Director de Orquesta

Santiago era un hombre directo, simple, de ideas claras. Por esos días dirigía el ensayo de la orquesta que pronto tocaría Die Zauberflöte, La Flauta Mágica de Mozart, en un teatro importante de la ciudad. No era el teatro más grande, pero a las funciones asistía un gran número de gente. Iban a hacer cuatro presentaciones.

No podría decirse solamente que le gustaba la obra. Lo fascinaba, lo enloquecía. Los misterios de su libreto, su historia enigmática, todo eso no importaba cuando comenzaba a sonar la música. Director de orquesta desde hacía ya más de treinta años, había ejecutado varias veces todas las obras famosas del gran autor. Pero había dos que lo deslumbraban. Die Entführung aus dem Serail, El Rapto en el Serrallo, era una ópera muy cómica, cuya música era cautivante, graciosa, ocurrente. Y la Flauta Mágica, obra que Mozart estrenó como director apenas dos meses antes de morir. Siempre opinaba que era una obra maestra inigualable. Solía decir que Mozart debía haber estado bajo el efecto de un potente alucinógeno para imaginar semejante arquitectura musical. Su ánimo se entristeció al pensar que tan enorme genio compuso la obra más importante de su carrera para hacer algo de dinero. Porque Emanuel Schikaneder, empresario teatral y autor del libreto, y el gran Mozart, en esa época estaban completamente arruinados.

Orquesta
Diresctor de Orquesta

Pero volviendo al presente pensó que tenía un grave problema. La orquesta no respondía bien a su conducción. Había peleas entre sus miembros y los delegados gremiales protestaban ante las autoridades por los bajos sueldos, cada vez que ensayaban. No tocaban sus instrumentos con buena actitud. Los ensayos eran desastrosos y lo estaban enloqueciendo. Y por si eso fuera poco, uno de los cantantes, el que iba a hacer el muy importante y cómico rol de Papageno, siempre protestaba porque no le gustaba que la orquesta tocara tan fuerte. Necesito mi espacio, solía decirle al director. Éste le contestaba que cantara más alto. No puedo, decía el barítono, no soy un tenor de aguda voz, y según la partitura no debo gritar, solamente cantar suaves melodías, las que compuso Mozart para mi papel, para un barítono.

El director estuvo a punto de renunciar un par de veces, pero eso no hubiera sido visto de buena manera por el circuito de los teatros. Una renuncia podía costarle muy caro. Debía pensar en su carrera, y demostrar que él podía domar ese monstruo desbocado. Por eso montó un plan. Esperaba que ese plan le diese resultado para así poder encauzar todos los esfuerzos de forma positiva.

Habló con cada uno de los músicos, habló con las autoridades del teatro, y poco a poco los convenció de trabajar juntos con mayor armonía. Apeló a la carrera de cada músico, a ese bien tan preciado por ellos mismos. Con cada frase trató de hacerles entender que si se esforzaban serían mucho mejor valorados en el futuro. A los músicos les aconsejó con sabiduría cómo ejecutar su instrumento. Le mostró a cada uno los pequeños secretos de la ejecución. En cada uno de los ensayos explicó el porqué de cada orden, de cada cosa que les pidió. Le tomó muchas horas de trabajo extra, incluso visitó a algunos músicos y a algunas de las autoridades en sus casas. No declinó ninguna invitación, ni siquiera a tomar una taza de café en algún bar luego de los ensayos, cuando más cansado estaba. Finalmente consiguió lo que parecía imposible: que los directivos del teatro prometieran estudiar un aumento importante para los músicos.

Poco a poco los músicos le respondieron mejor. La orquesta se escuchaba cada vez más afinada y concentrada. Una mañana llegó al ensayo y varios de los músicos lo llamaron maestro. Él no se relajó. Quería que la obra fuera extraordinaria. No iba a tocar en la Scala de Milán, el teatro estaba lejos de ser el Metropolitan de Nueva York y tampoco era el Colón. Sin embargo, su deseo era que esta obra tuviera lo que se merecía: una interpretación brillante. No la quería perfecta, estaba seguro de que no iba a estar exenta de errores, pero pretendía que la interpretaran con cerebro y el corazón en sintonía. Su deseo era que la tocaran con pasión, con la fuerza, el talento y la alegría que siempre fueron las características principales del autor.

Los cantantes también comenzaron a demostrarle afecto. Salvo el barítono. El director le habló en repetidas oportunidades. Lo elogió, le dijo que  su voz era maravillosa y admirable. Todo eso era absolutamente cierto. Pero el barítono no dio el brazo a torcer. Al menos notó que las críticas del cantante a la orquesta y hacia él mismo eran cada vez menos frecuentes.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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