Vivir sin Recuerdos
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Vivir sin Recuerdos:

Al salir a la calle, Rodolfo Carrera pensó que su visita al siquiatra quizás hubiera valido la pena. Sintió simpatía por el doctor, no de inmediato, pero sí cuando se mostró tan seguro de sí mismo durante el pequeño incidente. Luego su seguridad al medicarlo y al darle las instrucciones lo hicieron sentir mejor, ya que al menos estaba en manos de alguien que sabía lo que hacía.

El consultorio de Weiss estaba ubicado en pleno centro de Buenos Aires, en un edificio de la esquina de la avenida Corrientes y Uruguay. Apenas estuvo en la calle, Carrera sintió la necesidad de pasear por Corrientes y comenzó a recorrerla hacia Callao. Pero era un día muy caluroso y húmedo, típico del verano en la zona del Río de la Plata, y pronto necesitó tomar algo fresco. Entró en el bar de la editorial y librería Losada, se sentó en una mesa solitaria y pidió un jugo de naranja y una porción de budín de naranja. La moza lo atendió y le trajo rápido su pedido. Rodolfo no tenía intenciones de irse pronto. Disfrutaba de la vista de la gente. Aquí y allá los hombres y las mujeres desfilaban y le proporcionaban miles de motivos para mirarlos.

Como la tarde estaba bastante calurosa las mujeres iban muy ligeras de ropa, algo que gustaba a cualquier hombre. Pronto vio a una joven de no más de veinte años entrar en la librería vestida con una pollera blanca muy cortita y una blusa rosa bastante transparente, debajo de la que se adivinaba el corpiño. Luego vio a una pareja bastante particular, ya que él tendría unos cincuenta años, y ella no más de veinticinco. Un señor gordo transpiraba dentro de su traje, y una niña rogaba a su mamá que le comprara algún libro expuesto en la vidriera de la librería, a lo que la mamá se negaba. El ruido de los automóviles, sus bocinas, sus caños de escape, las aceleraciones y las frenadas, hacía de música de fondo.

Mientras estuvo sentado, además de observar a la gente Rodolfo se dedicó a intentar recordar algo de los días previos al asesinato de Helena. No pudo hacerlo. Cada vez que se acordaba de algún trabajo hecho en esos días trataba de recordar el papel de Helena en el asunto, y entonces un gran velo se alzaba sobre él. No era que esa situación le molestara, ya que antes también le había pasado, en otros momentos y con otras personas. Le parecía algo normal, no tenía porqué recordar todo lo que vivía. Aunque por algo el doctor le dio tanta importancia. Un nuevo intento. Nada. Su cerebro borró a Helena de su vida en sus últimos días. En fin, ya le ayudaría el doctor.

Cuando Rodolfo miró la hora se dio cuenta de que ya había perdido bastante tiempo. Eran las tres y media, y en el trabajo había pedido permiso para acudir al médico, especificando que no tardaría más de dos horas. Ya se había tomado tres horas y media y aún tenía que ir a la farmacia a comprar su remedio. Bueno, eso podía esperar. Ya que tenía que tomarlo con el desayuno del día siguiente, podía ir a comprarlo luego de la salida del trabajo, a las seis de la tarde. De inmediato llamó a la moza, le pagó la cuenta, le dejó un peso de propina y se marchó.

De nuevo en la calle, caminó por Corrientes hasta la 9 de Julio y luego bajó por la galería que lleva hacia el microcentro, después dobló por Suipacha hasta llegar a Lavalle, e ingresó en el edificio donde trabajaba desde hacía cinco largos años. Una vez en la oficina del quinto piso, se disculpó con su jefe por la tardanza, pero el delgado joven de anteojos que devoraba con la vista la pantalla de computadora que tenía delante pareció no hacerle caso. Rodolfo se sentó en su cómoda silla con rueditas, en su escritorio, tomó el mouse de la computadora y siguió trabajando como si nada hubiese pasado.

