La familia Kermonis de Baladir

Este cuento forma parte de la novela Esferas Salvajes, que edité el año pasado como E-Book en Amazon. Es un relato que habla de una familia normal en una de las ciudades de la Tierra en el año 15347, durante el quinto siglo de dominio del Imperio de los Sabios. Por esos años el Imperio de los Sabios y la Confederación del Sol se dividían los planetas y sus lunas desde Mercurio hasta Neptuno, mientras que más allá, desde Plutón hasta el ultra lejano Sedna, en tierras oscuras y congeladas, la Unión de Pueblos Transneptunianos sobrevivía con una auto disciplina que los ayudaba a formar una sociedad básicamente comercial. La utilización de pastillas con drogas especiales insertadas en las pastillas alimentarias era la base de las dos principales civilizaciones. El control total y la vigilancia permanente eran otros de sus pilares. Nadie podía dudar de los sabios ni de los gobernantes, ni de la civilización tal como la conocían. Elegí este cuento en especial porque muestra la vida común y las implicancias que las leyes no escritas de un imperio pueden tener en su vida normal de la gente. Ahora el cuento, o más bien, el capítulo 5 de Esferas Salvajes:

La familia Kermonis de Baladir

La ciudad de Baladir es la más rica de todo el universo. Se ubica en la Tierra, al sur de lo que fue el continente europeo, mirando hacia el África. Pertenece al Imperio de los Sabios, y aunque no es una ciudad enorme al estilo de las antiguas, ya que apenas sobrepasa los 900.000 habitantes, es una ciudad llena de familias de riquísimos comerciantes, hombres que compraron el privilegio de vivir en Baladir con mucho dinero. En realidad hay muchas ciudades muy ricas en la Tierra y en otros lugares del Imperio pero ésta es muy especial. Normalmente las casas de las ciudades del Imperio, con pocas variaciones, son todas casi iguales, al menos por fuera. En Baladir, el capricho de los ricos hizo que esto no fuera de esta forma. Es la única ciudad en la que se permite hacer una casa con especificaciones diferentes de las establecidas por las reglas escritas de los Sabios.

La casa de Kermonis es una de las más bellas. El material es el plástico y el color es el blanco, pero son las dos únicas condiciones que la casa cumple en cuanto a las normas de construcción. Tiene siete pisos, cuando solamente se permiten dos. Las ventanas son enormes, el doble de lo permitido. Tiene dos salidas, cuando solamente se permite una. Y el mismo ancho de la casa es el doble del máximo permitido, cien metros. Este tipo de ostentación solamente se ve en Baladir, y hace que la ciudad sea muy atractiva para los visitantes, que se maravillan de sólo mirar las casas de los habitantes. Un paseo por sus calles es muy estimulante para todos los que llegan a comerciar a la ciudad. Además, Baladir tiene una atmósfera mucho más grande y oxigenada de lo normal, lo que hace que las personas no habituadas sientan mareos y emociones antes no descubiertas. Aunque el sol no llega con la fuerza de otros siglos muy lejanos, por los gases diseminados en la atmósfera terrestre, la atmósfera de Baladir logra que la luz sea algo más fuerte de lo habitual.

Bidu Kermonis era el hijo predilecto de Marus y Pexin Kermonis. Estudiaba todo el tiempo posible, era muy inteligente y ya a sus 18 años iba a ser contratado por la Compañía Interespacial para empezar como asistente de uno de sus directores. La Compañía Interespacial de Comercio y Negocios era el máximo organismo al que aspirar. Era el brazo comercial más importante del Imperio de los Sabios, y muchas de las leyes dictadas por ellos la tenían como principal protagonista. Era un sueño entrar en ella.

Eran las siete de la mañana y la familia entera se había reunido en la sala de estar a cumplir con el rito de tomar la primera pastilla del día. Las familias, a pesar de que ya no les hacía falta la comida, seguían cumpliendo con el rito milenario de juntarse en los horarios comunes de la mañana, el mediodía, la tarde y la noche, pero ahora con el objetivo de agradecer sus pastillas diarias. Eran en realidad como caramelos masticables, y los que se podían dar el lujo de pagar mucho más dinero, podían comprarlas con distintos sabores. Así podían disfrutar algo que la mayoría de los habitantes del universo habían perdido: la sensación del gusto. Pero ya no lo hacían sentados en una mesa, no tenía sentido. Ellos tenían en la sala de estar varios cuerpos de sillones muy cómodos, se sentaban allí y juntos agradecían al Consejo de los 7 Sabios por hacer grande y pacífico al Imperio y por permitirles vivir en paz y armonía. Luego charlaban muy tranquilos, de acuerdo al ritmo de vida que imponían las leyes del Imperio. La gente debía ser educada, serena, debía meditar, pensar, portarse bien, obedecer las leyes y pasarle esta premisa a toda su familia.

