parado frente a la estufa, disfrutando de todo su calor en sus piernas y su espalda. El resto de la familia de Ezequiel, dueño de la casa, su esposa Romina y su hijo Gabriel, estaban en una alejada habitación, la madre leyendo y el niño en la computadora, jugando, así que no podían escuchar nada de lo que hablaran los dos hombres.

La conversación no era muy fluida. Los dos hermanos nunca se habían llevado muy bien, porque tenían caracteres esencialmente diferentes, aunque el motivo principal de su mala relación provenía de su padre. El viejo no había sido lo que ellos necesitaban. Disfrutaba cuando peleaban, siempre los incitaba a hacerlo, dominándolos psicológicamente. Un día los enfrentó de tal forma que Martín, que era el más grande y fuerte, casi terminó arruinándole un ojo a su hermano. A partir de ese día Ezequiel tuvo problemas para ver con su ojo derecho, y su padre jamás lo llevó al médico. A los veintipico, Ezequiel fue a un oftalmólogo por insistencia de una novia que tenía en ese momento. El médico le dijo que su problema había sido un golpe, y sus consecuencias, irreversibles. Es cierto, don Miguel ha sido un mal padre, tal vez por haber quedado viudo poco después de haber nacido su segundo hijo, tal vez por haber sido un rudo obrero de la construcción o por haber vivido en una época violenta, como lo fueron los setenta. Sin embargo, el viejo se las arregló para escalar a lo más alto de la escala gremial, hizo contacto y negocios avanzando de a poco en la dirección de los grandes capitostes del área, hasta llegar a ser la mano derecha del secretario general del gremio de la construcción. Cómo hizo la fortuna es algo que sus hijos jamás lo entendieron. Cuando leían los diarios en seguida daban con algún comentario sobre los principales gremialistas, sobre la corrupción y los negociados que hacían. Le preguntaban al viejo si él los conocía, pero él jamás respondía a sus preguntas, y ellos no se atrevían a insistir.

Esa fría noche Ezequiel citó a su hermano a su casa para hablar de la fortuna de su padre.

-Creo que el viejo se está volviendo loco- Dijo el dueño de casa en cuanto se acomodó en el sillón, mientras encendía un cigarrillo.

-Estás equivocado- Dijo su hermano.

-¿Cómo podés decir eso?- Se extrañó Ezequiel

-Te repito, estás equivocado. Siempre estuvo loco-

Fue una extraña sensación la que ambos sintieron cuando rieron con ganas al mismo tiempo. El sonido de sus risas jamás había sido simultáneo. Por lo general, cuando uno reía, el otro lloraba. Ese, fue el único momento agradable de la conversación.

Ezequiel había llamado a su hermano para resolver el problema de la herencia de su padre. Tenía miedo de que sus incontables dólares en las cuentas de Suiza terminaran en manos de otro. Quería, además, adueñarse de gran parte de los terrenos y casas que su viejo había comprado por todo el país: campos, haciendas, lotes en distintas ciudades, innumerables propiedades en Córdoba, Rosario, Mar del Plata, Mendoza y Buenos Aires. Además, quería saber cual era exactamente la fortuna del viejo, ya que todo lo que sabían ellos era por las noticias aparecidas en los diarios y en las revistas más conocidas que se ocupaban de esos temas.

Ezequiel quería poner a su hermano de su lado, para presionar al viejo para que les haga una especie de rendición de cuentas, antes de morir. Pero ese también era un problema. El viejo andaba por los 83 años, pero no daba ninguna señal de que el fin estuviera cerca. Caminaba cinco kilómetros todas las mañanas. En su casa de San Isidro tenía un gimnasio, al que le dedicaba dos horas todas las tardes. Comía muy sano, y era cuidado por varias personas que, además de hacerle las veces de guardaespaldas, le cocinaban, le hacían las compras, le preparaban el baño, en fin, todo tipo de atenciones para que el viejo pueda llegar a vivir hasta los 100 años. O más.

Ezequiel tenía 39 años y Martín 43. El viejo los había tenido bastante grande y siempre dio la impresión de no haberlos querido. La madre estuvo ausente al morir en un trágico accidente dos meses después de dar a luz a Ezequiel. Mientras cruzaba la avenida Eduardo Madero un camión se quedó sin frenos y la atropelló, matándola en el acto, para después volcar. Murieron también el chófer y su acompañante.

