La felicidad del desierto

Pena de muerte. Sólo en eso pensaba. Se había arriesgado a huir, aunque sabía la pena que le tocaría por robar un caballo. Y ahora ese caballo había muerto. Por hambre y sed, o tal vez por cansancio. Quizás por las tres cosas. El hecho es que se fugó y de inmediato quedó en medio de un ardiente desierto de arena y piedra. Sólo veía desolación y soledad. El calor era extremado, y ya lo había hecho alucinar repetidas veces. Pero la noche…la noche es fría como un témpano, la noche es la muerte misma.

Pensó que ya no debía preocuparse por la pena de muerte. El desierto terminaría acabándolo, tarde o temprano. Tenía la boca seca como una piedra, y su garganta echaba fuego. Sus pies, envueltos en trapos, parecían a punto de explotar. Había visto montañas a lo lejos, hacía unos días, pero no estaban cerca. El sol era un perfecto instrumento de tortura. Quizás debería descansar un poco, pero no había un solo lugar cubierto en todo el territorio a la vista. No merecía eso. Después de todo, ¿qué había hecho?

Estaba cansado de vivir en ese lugar. No eran sus padres, que habían muerto muy jóvenes. Los dueños de la casa lo adoptaron para que sea su sirviente, de eso no tenía la menor duda. No podía salir sin permiso, no podía tener amigos y mucho menos mirar a alguna mujer. Siempre tenía pesadas tareas asignadas. Vigilar el ganado, limpiar la casa o las cuadras, recoger los frutos de los árboles, sembrar o recoger la siembra. De sol a sol, trabajaba sin descanso veinte horas al día. Prefería el desierto y sus peligros y tormentos.

Robó uno de los caballos del dueño de la casa y cabalgó tres días sin parar. No se dio cuenta de que el animal no estaba preparado para eso. Ahora estaba a merced del extremo calor y el frío imposible en un lugar inhóspito. ¿Por qué no pudo contratar a alguien para que lo guiara? Pudo haber robado al dueño de casa y pagarle a un guía con ese dinero. Algunos lo hubieran ayudado, aunque sabía que otros no hubieran perdido la ocasión de asesinarlo para sacarle todo. Los peligros eran muchos con esos aventureros.

Daría todo lo que tenía, poco y nada en realidad, por encontrar ayuda. Caminaba lentamente, como entre brasas. De pronto comenzó otra alucinación. Al principio pensó que podía dominarse, pero luego sucumbió a sus deseos. En el horizonte vio un lago enorme, azul como el cielo, con arena suave y blanca en sus costas. Lo vio claramente, estaba más que seguro. Comenzó a correr cada vez más rápido hacia el lago. Eso le salvaría la vida. Estaba feliz, y lo gritaba a los cuatro vientos.

Cuando llegó hundió la cara en el agua, feliz aún y luego se metió de cuerpo entero en el lago. Notó que el agua era clara, fresca y dulce y absorbió toda la que pudo, mientras nadaba gritando frases de felicidad. Ahora era innegable que se iba a reponer y que podía seguir huyendo hacia alguna ciudad donde no lo conocieran, donde comenzaría una nueva vida, libre de ataduras. El agua lo animaba a hacer planes, a divertirse, a pensar en mujeres, vino, ropas nuevas, en la vida que siempre quiso tener y nunca pudo.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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