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Weiss disponía de veinte minutos de descanso que aprovechaba entre paciente y paciente para meditar sobre lo que había escuchado. Esto lo hacía si lo que había escuchado era importante o le parecía interesante. Como solía hacer en estos casos, se sentó en su sillón y miró fijo hacia una de sus paredes, donde se encontraba colgada una réplica de la “Primavera”, esa maravillosa pintura de Sandro Botticelli. Cada vez que miraba este cuadro, el doctor se sentía transportado a otro espacio. No se trataba del renacimiento italiano. Estaba en un lugar distinto de todo lo que había conocido. Entraba casi sin darse cuenta en un país sometido por la belleza y la abundancia indestructibles e inagotables. Dirigía su vista hacia Flora, cuya exuberante belleza y enigmática mirada lo atraía de manera muy fuerte. Sus ojos claros tenían una mirada que parecía dirigida al espectador del cuadro. Pero un instante después de mirarla, cuando esa persona intentaba atraparla, esa mirada se escapaba hacia otros lugares, contemplando quién sabe qué cosa. Su rostro parecía sonriente, aunque luego de mirarla con atención el buen observador se daba cuenta de que no era una sonrisa, era como si observara algo bello, abstraída de todo. Su hermoso pelo rubio caía con gracia sobre los costados de su rostro y lucía un bello arreglo floral. El corazón del doctor palpitaba más fuerte y sentía una alegría indescriptible luego de mirarla por unos segundos. Flora lo llevaba de viaje a un mundo mágico y divino, justo luego de morder el polvo en cada una de sus entrevistas. Pasaba de un mundo de enfermedades oscuro y fangoso a un mundo saludable de luz y pureza.

Bajo la autoridad de la esquiva mirada de Flora, Weiss se relajó y meditó sobre el caso de Rodolfo Carrera. Todavía no se había formado una opinión de su nuevo paciente, pero ya lo había visto en acción cuando tuvo ese exabrupto. Tal vez fuera difícil de llevar. Sin embargo al finalizar la entrevista se mostró sumiso y obediente. Al menos de palabra aceptó todas las condiciones que le impuso. Y eso solucionó una parte importante de su relación, ya que el porteño es de decir que sí a todo, menos cuando se lo medica. El doctor ya había comprendido hacía mucho tiempo que tendría que luchar toda la vida contra la costumbre de los porteños de discutir sobre la medicación indicada. Carrera no había dicho nada sobre el remedio prescripto. Y todavía no sabía si eso era bueno o malo. Pero algo era seguro: Carrera estaba sufriendo demasiado por la pérdida de una amiga. Eso significaba que, o no eran amigos, sino amantes, o eran sólo amigos y su paciente hubiese deseado tener una relación más íntima. De eso estaba casi seguro. Ya apuntaría la conversación hacia ese tema en la próxima entrevista. De todas maneras el caso era aún más interesante por el hecho de que borró de sus recuerdos a su amiga, acordándose de todo lo demás. O sea que su memoria elige de alguna forma al personaje que debe evitar, pero al resto de las personas involucradas con los hechos del pasado las reconoce.

Un caso extraño. Además observó los cambios de ánimo de su paciente. Abatido, exasperado, sumiso. Eso en poco menos de cuarenta minutos. Era algo a tener en cuenta. Tomó su computadora portátil y anotó todas estas indicaciones con lujo de detalles, debajo de la ficha de Rodolfo Carrera. Cuando terminó se dio cuenta de que ya era la hora de hacer pasar a su próximo paciente, un conocido actor separado que jamás pudo resignarse al abandono de su esposa. A pesar de ser un alcohólico empedernido, era un hombre sensible y simpático cuando estaba sobrio. Esto sucedía raras veces, y aunque parecía mejorar cada tanto, siempre volvía al principio de todo: el ahogo en alcohol, que terminaba con todas sus penas. Resignado a su suerte, en este día en el que estaba cansado y se sentía mal, Weiss se levantó de su sillón, se despidió de Flora con una fugaz mirada y abrió resignado la puerta para llamar al actor.

El lugar de trabajo de Rodolfo Carrera era muy estimulante. Era una oficina con grandes ventanales que dejaban pasar abundante luz tanto por la mañana como por la tarde, ya que al ocupar todo un piso tenía ventanas orientadas al este y al oeste. Las paredes estaban pintadas de blanco mate y hacían el lugar más grande con su claridad. Además había en ellas diversos cuadros, reproducciones de artistas argentinos, pintores como Ricardo Carpani, Mirta Kupferminc o Mercedes Naveiro, que con sus colores y formas geniales atrapaban la luz y la devolvían con una magia increíble a los ojos de quienes los observaran. También se escuchaba música a través de un aparato que era utilizado por los empleados para colocar sus discos preferidos. Por supuesto las discusiones eran largas cuando de gustos se trataba, y a veces poner un CD en el aparato no era tan fácil.

En el enorme piso se distribuían unos diez escritorios. El de Carrera estaba algo aislado ahora que su amiga Helena no estaba. Además Carrera no había hecho amistad con el resto de sus compañeros. Siempre fue algo retraído y la única persona que lograba hacerlo regresar a la realidad era Helena. Sus compañeros le demostraron respeto y algo de lástima cuando Helena murió, si bien eso sólo logró alejarlo más de ellos. Casi no cruzaba palabra con nadie luego del fugaz saludo de la mañana. Su jefe le daba el mismo trabajo de siempre y no solía molestarlo, ya que confiaba en su buen juicio.

