Vivir sin Recuerdos
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Vivir sin Recuerdos:

Vivir sin Recuerdos o la historia de una búsqueda desesperada

Autor: Rolando Castillo

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Primera parte, primer corte.

El prestigioso doctor Weiss y el caso Carrera

El doctor Manuel Weiss recibió a su nuevo paciente con una sonrisa y un fuerte apretón de manos y lo invitó a sentarse en un cómodo sillón, luego de lo cual se sentó a su vez en un sillón más grande y ostentoso, de cuero negro, justo frente a su visitante. El paciente era un hombre alto y delgado, de pelo corto y oscuro, algo canoso, e iba vestido de jean arrugado y camisa holgada blanca. Sus ojos eran color marrón oscuro y su mirada sombría y taciturna, su nariz era algo prominente y sus labios finos recordaban a algún famoso actor cuyos personajes preferidos eran de personalidad fría y calculadora.

- Es un hombre angustiado,- pensó el doctor luego de examinarlo con la mirada.- Está pálido y ojeroso. Da la impresión de tener poco carácter.

Weiss era un joven siquiatra muy conocido en Buenos Aires, que supo obtener ese reconocimiento con una seria y dedicada carrera médica. Entre sus pacientes más destacados se encontraban algunos políticos, no menos importantes deportistas, actores, escritores, y toda una serie de personajes famosos. Sus pacientes, a su vez, lo hicieron a él cada vez más popular y “deseado” por los atormentados miembros de la angustiada sociedad del Buenos Aires de comienzos del siglo XXI. Su agenda estaba atestada de turnos de cuarenta minutos a doscientos pesos cada uno. Caro, aunque él lo justificaba diciendo: “los secretos de mis pacientes van a morir conmigo, y eso vale oro”. Siempre vestía de riguroso saco y corbata, por lo general de la mejor calidad y buen gusto. Si bien estaba algo pasado de peso, su físico musculoso y su alta figura hacían que se viera bien con cualquier ropa. Su pelo era muy corto, se podía adivinar que era rubio, sus ojos eran grises y su mirada era la de un hombre inteligente y acostumbrado a pensar por sí mismo. Su nariz era recta y sus labios carnosos. Contaba con treinta y cuatro años de edad.

En el instante de recibir a este nuevo paciente el doctor Weiss se sentía un poco enfermo, porque no había podido dormir bien la noche anterior, y porque los pacientes de los turnos anteriores habían sido aburridos en extremo. En efecto, a las diez de la mañana tuvo que soportar el largo relato de una vieja actriz que se encontraba de muy mal humor porque sus hijos seguían sin tenerla en cuenta para tomar decisiones sobre la familia, lo que hizo que intentara suicidarse hace unos meses. A las once (el doctor descansaba unos veinte minutos entre turnos) recibió a un músico de rock cuyo problema eran las drogas y el alcohol, lo que también lo llevó a un intento de suicidio. Este cantante sufría la falta de reconocimiento de la gente como si fuera la tortura más terrible de la historia, y eso hacía que no pudiese relacionarse con otras personas más que a los gritos y a los golpes. Sus monótonas y fastidiosas quejas sobre la sociedad de consumo y la globalización hicieron que el doctor se sintiera aún peor.

- Llenemos primero su ficha-, dijo el doctor con gesto algo cansado, mientras tomaba la computadora portátil y la ponía en su regazo.- ¿Nombre y apellido?

- Rodolfo Carrera.

- ¿Edad?

- Treinta y dos.

El doctor se sintió bastante sorprendido por la respuesta de su paciente. No imaginaba que su edad fuese menor a la suya, ya que el aspecto que tenía ese hombre sentado frente a él era el de una persona de al menos cuarenta años. No pudo disimular una mueca de sorpresa que modificó su rostro apenas por un instante, hecho que no pasó inadvertido para Carrera.

- Ya sé que parezco más viejo, es que lo he pasado muy mal en estos últimos tiempos. Espero que usted pueda devolverme a mi aspecto natural.

Weiss lo miró fijo a los ojos, y pudo observar la desesperación en el rostro del hombre. No era esperanza lo que tenía en ese momento. Le estaba rogando por ayuda. Supo que por primera vez en mucho tiempo tendría un caso interesante.

- No se preocupe, todo saldrá bien. ¿Continuamos con la ficha?

- De acuerdo.

Luego de terminar de confeccionar la tarjeta de su nuevo paciente el doctor dejó la computadora en el escritorio y se acomodó en el sillón. La escena transcurría en silencio, y los dos hombres se miraron un poco incómodos. Weiss cruzó las piernas y con una actitud displicente muy estudiada deslizó la primera pregunta.