La niñez y juventud de ambos fueron muy difíciles. A la falta de madre se les agregó la poca paciencia del padre, la dureza en el trato, el abandono (días y días sin venir a casa) la tortura psicológica y a veces alguna paliza, generalmente inmerecida, o por difusos motivos. Martín era el más fuerte, en cierta manera el preferido, aunque lejos estaba de eso, pero Ezequiel era torturado repetidamente porque era, a decir de su padre, débil y miedoso.

-Quisiera que muriese hoy mismo.- Dijo Ezequiel con gesto repentinamente adusto.

-Ni lo sueñes, el viejo nos va a enterrar a los dos.

-No, si hacemos bien las cosas.

La expresión de Martín fue de sorpresa e intriga. ¿Qué podía estar pensando su hermanito menor? Parecía sonreír pero su gesto era bastante amargo. Martín pensó que si el viejo estaba loco, su hermano no le iba muy en zaga. Recordó varios momentos en los cuales dudó de su cordura. Entre ellos, cuando lo vio en el enorme parque de su casa de San Isidro, a la edad de 13 o 14 años, ahogando a un gatito en el tanque que recogía agua de lluvia. Ese día Martín había peleado con su padre, que había terminado tajantemente la conversación llamándolo idiota. Salió al parque para calmarse y recorrió durante un rato los caminos entre los hermosos bosquecitos, hasta que en un rincón sorprendió a su hermano justo cuando introducía el gato en el tanque, y lo sostenía debajo del agua. El gatito estaba indefenso porque Ezequiel lo tenía tomado por la piel de la espalda, dejándolo inmovilizado. Martín no dijo nada, simplemente miró la cara de su hermano y vio entonces la expresión de satisfacción en sus ojos. Pero no, no era esa la palabra, más bien era un malsano placer el que se manifestaba a través de sus ojos.

-¿En qué estás pensando?- Dijo, tratando de que sus pensamientos no sean revelados por su mirada.

-Pienso que podíamos ayudar a que suceda lo que tiene que suceder. Ya somos grandes, no podemos esperar tanto para obtener su fortuna.- No miraba a su hermano a los ojos. Tenía la vista fijada en el piso, y su expresión era más bien ausente.

Martín lo estudió un momento antes de responder. Pensó que su hermano podía estar tendiéndole una trampa. Tal vez tenga al viejo oculto en algún lugar del cuarto, o quizás tenga una grabadora. Sería una buena forma de hacerlo a un lado y cobrar él solito toda la herencia. No, descartó esa idea de inmediato. Tenía suficientes pruebas para saber que su hermano odiaba a su padre tanto como él. Quizás incluso, más que él. Mucho más que él, concluyó. De todas formas debía manejarse con cuidado, porque sabía que Ezequiel también lo detestaba a él. No se iba a tragar el cuento de que su hermano buscaba aliarse con él, y nada bueno saldría de una alianza semejante. Iba a seguirle el juego de misterio que su hermano le estaba planteando.

-No sé de qué estás hablando- Dijo, con tono desinteresado.

-No te hagas el tonto, nunca te ha quedado bien esa falsa actitud. Estoy hablando de darle un giro al destino, de cambiar en una mínima parte el futuro, de hacer de nuestras vidas algo mejor de lo que son hasta ahora. En definitiva, hablo de cambiar la desdicha por la felicidad.

-Vas a tener que ser más específico. En principio no me siento desdichado.

-¡Mentira!- Ezequiel no pudo soportar más el desinterés de Martín y se puso de pie. Su rostro mostraba ahora un tinte más rojo que unos minutos atrás. Se quedó parado, mirando fijamente a su hermano, esperando una respuesta.

Martín lo miró entre divertido e indignado. Lo descolocaban esa actitud tan extraña de Ezequiel, su misteriosa proposición y su exabrupto. Pensó que lo mejor sería salir por la puerta e irse a su casa. Pero por otra parte le entretenía ver a su hermano enojado, lo disfrutaba, y no pensaba renunciar a ponerlo aún más nervioso. Pensó que si seguía hablando en un tono desinteresado y tranquilo podía hacerlo volver un poco más loco de lo que estaba. Decidió seguir en la misma línea, y dijo con cara de no entender nada:

-Yo no soy desdichado, de eso estoy seguro. No sé por qué estás tan enojado. Te desconozco Ezequiel, parece que estuvieras delirando.