-¿Cómo están todos hoy?- Preguntó el padre, Pexin, con una sonrisa en los labios y un tono complaciente, dispuesto a escuchar a todos. Estaban su mujer Marus, su hijo mayor, Bidu, su hija del medio, Assara y su hijo menor, Plactu. Los hijos esperaron educadamente a que hablara la madre primero.

-Muy bien querido esposo mío. Hoy dormí mucho mejor que ayer, fue muy placentero. Así que estoy dispuesta a hacer todas mis actividades del día con buen humor y alegría.

-Excelente querida.- Dijo Pexin con una sonrisa muy grande, y en seguida miró a Bidu, su hijo mayor, que seguía el orden de importancia en la familia.

-Yo estoy un poco excitado. Hoy voy a recibir el modelo de contrato con la Compañía Interespacial de Comercio y Negocios. Deberé estudiarlo y en 24 hs aceptarlo o rechazarlo, o proponer cambios. Estoy un poco nervioso.

El padre lo escuchó muy preocupado. Se levantó del sillón y fue hacia la biblioteca. Allí abrió un cajón del modular y sacó un frasquito con pastillas. Volvió a la sala y le entregó una a Bidu.

-Toma una de estas. Te tranquilizará en seguida y podrás decidir sobre el contrato con tu mayor inteligencia. Igualmente espero que me consultes, así como debes consultar al abuelo Kandas y al tío Benodis. Ya sabes que en estos casos la prudencia de varias personas más grandes que tú, y por lo tanto más sabias, es muy importante.

-Por supuesto padre. Tengo pensado, en cuanto reciba el contrato en mi computadora personal, mandárselo a ustedes para que lo estudien. Luego estudiaré todos sus comentarios y obraré en consecuencia.

-Eres un buen hijo, muy estudioso e inteligente, pero por sobre todas las cosas muy respetuoso de los mayores. Eso te llevará al éxito en la vida. ¿Ya te hizo efecto la pastilla?

-Sí, padre, ya estoy sereno y tranquilo de nuevo. Muchas gracias.

-De nada, hijo mío.- Pexin no pudo dejar de mostrar cierta emoción en estas últimas palabras, pero, como era su deber, en seguida miró a Assara, su niña de 15 años. -¿Cómo estás hoy, hija?

Assara miró a su padre con admiración y respeto. Todos los días esperaba estos momentos de charla para que él le dirigiera la palabra, ya que luego durante el día estaba muy ocupado en su trabajo de análisis de documentos para la Compañía Interespacial, donde ocupaba un cargo importante desde hacía varios años, como el abuelo y el bisabuelo, que estaban por encima de él en este momento. Cuando Pexin se metía en su computadora personal nadie podía sacarlo de allí, a menos que fuera una gran emergencia nacional.

-Padre, yo quiero aprender canto.

El semblante de Pexin cambió por completo. Se levantó hacia el lugar donde había sacado la pastilla para su hijo y tomó una para sí mismo. Volvió rápidamente al sillón.

-El canto no es para esta familia, hija. Hay varias cosas que debes saber: la actuación, la escritura con fines banales, novelas o cuentos de ficción, el canto, la música, todo eso ha sido prohibido hace varios siglos en el Imperio. El solo hecho de que pidas aprender canto demuestra tu ignorancia. ¿Cómo se te ha ocurrido eso?

La niña ya no tenía la sonrisa deslumbrante ni miraba a su padre con admiración. Ahora lo miraba con miedo.

-Julestaa, mi amiga, me dijo que ella sabía cantar. Lo hizo delante de mí y de otras amigas, la vimos en nuestras computadoras personales. Me pareció algo muy lindo.

El padre estaba tranquilo gracias a la pastilla, pero se veía molesto.