- ¿Cómo se siente en este momento?

- La verdad, un poco nervioso. Sé que necesito ayuda. Al traspasar esa puerta sentí que pude haber cambiado el resto de mi vida. Fue como atravesar una línea prohibida.

El doctor lo miró muy serio, respiró hondo, cambió las piernas de posición, juntó las palmas de las manos y no dijo nada.

- No creo que haya sido una buena idea venir aquí. Digo, no estoy loco, al menos no me parece, aunque tuve algunos problemas en los últimos tiempos. Nada del otro mundo, el sufrimiento natural de vivir. Una amiga que muere dejándome muy triste, un trabajo tedioso con compañeros aburridos, una vida a veces demasiado solitaria, en fin, nada digno de destacar.

Mientras hablaba, Carrera gesticulaba nervioso, se retorcía los dedos de ambas manos, y comenzaba a transpirar el bigote y la frente. No mentía, estaba nervioso de verdad. La primera tarea del doctor iba a ser entonces tranquilizarlo y darle un poco de confianza.

- No se preocupe, atiendo mucha gente, entre ellos a muchos artistas, y le puedo asegurar que no están locos. Además, todo lo que aquí se hable va a ser confidencial. No grabo las entrevistas, aunque le advierto que tengo una excelente memoria. Ni una sola palabra de lo que aquí se diga será escuchada por otra persona, salvo que usted mismo lo divulgue. Recuerde siempre que soy psiquiatra. La Psiquiatría es una ciencia, y su nombre deriva del griego: psiqué significa alma, e iatréia, curación. Curamos el alma, ya lo ve.

Carrera pareció tranquilizarse un poco con sus palabras, se acomodó un poco más relajado en su sillón y se pasó un pañuelo por la frente.

Weiss se dio cuenta entonces de que era el momento de pedir algo de información a su paciente.

- Hagamos una cosa, le pido que me cuente algo, lo que sea, lo que le venga a la mente al azar, un recuerdo o lo que pasó hoy a la mañana, no importa. Adelante, usted debe hablar ahora.

- Bueno, soy soltero, aunque no han faltado mujeres en mi vida. Aún no llegó la hora de casarme. Las mujeres que han salido conmigo eran muy superficiales y no me interesaron. Ahora estoy sólo, y la verdad no me interesa ponerme de novio de nuevo, no en este momento. Creo que le mencioné que una amiga mía murió hace poco, eso me afectó mucho. Era una compañera de trabajo.

- Hábleme de eso, entonces. Concéntrese en contarme la historia y cuénteme lo que sintió en todo momento.

El rostro de Carrera pareció transformarse por un instante. Una sombra lo atravesó, y no fue ignorada por el doctor.

- Bueno, no hay mucho para decir. Éramos compañeros de trabajo. Nos llevábamos muy bien, en general. Tenía mi misma edad. Apareció asesinada en su departamento hace apenas un mes y medio. Ya no pude dormir más. Me afectó mucho.

- ¿Cómo sucedió todo?

- Estaba durmiendo y me despertó el sonido de mi teléfono celular, a eso de las seis de la mañana. Era mi jefe, que me avisaba que habían matado a Helena. Estaba tan dormido que tuvo que repetirme tres veces lo que había pasado. Alguien entró en su casa y la acuchilló varias veces. Ella debe haberse resistido, porque había señales de lucha, según dijo la policía. El caso ocupó algunas páginas en los diarios, y pronto fue olvidado.

-¿Qué sintió cuando se lo dijeron?

- No lo sé, incredulidad, sorpresa, dolor. Un dolor que se siente poquito al principio y luego de unas horas se hace muy fuerte. Y una sensación de impotencia y desamparo.

El gesto de dolor en el rostro de Carrera era evidente. Estaba abatido. Sus brazos colgaban a ambos lados del sillón, casi sin fuerzas, y su cabeza ladeaba sobre su izquierda.

- Usted dijo que se llevaba bien con su compañera de trabajo. ¿Siempre fue así?

- Tuvimos alguna tonta discusión de vez en cuando, pero siempre nos apreciamos. Ella era a veces bastante autoritaria, algo adicta al trabajo, y yo trataba de bajar un poco su ritmo. Teníamos un trato muy cercano, muy íntimo. Éramos amigos, de verdad.

- ¿Cree que este drama que le tocó vivir de cerca tiene algo que ver con sus males actuales?

La tensión en el semblante de Carrera aumentó luego de esta pregunta. Se revolvió inquieto en el sillón. Sus manos se encontraron y comenzaron a rozarse. Unas gotitas de sudor resurgieron en su frente, a pesar del aire acondicionado que enfriaba el ambiente cada vez más.