Ezequiel se tranquilizó haciendo un gran esfuerzo, volvió a sentarse en el sillón, pensando que, como lo conocía bien a su hermano, éste estaba jugando con él. Seguramente se estaría divirtiendo. Realmente lo fastidiaba, pero también lo necesitaba. Qué feliz sería si se atreviera a echarlo de su casa, pero no podía hacerlo porque su hermano era mucho más fuerte y estaba seguro de que disfrutaría si tenía que pegarle. Le tenía mucho miedo, eso era porque siempre Martín le había pegado, tanto de chico como de grande. Un día, cuando andaban por los veintipico, Martín lo empujó hacia el medio de la calle cuando pasaban muchos autos, y casi lo atropellan. Estaba seguro de que lo hizo a propósito, de que siempre lo hacía porque quería verlo muerto.

-En realidad no importa. Está bien, no te sentís desdichado, pero estoy seguro de que estás dispuesto a hacer un pequeño esfuerzo junto conmigo, para mejorar tu situación.-

Realmente se está esforzando por no explotar.- Pensó Martín.

-¿Qué situación? Yo estoy muy bien. Vos tenés una familia que es una carga, esposa, hijo, tenés que pensar en su futuro, salvo que seas como el viejo. Pero yo estoy solo, me encanta mi vida, me divierto, conozco todos los bares importantes, mucha gente, tengo montones de amigos y siempre hay una mujer dispuesta a venir conmigo a mi casa, que no está tan mal, aunque no es como esta mansión que te construiste con el dinero del viejo.

Ezequiel escuchó atentamente a su hermano, y recibió cada palabra como un puñal atravesando su cuerpo. Lo envidiaba y Martín lo sabía, por eso se aprovechaba de él. Envidiaba su fuerza, su seguridad y muy especialmente la libertad que tenía y con la que se manejaba en la vida. Y lo de su familia era absolutamente cierto. Su esposa Romina era una buena mujer y mejor esposa, pero era a la vez limitada y frívola, y su hijo Gabriel había creado lentamente una gran distancia entre ellos, prefiriendo la frialdad de su madre a la impaciencia y falta de experiencia de su padre. Envidiaba a Martín, pero también lo odiaba, no como a su padre, pero sí lo bastante como para estar absolutamente convencido de eso. Sin embargo, no se echaba la culpa de sus sentimientos, sino que estaba seguro de que el único culpable de que él odiara a su hermano era su hermano mismo. Pero había ideado un plan, un plan que estaba saliendo mal, por eso debía hacer un enorme esfuerzo para volverlo a su cauce. Decidió hablar claro para terminar con el juego de Martín, que ya lo estaba sacando de sus casillas.

-Está bien, vos lo querés así, te lo voy a decir de una buena vez: quiero matar al viejo para heredar su fortuna, y vos me vas a ayudar.

Martín estaba disfrutando la escena. El rostro de Ezequiel se había puesto de color más rojo mientras pensaba en lo que iba a decir y lo largó todo casi como gruñendo. Martín no estaba seguro de lo que su hermano quería de él, pero por un momento pensó que matar al viejo también podría ser divertido. Ahora averiguaría qué era lo que se proponía su hermano.

-A ver, decime qué estás pensando hacer.

Ezequiel, a quien los planes sobre esta conversación hace unos minutos se le estaban yendo de las manos, respiró casi aliviado cuando escuchó esta pregunta de labios de su interlocutor. Pensaba tardar mucho más hasta llegar a interesar a su hermano en su propuesta, pensaba hacer todo un camino de convencimiento, pero bueno, Martín lo conocía muy bien y por eso lo torturaba arruinándole su método. Pero internamente se dijo que nada importaba ya, que todavía tenía mucho para decir y que estaba seguro de que iba a tener buena acogida.

-Tengo un buen plan para eliminar al viejo y que parezca un accidente, pero me tenés que ayudar.-

Largó estas palabras una tras otra con velocidad y angustia. Se dio cuenta de que le temblaba el párpado derecho, por eso dio la espalda a su hermano. Todo podía fallar si se mostraba nervioso. Debía demostrar que el plan no tenía fisuras para lograr la aceptación de Martín.