-A partir de ahora tienes prohibido comunicarte con ella, y con cualquiera de tus amigas o compañeras que haga semejantes cosas. Como castigo por haber escuchado eso, no podrás usar tu computadora por seis horas, comenzando ahora, y cuando la enciendas deberás declarar a tu ex amiga como indeseable, sin tener ningún contacto más de ahora en adelante. ¿Entiendes?

-Si padre. Lo siento mucho.

-Más tarde hablaremos de eso. Estas horas vas a dedicarlas a la meditación. Piensa qué es lo que quieres en tu vida, recuerda las leyes de loa Sabios y olvida las prácticas prohibidas. Ahora tú, Plactu, ¿qué tienes que decir hoy?

Plactu, de apenas 12 años, era un niño muy inteligente, pero estaba en pleno proceso educativo y distaba mucho de ser como Bidu, aún.

-Nada padre, dormí muy bien y estoy dispuesto a estudiar mucho el día de hoy.

-Muy bien, Plactu, eres un buen niño.- Dijo Pexis nuevamente con una sonrisa en la cara. Los problemas tenían que ser atacados pero el buen ánimo debía ser permanente dentro del seno familiar. Todos tenían que estar contentos, alegres y dispuestos a estudiar y a hacer las tareas del día con alegría y amabilidad.

-Muy bien,- dijo el padre a todos- ahora nos levantaremos y cada uno va a hacer lo que tiene que hacer, menos la niña castigada, que deberá pensar en los asuntos que le comenté. Nos vemos todos para el mediodía, cuando agradeceremos por la paz, el alimento y la vida al Consejo de los 7 Sabios.

Dicho esto, cada uno de los miembros fue hacia su estudio particular. Las salas de estudio fueron diseñadas a prueba de ruidos y provistas de muy buen nivel de oxígeno e iluminación, y siempre estaban frescas. En todas ellas se encontraban un sillón muy cómodo y la computadora personal de cada uno. La computadora era un aparato cuadrado de apenas ocho gramos de peso, de 80 cm de lado y 8 mm de espesor. Podía quedar flotando delante de la persona. En su pantalla aparecía, de acuerdo a la orden de voz del usuario, el programa requerido. Con ella estudiaban, con ella se comunicaban entre ellos y con el mundo. Era muy raro que tuvieran que salir de la casa, todo se hacía desde la computadora personal. Había familias que no salían durante años. Las fiestas familiares se hacían con todas las familias reunidas en la sala de estar, sentados cómodamente en sus sillones, cada uno con su computadora personal en el aire frente a ellos, charlando con gente que vivía en otras casas, en otras ciudades, en otros planetas o satélites.

Bidu entró en su estudio personal, cerró la puerta y elevó el nivel de oxígeno del cuarto. Encendió su computadora personal, la que se elevó frente a él quedando suspendida, lista para comenzar las actividades. Hoy tenía un programa especial de métodos de traslado a través del espacio. Pero cuando iba a comenzar su programa, una hombre que tenía el pelo negro, lacio y largo que le caía por los hombros y una tremenda cicatriz que le cruzaba la cara de izquierda a derecha, desde su ojo izquierdo hasta el mentón derecho, apareció en la pantalla, y le habló.

-Hola Bidu. Disculpa esta intervención intempestiva. Me presento: soy Walkos, en este momento a cargo de una acción por parte de los Delegados. ¿Sabes quiénes somos?

Bidu sabía que no tenía que contestar, que tenía que avisar a su padre de esta intromisión, pero le ganó la curiosidad.

-No he oído nada de ustedes.

-Somos un grupo de gente que luchamos por la libertad del hombre. Creemos que el sistema cerrado e inmóvil de familias que crearon los 7 sabios es ficticio y solamente favorece a los que tienen el poder. ¿No te sientes agobiado por tus ocupaciones? ¿No desearías salir a las calles en lugar de hacer todo cómodamente desde casa?

Bidu pensó en esa posibilidad. Sus piernas eran débiles, igual que todo su cuerpo. Hacer gimnasia o correr e incluso caminar por las calles sólo con el objetivo de mejorar el cuerpo estaba prohibido desde que su bisabuelo tenía memoria. Pero no necesitaba eso. ¿Quién podía necesitarlo?

-No.- Respondió secamente.

Walkos no se desesperó. Decidió seguir en el mismo camino.

-¿Qué tal un poco de ejercicio? Mira mis músculos. ¿No son enormes? Se siente muy bien estar de esta forma.

-Sólo eres un salvaje que no hace caso de las leyes del Imperio.