La empresa en la que trabajaba se ocupaba de construir edificios a lo largo de todo el país. Se desempeñaba en la oficina de contabilidad, como todos en el piso, y tanto Rodolfo como Helena se encargaban de liquidar los impuestos de la compañía y de conseguir los certificados necesarios para el desempeño de la actividad. Eso significaba que tenían que lidiar con la AFIP, la tan temida Administración Federal de Ingresos Públicos de la Argentina. No era tarea fácil, y por sobre todas las cosas no era tarea para una sola persona. Por eso el jefe no tardó en darle una nueva compañera, Claudia, llegada del sector Compras. Rodolfo se acostumbró a compartir las tareas con ella, aunque mantuvo una gélida distancia en lo personal. Rodolfo no era contador público, por eso aunque dominaba bien su tarea no había hecho demasiados progresos en la empresa. Claudia, igual que Helena, sí era contadora, y él ya sabía que tarde o temprano ascendería y lo dejaría estancado en su lugar, aunque eso era lo que menos le molestaba en ese momento. Sentía que extrañaba a Helena. Cada vez que se inclinaba hacia su derecha pensaba que allí estaría ella. Sentía una gran opresión en su cabeza, y muchas veces estuvo a punto de romper a llorar. Aún no se acostumbraba a prescindir de ella, aunque Claudia era muy buena y solía tratarlo casi con dulzura. Pero no era Helena.

Esa tarde Rodolfo Carrera estuvo revisando la declaración jurada de IVA que tenía que presentar dentro de unos días, ya que pretendía presentarla a tiempo evitando una molesta multa. No siempre podía hacerlo, ya que los sectores de Compras y Ventas no le pasaban toda la información a tiempo, y su jefe le pedía que hiciera ciertos “trucos legales” para disminuir el saldo a pagar, todas molestias con las que tenía que lidiar para presentar las declaraciones juradas antes de la fecha de vencimiento. Era una ardua y molesta tarea. Al llegar las seis de la tarde apagó su PC, guardó todas sus cosas en el cajón de su escritorio, tomó su maletín y se despidió de todos con un breve gesto, apresurándose a encarar las escaleras. Bajó raudamente los cinco pisos. Había decidido llegar a su departamento lo antes posible así tendría tiempo para pensar en lo que había hablado hoy con el doctor. De repente recordó que tenía que comprar el remedio. Antes de llegar a la esquina había una farmacia. Entró, tomó un número y se dispuso a esperar que lo llamen. Iban por el 34 y él tenía el 38, si bien sólo veía a dos personas, un señor que estaba siendo atendido por el único empleado a la vista y una señora que golpeaba impaciente el piso con los tacos de su zapato derecho. – Podría haber otra persona atendiendo, pensó.

El empleado se dispuso a cobrar el precio de la mercadería que llevaba su cliente, y para ello preguntó de qué forma quería pagar. Tarjeta de débito, fue la respuesta. Tomó el aparato y con mucha paciencia pasó la tarjeta una, dos, tres, cuatro veces por la ranura. No hubo respuesta positiva del aparato. Pronto Rodolfo tuvo a tres personas a sus espaldas, esperando cada una con el respectivo número en la mano. No se veían rastros de otros empleados, a pesar del aumento de público. Por fin la tarjeta de débito fue reconocida por el lector. Un minuto después el empleado declaraba:

- Señor, su tarjeta fue rechazada.

El cliente, un hombre pasado de peso y calvo de unos cincuenta años, puso cara de no entender lo que estaba pasando, y declaró muy ofendido:

- No puede ser, fíjese de nuevo.

- Acá dice que no hay fondos.

- Le dije que se fije de nuevo.

Con resignación y sin decir una palabra más el cajero volvió a bregar con la tarjeta del cliente y el aparato. Al cabo de tres intentos más la tarjeta fue reconocida y un minuto después expedía otro papelito de rechazo por falta de fondos.

- Señor, lo siento, su cuenta no tiene fondos.

Ahora había unas siete personas en el reducido espacio frente al mostrador de atención, y aún nadie había llegado para socorrer al solitario empleado. Un aire de impaciencia se apoderó de todas las personas que esperaban ser atendidas, y pronto la señora que golpeaba el taco de su zapato contra el piso comenzó el ataque.

- Escúcheme señor, si no tiene fondos pague con dinero o váyase y deje al joven atender a otra persona.

