Ciudad Centelleante

Era tarde cuando vimos las luces de la ciudad. Por fin, pensé. A medida que nos acercábamos el resplandor era cada vez más asombroso. Diversas formas de luz incandescente se proyectaban casi hasta el cielo. Y todavía no era de noche.

Media hora después el cielo se había cerrado definitivamente hasta la mañana siguiente, y las luces se volvieron más poderosas. Era difícil mirar sin tener que entrecerrar los ojos. Caminábamos uno al lado del otro, mirando al suelo.

-No me gusta esto.- Me dijo Amsur, con cara de preocupación. No era un hombre de muchas palabras, pero todas las que decía tenían tono de sentencia. Le dije:

-No te preocupes, ya veremos cómo hacer para evitar esta molestia. Supongo que los habitantes de esta ciudad deben tener anteojos especiales, o estarán protegidos de alguna forma.

-Sigue sin gustarme. No parece una ciudad amistosa.

Caminamos un rato más, en silencio, hasta llegar a un lugar después del cual ya no podíamos avanzar. Las luces eran enceguecedoras, nuestros ojos ya estaban bastante perjudicados como para seguir caminando. Dimos la espalda a la ciudad y nos dispusimos a pasar la noche sobre las piedras, para no tener que ver semejante espectáculo. No estábamos lejos. Yo dije:

-Necesitamos ir a esa ciudad. Debemos comprar víveres y varias cosas más para el camino. De otra forma jamás podremos llegar a nuestro destino.

- Pues yo no quiero ir allá. Ni siquiera de día.

- Muy bien, mañana por la mañana voy a ir yo solo.

Dormimos muy mal, porque el resplandor de las luces en el cielo nos despertaba a cada rato. Hasta que aparecieron ellos. Los habitantes de la ciudad, o al menos algunos de ellos. Eran altos, musculosos, vestidos de blanco, armados con pistolas que yo jamás había visto en mi vida. Llevé la mano a la empuñadura del revólver que tenía debajo de mi cuerpo, por las dudas.

-Señores, deben irse de acá de inmediato. No los queremos en la Ciudad Resplandor.

Amsur los miraba sin expresar sentimiento alguno. Sabía que, igual que yo, tenía la mano sobre su pistola. Dijo con voz suave, quizás por el sueño que todavía lo embargaba.

-Está bien. Nos vamos. Pero no hacia el lugar de dónde venimos. Iremos al Este.

-Vayan por donde quieran.- Dijo el hombre que había hablado en primer lugar. -No es asunto nuestro. Pero no los queremos en la ciudad.- Repitió, por si nos había quedado alguna duda.

Yo estaba seguro de que si luchábamos contra ellos íbamos a matarlos a todos. Eran hombres de ciudad, y en sus caras se notaba que vivían pacíficamente organizados, y que esta peligrosa expedición no era lo que ellos estaban acostumbrados a hacer. Pero Amsur ya había decidido ir hacia el Este, y yo no era quién para decirle que no.

Amsur se levantó lentamente, se puso la campera y luego metió todo lo que estaba suelto en su mochila y la cargó sobre su espalda. No supe dónde había metido su pistola. Yo puse mi revólver sin que nadie se diera cuenta dentro del bolsillo derecho de mi campera, me la puse y luego cargué la mochila sobre mi hombro izquierdo. Hicimos todo esto de espaldas a la ciudad por el efecto de la luz sobre nuestros ojos recién abiertos. Recién en ese momento me di cuenta de que ellos estaban todos con grandes anteojos oscuros. No eran negros, eran de color miel o algo así, pero parecían ser efectivos contra esa insoportable luminosidad.

-¿Podrían dejarnos comprar algunos víveres? No nos alcanzan para mañana. –dijo sorpresivamente mi compañero.

Los ciudadanos se miraron entre sí, con algo de sorpresa. Parecía que alguno de ellos se compadecía de nosotros. Pero el que había hablado antes, que parecía ser el que mandaba, de nuevo tomó la voz cantante:

-De ninguna manera. Se van en este preciso instante. Hacia el Este o hacia donde quieran, pero no queremos verlos más por aquí.

Fue solamente una seña, inadvertida para todos pero más que evidente para mi compañero y para mí. En un segundo, mientras hablaba el jefe de grupo, Amsur y yo sacamos nuestras armas. Apenas terminó la frase comenzaron a caer al suelo, malheridos o muertos, uno tras otro. Cuando todo terminó, conté ocho cuerpos en el suelo, algunos se estaban quejando todavía.

-Habría que rematarlos.- Dijo Amsur, ya de espaldas, preparado para marchar. -No nos conviene que queden vivos.

Dijo esa frase y partió hacia el Este. Tuve que rematar a tres hombres, y eso era algo que de verdad no me gustaba. Estaban indefensos. Pero así lo había decidido Amsur. Y yo estaba seguro de que únicamente gracias a sus decisiones ambos estábamos vivos. Por eso obedecí.

-¿Podríamos pasar por la ciudad rápidamente y comprar comida?

Amsur dio vuelta la cabeza y me miró con cara de incredulidad, sonrió casi imperceptiblemente y siguió caminando como si no hubiese escuchado nada. Al instante siguiente me di cuenta de que sangraba. Como caminaba delante de mí, no podía ver la herida. Caminaba muy rápido, yo no podía alcanzarlo sin correr, y correr me parecía inapropiado en ese momento, no sé por qué. Le pregunté:

-¿Estás sangrando?

-Sí.- Me contestó sin darse vuelta ni agregar nada más. Volví a insistir.

-¿Es grave?

-No.

-Dejame verte.