-No soy un salvaje, Bidu, soy un hombre que quiere hacer regresar a la humanidad a momentos más felices, cuando era una humanidad libre. Estamos trabajando en eso.

-Como ilegales.- Dijo secamente Bidu.

-Mira Bidu,- dijo Walkos ya algo decepcionado- te tengo una propuesta. Eres muy inteligente, de lo mejor, y necesitamos gente como tú. Sin dudar eres de lo mejor de la nueva generación. No malgastes tu tiempo en la Compañía Interespacial de Comercio y Negocios. Allí solamente serás un esclavo de sus dueños, serás utilizado para hacer cosas de las que no tendrás ni idea, y solamente obedecerás órdenes. Ven con los Delegados y tendrás un buen puesto, te dedicarás a convencer a otros como tú de que se nos unan, y te enseñaremos cosas que ni te imaginas.

-¿Qué tipo de cosas?- dijo Bidu, algo más interesado.

-Te enseñaremos a amar a los demás, a protegerlos, a conectarte de formas que ahora ni siquiera te imaginas. Tus padres no elegirán tu pareja, ni te dirán cuándo casarte o cuando tener hijos ni siquiera cuántos hijos debes tener. Serás libre, Bidu, libre.

-No conozco el significado de esa palabra, pero no me interesa. Debo denunciar esta intromisión en mi computadora, eso dicen las leyes, y ya he tardado demasiado.

-No Bidu, no me saques…

Pero ya era tarde, Bidu denunció a su padre la intromisión, cortó la comunicación y esperó. Su padre a su vez denunció la intromisión ante el gobernante de la ciudad. El gobernante dio los datos a los Secretarios y los Secretarios se comunicaron con el Consejo de los Sabios. Media hora después una patrulla entró en la casa de los Kermonis y se llevó a Bidu para interrogarlo. Volvió seis semanas después, cuando toda la familia estaba desesperada y no podía mostrar sus sentimientos ni saber qué era lo que estaba pasando. Bidu ya no era el mismo. Nunca contó nada de lo que vivió en ese tiempo, porque, explicaba, le habían prohibido decírselo a nadie. Se apegó a las leyes más que nadie, pero nunca más destacó por su concentración y sus exámenes perfectos. Entró a trabajar en la Compañía, pero obtuvo un lugar discreto en una oficina sin importancia, y allí quedó por mucho tiempo. Cuando su padre le decía que no era el mismo Bidu solamente callaba. Y cuando su madre le pedía por favor que volviera a ser el mismo, solamente le contestaba con un seco:

-No puedo. Nunca podré.

Solamente su hermana Julestaa y su hermano Plactu pudieron obtener algo de información sobre esas seis semanas tremendas que le tocó vivir.

-Fui acusado de traición por haber hablado con los Delegados. Me dejaron solo en un lugar vacío, sin baño y sin calefacción, con oxígeno de baja calidad, durante horas y horas. Me moría de frío. Me dijeron que si no confesaba arrestarían a toda mi familia, incluso a mi bisabuelo. No me pegaron, pero me hicieron escuchar sonidos ensordecedores y a veces las luces me encandilaban y no podía ver absolutamente nada, todo era blanco. Nunca entró nadie, sólo escuchaba voces. Luego de muchos días de sufrimiento me dijeron que si confesaba haber intentado atentar contra el Imperio ustedes quedarían eximidos de toda culpa. No lo dudé, confesé. Pero luego me dijeron que si tomaba una pastilla especial que ellos me darían por el próximo año, una todos los días al levantarme, me dejarían volver. Acepté. Ahora me doy cuenta de que esta pastilla me ha quitado todos mis buenos atributos. Ya no soy quien era, ya no tengo un gran futuro. Estoy seguro de que ya no les intereso ni a los Delegados. Pronto tendré que dejar de tomarla, vamos a ver qué sucede. Pero últimamente no me he sentido nada bien. Por favor, no le digan nada a nadie, menos a nuestros padres.

Julestaa y Plactu juraron no decirle nada a nadie. Bidu murió de causa natural dos días después de dejar de tomar la pastilla que le habían impuesto.

De todas formas, la familia Kermonis siguió realizando su rutina de felicidad sentados en los sillones o frente a sus computadoras por muchos años más. De eso se trataba, de ser felices y demostrarlo, y de obedecer sin dudar las leyes de los 7 Sabios.

FIN

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Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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