El hombre se sintió herido en su dignidad. En silencio, sacó otra tarjeta y se la entregó al empleado. Luego de dos minutos de tensa espera el muchacho entregó a su cliente un ticket y un comprobante de pago. El hombre firmó este último papel y se retiró de la farmacia con aire de triunfo, no sin antes dirigir una burlona mirada a la señora de los tacos ruidosos.

Ahora había diez personas delante del mostrador, y sólo un empleado. Rodolfo Carrera se sintió obligado a protestar.

- Disculpe, ¿no tiene esta farmacia otra gente que atienda?

La señora de los tacos ruidosos lo miró de muy mala manera, ya que interrumpía al empleado que la comenzaba a atender.

- Ya vienen, salieron un minuto a hacer un trámite.

- Espero que no tarden mucho.

La impaciencia general de las ahora doce personas que esperaban fue creciendo, ya que la señora pidió varios remedios y el muchacho tardó en encontrarlos a todos. Y cada vez que parecía que iba a terminar su compra se acordaba de algo nuevo, aspirinas, curitas, algodón, etc., etc.

- Parece que va a armar todo un botiquín, dijo Carrera con un tono lo suficientemente alto como para que lo escuche la señora.

- A usted no le importa lo que yo lleve, no haga comentarios, joven, ya le va a tocar su turno.

- Usted tampoco fue muy paciente, señora. Por favor apúrese.

La señora se dirigió al empleado y dijo:

- Ahora quiero agua oxigenada, una botellita chica, la más barata. Y cierre la cuenta, por favor.

A ver si me voy pronto y así me olvido de este molesto que está detrás de mí.

La señora de los tacos ruidosos pagó en efectivo, pero como su cuenta daba ciento cincuenta y tres pesos y pagó con dos billetes de cien, el empleado le preguntó si tendría tres pesos, así le daría un vuelto redondo de un sólo billete de cincuenta.

- No tengo monedas, dijo la mujer.

- Pues entonces yo no tengo vuelto para darle.

- Ustedes tienen que tener monedas, es su obligación.

- Pues los bancos no están cambiando billetes por monedas. Ya no hay monedas en ningún banco de la ciudad.

La mujer bufó, y no hizo movimiento alguno para encontrar monedas en su bolso. De nuevo Rodolfo se sintió obligado a intervenir.

- Señora, por qué no colabora y busca monedas en su bolso. Quizás encuentre algo.

La mujer no se dignó mirarlo, y tampoco revisó su bolso. Se quedó plantada mirando al cajero con cara de odio. El empleado, harto de esta situación, le dijo a la mujer:

- Consiga tres pesos en monedas o deberé guardar toda esta mercadería en su lugar.

- ¿Y se va a perder esta venta? Mire usted, si se entera el dueño del lugar lo despide.

- No tengo otra alternativa.

Ahora eran quince las personas que atestaban el lugar. Por suerte en ese momento dos muchachas de poco más de veinte años llegaron con cierto apuro al lugar. No pensaban que se iba a armar semejante lío. Pronto se ubicaron detrás del mostrador y comenzaron a atender.

- Treinta y seis, gritó una de ellas. – Treinta y siete, gritó la otra.

Antes que gritaran su número (el treinta y ocho) Carrera se adelantó y entregó el papelito a la primera de las empleadas. Pudo al fin comprar y llevarse el Zoloft, pero la demora le llevó más de veinte minutos. Su humor ya había cambiado. De las ganas que tenía de ir a su departamento no le quedó nada, así que decidió caminar por Florida sin rumbo fijo. Detestaba comprar cosas. La gente era mal educada, las viejas siempre complicaban todo y las empresas cada vez ponían en sus cajas a empleados más jóvenes, inexpertos e irresponsables. Ya no se podía conocer a quien atendía en ningún negocio, ya que los cambiaban cada tres o cuatro meses. El resultado era que siempre estaban aprendiendo, y cuando dominaban la tarea y uno los empezaba a tratar más y a familiarizarse con ellos, los cambiaban, y todo volvía a comenzar. Por suerte él estaba fuera de ese maldito círculo de trabajo breve, mal pago y mal reconocido. Había entrado en una empresa que por lo menos le daba estabilidad laboral, buen sueldo y que le reconocía su trabajo.