Martín, por su parte, pensó que estaba jugando un juego muy peligroso. No deberían hablar de esas cosas, pero notó que Ezequiel estaba muy nervioso, le temblaba el párpado, así que pronto comenzaría a cerrar el ojo, a rascarse la piel del cuello, la cabeza, y luego enloquecería y empezaría a gritar. Por eso optó por dejar de divertirse y preguntó de la forma más calma posible:

-Exactamente, cuál es el plan.-

Ya totalmente serio, la mirada de Martín tranquilizó a Ezequiel, que una vez recobrada la armonía recuperó la lucidez mental para explicar su plan.

-Es muy fácil, primero debemos lograr que todas las personas que trabajan en la casa se ausenten. Eso es sencillo, ya que la única persona que se queda después de las seis de la tarde es la señora Margarita, que dirige a todos en la casa y que duerme todos los días en una de las habitaciones del primer piso. Pero todos los viernes a las tres de la tarde Margarita va a visitar a su hija a Lomas de Zamora y se queda a dormir allá, volviendo el sábado después del mediodía. Lo único que tenemos que hacer es concertar una cita con el viejo después de las seis de la tarde en su casa.

-Lo visitamos, estamos solos en la casa, y…-

La frase inconclusa, dicha por Martín con un muy mal disimulado dejo de burla, impactó en Ezequiel de forma negativa, pero se repuso y siguió con la historia.

-Cuando estamos solos lo atamos a la silla, le pegamos un poco, luego el golpe de gracia con alguna silla de la casa, y una vez muerto revolvemos todo en las habitaciones, nos llevamos algo, nos vamos a casa y esperamos el llamado de quien lo encuentre. Todo va a ser obra de ladrones que tomaron al viejo por sorpresa, lo ataron lo golpearon, se pasaron de la raya y luego de robar algunas cosas huyeron de ahí.

-No lo veo fácil. En tu plan hay varias fallas o elementos dejados al azar.

-No. Por lo menos dejame que te lo cuente hasta el final. Yo pensé en todo. Las cosas que robemos las dejamos frente a alguna casa de la villa cercana de San Fernando, así que las cosas se van a distribuir por todos lados y no habrá señal de nosotros. Nuestro padre tiene relojes muy caros, estatuillas de oro y otras cosas que una vez vendidas son muy fáciles de ubicar. Para hacer una falsa pista, quiero decir.

-Muy bien.

-Prosigo. Es probable que el viejo comente que vamos a ir a visitarlo. Por eso tenemos que tener un motivo de discusión, algo importante pero que no tenga que ver con pedirle plata porque puede entenderse que lo queríamos matar por eso. Este viernes se cumple otro aniversario de la muerte de mamá. Así que vamos a visitarlo con un buen regalo para reconfortarlo.

-Eso sí que no lo va a creer nadie…

-No, al contrario. Somos todos mayores, no nos peleamos abiertamente desde hace años, queremos llevarnos mejor y todo tiene sentido.

-Todos saben que nos odiamos y que nunca hacemos nada juntos. No va a resultar, es inútil, no hay nada en tu cabeza que sirva para algo. Siempre fuiste un desastre. Imaginarte como un asesino es algo que causa mucha gracia. Sos un completo inservible. ¿Cómo pensaste que yo te iba a seguir en este plan estúpido? Me molesta que seas mi hermano, haceme el favor, no me llames nunca más para este tipo de cosas, ni para nada. Sos un enfermo.

Una furiosa mirada fue la respuesta de Ezequiel  a los dichos de su hermano. Por un momento pareció pensar en atacarlo, pero el recuerdo de los golpes de Martín en el pasado impidió que hiciera algo tan imprudente. Sin embargo, en ese instante se le ocurrió algo, algo agradable, que le haría sentir complacido. Fue hacia una parte de la biblioteca, mientras su hermano calentaba sus manos distraídamente sobre la estufa, dándole la espalda, disfrutando ese momento en el que su hermano sufría por sus palabras. Sobre una pila de libros había una barra de hierro, que Ezequiel había guardado ahí por cualquier inconveniente que pudiese tener con alguien. Tomó la barra y se dirigió hasta donde se encontraba su hermano. Subió la mano derecha bien alto y luego la bajó con violencia, hasta pegar en la cabeza de Martín que, sorprendido, primero sintió un repentino mareo, para darse cuenta unos segundos después de que su hermano lo había golpeado. El golpe fue muy fuerte, pero Martín no cayó. Sin embargo, un hilo de sangre caliente comenzó a deslizarse desde su cabeza bajando por la sien y la mejilla derechas.

