El niño

Camino por la ciudad, por la vereda de la avenida Corrientes, ancha, desbordada de gente. Mis zapatos hacen un ruido al caminar que se pierde cuando los automóviles y los colectivos pasan  por la calle. Bocinas, frenadas, música, lo que más se escucha en ese mediodía de Buenos Aires.

Miro directo a los ojos a la gente, una costumbre que hace años quiero quitarme, porque sé que incomoda a la mayoría de las personas. Pero no puedo. Por lo general, las mujeres pasan por la vereda caminando sin hacer contacto visual con nadie. Se pierden sus miradas en el horizonte. Muchos hombres hacen lo mismo. Son tiempos difíciles, duros, salvajes, y casi todos tratan de no mirarse a los ojos en lugares públicos. La presión en sus vidas los hace más desconfiados, temerosos, escépticos con respecto a los demás.

En las calles también hay muchos indigentes que piden limosnas o viven como pueden, a los que no les importa nada el tema, porque nadie los mira, desde siempre. Son invisibles. Pero también existen otros sujetos que se dedican a robar. Son muchos y están entre nosotros, y esos son los que se sugestionan y enloquecen más si una persona los mira.

Y yo, que no puedo sacarme esa costumbre de mirar a todos a los ojos.

Me crucé con un muchacho, casi un niño, que debía tener doce años, o como mucho, trece. Estaba sucio, con el pelo revuelto, y vestía ropas viejas y gastadas. Se molestó conmigo. Me miró fijamente y se paró delante de mí, diciendo con una voz de niño que comenzaba a cambiar, pero con el tono agresivo de un adulto:

-¿Que miras?

Quise ignorarlo. Para eso intenté esquivarlo y traté de seguir caminando, pero no me dejó. Me sostuvo por uno de mis brazos.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras fijo?

Su actitud era agresiva, casi violenta. Yo le dije, de forma cautelosa:

-Disculpa, no me di cuenta.

Me miró durante unos instantes, dudando.

-Que sea la última vez que me miras o vas a arrepentirte, ¿entendiste?

-De acuerdo.

El niño me soltó el brazo, pero daba señales muy claras de estar alterado. Temblaba, y los ojos le brillaban. Quizás había consumido alguna droga. Yo seguí mi camino hacia la calle Suipacha, con la indiferencia de quien experimenta estas cosas todos los días, con calma, y el niño siguió el suyo hacia el obelisco.

A los pocos segundos escuché un disparo de arma de fuego que venía desde atrás. Por el ruido, fuerte y seco, no podía ser otra cosa. Volví sobre mis pasos con un presentimiento en el alma, que luego demostró ser cierto. Sobre el suelo, frente a la entrada de un local de una compañía telefónica, estaba tendido el niño irritado que me había amenazado hacía menos de un minuto. Tenía un brazo herido, por lo que pude ver. Un policía lo apretó contra el piso y le puso las esposas. Eso debió dolerle al niño, que sangraba mucho.

Según comentarios de los empleados y de los peatones que pasaban por allí, el niño delincuente entró al local, con un arma en la mano, y amenazó a una mujer que cuidaba de la caja. Pero tuvo mala suerte. Un policía lo vio entrar, sospechó por su actitud y rápidamente se dirigió hacia allí. Una vez en la puerta del local, vio que el niño sacaba el arma, entró al negocio y le efectuó dos disparos desde muy cerca. Uno le dio en el brazo, el otro disparo impactó sobre el mostrador del negocio. El niño tuvo fuerzas para salir del local, empujando al policía, que estaba en la entrada. Pero terminó cayendo sobre la vereda y fue apresado.

Su ilusión de niño, si alguna vez la tuvo, quedó destruida mucho tiempo atrás. Era un niño hecho adulto a la fuerza. A fuerza de golpes, hambre, dolor, maltrato. Un niño-hombre, ladrón por necesidad, por culpa de la miseria. Un niño que no tuvo el amor de sus padres, ni amiguitos ni juguetes y que por eso no pudo vivir la edad de la inocencia. Hoy le fue mal, pero mañana volverá a delinquir, porque no sabe vivir de otra forma. Son tiempos difíciles, duros, salvajes. Para mucha gente la línea entre la vida y la muerte es demasiado delgada.

Todo eso yo no lo estoy inventando. Lo vi en sus ojos, cuando nos cruzamos. Quizás por eso miro a la gente a los ojos. Para conocer sus historias.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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