Rodolfo caminó por Florida hacia la avenida Córdoba. Antes de llegar a esa esquina se detuvo frente a la entrada de las Galerías Pacífico. Esta enorme construcción ocupaba una manzana entera en pleno centro de Buenos Aires, entre las calles Florida, Córdoba, Viamonte y San Martín. Decidió entrar, recibiéndole un fuerte golpe de aire acondicionado. El lugar tenía un subsuelo, planta baja y un primer piso con techos vidriados abovedados muy altos que daban una excelente iluminación durante el día. En la cúpula central se destacaban las pinturas de cinco extraordinarios muralistas argentinos del siglo XX: Lino Spilimbergo, que llamó al suyo “Las Fuerzas Naturales”, Demetrio Urruchúa, autor de “La Fraternidad”, Manuel Colmeiro, compositor de “La Pareja Humana”, Juan Carlos Castagnino, autor de “La Vida Doméstica” y Antonio Berni, que realizó “El Amor”. Como cada vez que entraba en las galerías, Rodolfo se dirigió escaleras abajo hacia la fuente central, colmada de agua y adornada con un enorme árbol de Navidad que todavía no habían desarmado. Admiró los murales de la cúpula, lo que lo hizo sentir mucho mejor. Siempre recomendaba a quien lo escuchara la contemplación del interior de la más bella cúpula secular de Buenos Aires. Luego de unos minutos durante los cuales estuvo abstraído, ausente de todo, en medio de turistas brasileños que se sacaban fotos junto a la fuente, Rodolfo Carrera se dirigió hacia el patio de comidas, recorriendo uno por uno los locales, pero nada lo conformó. El ambiente estaba demasiado ruidoso. Se iba haciendo de noche. Decidió tomar unas cervezas en The Kilkenny antes de ir a su departamento, por eso salió de las galerías por la puerta de Córdoba y fue hasta Reconquista, doblando luego por ésta hasta la esquina de Marcelo T. de Alvear. Allí lo esperaba el bar más famoso de todo Buenos Aires. Esa fama aumentaba en demasía la clientela, que era ya excesiva a las ocho y media de la noche. Había tanta gente y la música estaba tan fuerte que Rodolfo se acercó a la barra y pidió a los gritos al oído de una camarera una cerveza tirada. No comió nada. Pensó que, si tenía suerte, no iba a encontrar a nadie conocido. No tenía ganas de hablar. Leyó los carteles de un grupo de música celta que iba a tocar en el local a las doce de la noche. Tampoco tenía ganas de escuchar ese tipo de música. Le alcanzaba con el buen rock que estaban pasando. Pidió otra cerveza a los gritos. Parado en la barra se dedicó a observar a los distintos grupos de gente que atestaban el local. Estaba un poco molesto porque no conocía a nadie, si bien a la vez se sentía aliviado porque no tenía ganas de encontrarse con ningún conocido. Pensó que quizás su alterado estado de ánimo se debía a la ausencia de Helena. No a su ausencia en ese bar, claro, porque nunca se vieron fuera del ambiente del trabajo, excepto por un par de visitas que Rodolfo le hizo en su casa, también por motivos de trabajo. Sí por la ausencia de ella en su vida. Tal vez fuera una tontería. Volvió a observar a los grupos de chicos y chicas que charlaban alegres en el bar. Todos eran más jóvenes que él, salvo un par de excepciones. A pesar de eso no se sentía más viejo que los demás, además nadie reparaba en él, y como ya le pasó en varias oportunidades, si decidía hablar con alguien siempre era aceptado de buen grado. Rodolfo completó cinco cervezas antes de salir del bar. Ya eran las diez de la noche y The Kilkenny explotaba de gente, tanto que muchos salían a beber a la calle. Sintió ganas de caminar hasta su departamento. Eran cerca de cuarenta cuadras de distancia por la avenida Santa Fe. Unos cuatro kilómetros. No le importó. Despacio, caminó entre gente que ya no tenía el apuro y la locura de las horas de la tarde. Pasó entre grupos de muchachas que se juntaban para ir a ver las vidrieras de ropa en los famosos locales de Santa Fe, vio grupos de muchachos que planeaban su salida de la noche y también mucha gente solitaria. – Si se juntara toda la gente solitaria de esta ciudad, haríamos un importante número, pensó. – Sí, somos muchos, dijo casi en voz alta para sí mismo.

Llegó a su casa a las doce de la noche, muy cansado, transpirado y hambriento. Entró al baño y abrió la ducha. Pensar que cuando salió de la oficina quería llegar temprano. Pasó por la heladera y comprobó que no había nada para comer, salvo pan, un poco de mermelada y queso. Tomó un pan, lo untó con mermelada de membrillo y le colocó encima una feta de queso. Esa era su cena. Devoró su comida mientras se desnudaba y cuando terminó de comer se metió en la ducha. A las doce y media se introdujo en la cama, arrepentido por haber estado tanto tiempo fuera de casa. Puso el despertador a las siete de la mañana. Unos segundos más tarde se había dormido. Continuará…

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Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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