Amsur detuvo su marcha y se dio vuelta lentamente. Cuando lo vi casi me caigo al suelo del disgusto. Estaba sangrando en la zona de las costillas en la parte derecha de su cuerpo. Por lo que pude ver, creo que le habían acertado al menos dos veces. Perdía mucha sangre.

-Siéntate ya mismo sobre estas piedras. Me voy a la ciudad. Algo voy a traer para curarte. Además, debemos comprar víveres. Te vas a quedar con el dinero, sólo voy a sacar algo para comprar comida y algunas cosas que vas a necesitar para curar eso.

Amsur me miró con su media sonrisa, obedeció sentándose lentamente sobre las piedras del terreno y poco a poco se recostó. Se veía mal, muy mal. No sé cómo había hecho para caminar tan rápido después del incidente. Yo le dejé la mochila con la mitad que me correspondía de nuestro último trabajo en el banco de una ciudad vecina. Le tenía toda la confianza y además no se veía con fuerzas para escapar y abandonarme.

En seguida encaminé mis pasos hacia la ciudad iluminada. Pasé por el lugar de la contienda y tomé un par de anteojos, seguí mi camino pero a los pocos segundos decidí volver y tomar las ropas de uno de los habitantes abatidos. Uno de ellos había sido herido en la cabeza (no recordaba haberlo matado, debió haber sido Amsur) y su ropa no estaba manchada. Era totalmente blanca, como la de los otros. Se había ensuciado un poco, pero eso no me importaba.

Caminé durante veinticinco minutos hasta llegar a la ciudad. Con los anteojos puestos, apenas notaba la impresionante iluminación. Me los quité unos segundos para ver la diferencia y casi quedé ciego. Los anteojos eran más que eficientes, no sé de qué extraño material estaban hechos, pero no era vidrio, ni cristal. Eran muy livianos, podía ser alguna clase de plástico, no sé.

Llegué a la ciudad en medio de la noche. Los edificios eran como de cristal, pero toqué las paredes y eran muy duras. No se veía para adentro porque tenían algún trabajo especial que evitaba la transparencia. No pude averiguar de dónde surgía la iluminación, ya que no me saqué más los anteojos, pero no noté ninguna fuente de luz, eso era lo extraño. Era una ciudad rara. Ya era bastante tarde, pero tenía que encontrar algún local en el que vendieran comida, alcohol, vendas y toda clase de cosas útiles en general. Eso no podía faltar aunque fuera de noche.

Pasaron más de veinte minutos, caminé, caminé y caminé y no di con ningún local abierto. Es más, tampoco vi a ninguna persona caminando por las calles, si es que eso podía llamarse calles. Entre las edificaciones apenas había espacio. En este momento había lugar como para una persona de cada lado.

Para cuando me di cuenta, el espacio entre edificios era algo menor, y lo que es peor, me había perdido por completo. En el apuro por encontrar algún lugar donde poder comprar no me había dado cuenta de orientarme como sabía hacerlo. Empecé a desesperarme, a caminar más rápido, recuerdo que transpiraba. Ahora pasaba entre los edificios por “calles” de apenas un metro de ancho. Al rato, era medio metro, hasta que finalmente no pude pasar. Fui hacia atrás pero tampoco podía pasar. Había caído en una trampa, eso era evidente.

Ciudad maldita, recuerdo que la maldije miles de veces, con todas las palabras que se me ocurrieron. Amsur estaba muriéndose allá afuera, yo estaba atrapado aquí y todo el dinero que habíamos robado en aquella otra ciudad desaparecería para siempre. Me senté y traté de calmarme. Luego de media hora de esperar algún milagro me quedé dormido.

Desperté en las afueras de la ciudad, al lado mío estaba el cuerpo de Amsur, ya evidentemente sin vida. Enfrente tenía a dos personas vestidas totalmente de blanco, que me apuntaban con sus armas. Uno de ellos me habló.

-Ustedes dos han asesinado a ocho hombres de nuestra ciudad. Se han comportado como bestias. Pero nosotros no somos como ustedes. Nuestra ciudad tiene muy buenos métodos de defensa y usted no ha sido capaz siquiera de comprender lo que le pasó al entrar en ella. Usted es una persona muy elemental, primitiva. Su amigo era igual o peor. Pero nuestras mentes superiores no han podido hacerles frente en un ámbito que a ustedes les es mucho más familiar. Fue un error haber enviado a estos miembros de la comunidad a advertirles que se vayan. Asumimos ese error. Es por eso que lo dejaremos libre. Pero se llevará un buen recuerdo de nosotros.

El otro hombre avanzó hacia mí y con una falta de expresión total (como la que tenían todos los hombres de la ciudad, por otra parte) colocó un aparato sobre mi cabeza. Tal fue el shock que dicho aparato me provocó que caminé sin conocimiento durante varios días, a juzgar por lo sucio que estaba y el hambre terrible que sentí al momento de recuperar mi consciencia.

Es más, pude comprobar que luego de volver a tener conocimiento no pude sentir nada. Ni por la muerte de Amsur, ni por la de los hombres de la ciudad centelleante. No pude sentir nada por mí mismo. Y tampoco pude hacerle daño nunca más a ningún ser vivo. A partir de ese instante he vivido sin consciencia, sin temores ni ambición, y hasta casi he olvidado el dinero que tomamos del banco. Es decir, lo recuerdo pero no le doy importancia. Ninguna señal de remordimiento, de pena. Se me ha robado lo mejor del ser humano. Ya no siento alegría, ni ganas de vivir, ni dolor, ni nada de nada. Necesito comer pero no puedo decidir qué hacer para obtener comida. No sé cómo hacer para poder sobrevivir.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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