Martín estaba sorprendido y preocupado por su propia salud no pudo concebir una defensa más lúcida. Pero Ezequiel estaba asustado. Había comenzado una acción de la cual no podía arrepentirse. O lo golpeaba ahora a Martín hasta matarlo o su hermano se encargaría de matarlo a él, en cuanto pudiese.

Ezequiel estaba asustado, es cierto, aunque en definitiva se dispuso a matar a su hermano de una buena vez. Pero tardó mucho en decidirse. El segundo golpe, que haciendo honor al dicho “el que pega primero pega dos veces” debió haber sido definitorio, tardó tanto que permitió a Martín cubrirse y recibirlo con mucho menor fuerza que el primero. Hubo un tercer golpe, y un cuarto, pero Martín, más fuerte y algo repuesto aunque mareado y dolido en la cabeza, terminó golpeando a Ezequiel en la cara con su mano derecha. Ezequiel salió disparado hacia atrás y cayó al suelo. Cuando estaba tirado pensó que  jamás debió enfrentarse a su hermano, ni siquiera con una barra de hierro. Ahora era tarde, estaba en el suelo y Martín lo iba a matar a él. Su mujer y su hijo estaban en una habitación demasiado lejana para escuchar siquiera un grito fuerte, así que decidió guardar fuerzas y no molestarse en pedir ayuda. Después de todo, todavía conservaba el hierro en sus manos. Se levantó sin problemas y observó atentamente a su hermano. Parecía no poder reaccionar. Tenía que abordarlo ya, sin permitirle recuperar fuerzas. Martín parecía mareado, atontado, con la mirada perdida. Ezequiel tomó fuertemente el hierro con sus dos manos y volvió a golpear. Dio de nuevo en la cabeza de Martín, que esta vez pareció perder algo de su fuerza y se inclinó hace adelante con cara de dolor. Dos golpes más, pensó Ezequiel, y lo tengo.

En los momentos más increíbles surgen pensamientos que no se esperan. Ezequiel pensó en ese instante que no debía matar a su hermano. Otra vez la duda se instaló en su persona frágil, desdichada. Pero el rostro ensangrentado y el cuerpo fuerte de su hermano se estaban recuperando de nuevo. Martín se había parado y parecía buscarlo con la dificultad de tener la mirada parcialmente obstruida por la sangre. Su gesto se hizo desafiante, y pronunció una frase casi ininteligible, para luego decir en voz bien alta y clara:

-Voy a matarte.-

El miedo primero paralizó a Ezequiel, que le creyó sin dudar. Ese mismo miedo hizo que dejara de pensar que no debía matarlo, lo confundió y oscureció su razón. Entonces se decidió y golpeó de nuevo, una y otra vez.

Luego del último golpe, Ezequiel escuchó ruido. Miró hacia la entrada de la biblioteca y vio a su hijo, que, con cara espantada lo miraba, incrédulo.

Ezequiel pensó largamente qué iba a decir. Su cabeza no funcionaba, había pasado por una situación espantosa y no estaba preparado para enfrentar a su hijo. Lo miró en silencio durante unos instantes. El cadáver de su hermano estaba en el piso, y aunque evitaba mirarlo le daba pavor el sólo pensar en él. Tenía muchas cosas en qué pensar y no sabía por dónde empezar. Si seguía así se iba a volver loco. Miró a su hijo, que todavía lo miraba con una mezcla de sorpresa, miedo e incredulidad. Ezequiel no le habló. Estaba como paralizado, turbado, asqueado. En determinado momento pareció despertar y se dio cuenta de que necesitaba ayuda urgente. De inmediato fue hacia la mesa del teléfono, descolgó el auricular e hizo la llamada.

-Hola, ¿papá?

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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