- Tal vez. No lo sé. Reconozco que luego del crimen de Helena ya no fui el mismo.

- ¿Qué día sucedió?

- El 12 de Enero.

- Veo que está al tanto de los detalles del caso. ¿Le hace bien contarlo? Dígame algo más.

El paciente miró al techo unos segundos, juntó sus manos y se inclinó hacia adelante. Habló en voz muy baja.

- No sé si me hace bien contar esto. Helena era muy dulce. Los dos éramos solteros, ella tenía su propio departamento donde vivía sola y hacía una vida alegre y divertida, salía muy seguido. Le gustaba ir a los recitales de todos los grupos extranjeros que nos visitaban de gira, le gustaba ir a ver tenis, y también iba mucho a bailar.

- ¿Usted la acompañaba?

- No. No solía verla mucho fuera del horario de trabajo. A mí me gusta la vida sedentaria y tranquila. Me gusta leer en mi biblioteca. Tengo un departamento muy cómodo, en Palermo. Tengo mis amistades, y las recibo a un ritmo pausado, y sin compromisos.

- Entonces no eran tan íntimos.

- Eso no tiene nada que ver. Yo conocía más de su vida que ella misma. Todo me lo contaba, con lujo de detalles. Sabía todo lo que ella hacía, lo que le gustaba y lo que no, incluso conocía sus sentimientos más profundos. Sabía qué personas la habían impresionado y a quienes odiaba, sabía sus motivos, todo, todo. Eso es lo que más extraño ahora. Extraño sus confidencias, sus chismes, sus ojos vivaces y pícaros.

- Quizás usted la quisiera un poco más que como se quiere a una amiga. Digo, es una posibilidad.

La cara de Rodolfo Carrera se puso roja. Sus mejillas refulgentes se hincharon y de pronto pareció rejuvenecer al ritmo del ímpetu de su corazón, que se notaba palpitar por debajo de su camisa. Se incorporó y gritó con los ojos desorbitados.

- Usted no tiene derecho a decir eso. Es una falta de respeto, creo que no seguiré con esta conversación.

El doctor lo miró imperturbable, y el único gesto que hizo fue arquear las cejas, como respuesta a la agresividad repentina de su paciente.

- Como usted quiera. Es usted el que me necesita, no al revés, y debe entender que yo debo conocer todo lo que siente si usted quiere ser curado.

El paciente se mantuvo parado y en silencio, la tensión pronto pareció descender y poco a poco su gesto se hizo más apático. Pasados unos instantes optó por volver a sentarse, aunque por la rigidez de su cuerpo se notaba que seguía manteniéndose a la defensiva.

- Disculpe, doctor. No estoy muy acostumbrado a que me insinúen ciertas cosas. Soy un hombre más bien solitario, ya le conté.

Weiss no dijo nada. Estaba esperando una réplica a su insinuación, y deseaba que Carrera le respondiera sin necesidad de que tuviese que repetirla. De inmediato comprendió que su paciente estaba elaborando su respuesta, tal vez pensando cómo salir del paso de forma elegante.

- No creo que la quisiera más que como a una amiga.

El doctor ya se había dado cuenta de que su insinuación lo había molestado demasiado como para pensar que estas palabras fueran verdaderas. Decidió insistir en el asunto. Preguntó con gesto serio y una expresión grave.

- Cuénteme qué sentía por ella, sobre todo en los días previos a su muerte. Sea preciso con las palabras, que expresen muy bien lo que usted sentía cuando estaba frente a ella.

- Los días previos… los últimos días que compartí con ella en el trabajo no los recuerdo muy bien. Es cierto. Es como si hubiera hundido en las tinieblas sus últimos momentos. No deben haber sido distintos del resto de los días. Durante varios años compartimos todo, y siempre me sentí muy bien con ella al lado. Me alegraba ir al trabajo porque ella estaba allí. Cuando estaba con ella me sentía bien, aunque me hubiera levantado con dolor de cabeza o con mal humor. Y cualquier problema que tuviera lo olvidaba cuando la veía.

- Bueno, ahora tengo un mejor panorama de su situación. Me extraña el olvido de los últimos días de su relación. ¿Cuánto tiempo olvidó?

- Un par de semanas, tal vez tres.

- Sea más exacto, por favor. Dígame con precisión cuál es la última cosa que recuerda de ella.

El paciente se revolvió incómodo en su sillón. Su cabeza viraba de derecha a izquierda y viceversa. Pronto halló tan perturbador al sillón que se levantó y anduvo caminando unos segundos por el consultorio.

- Creo que lo último que recuerdo de ella es una breve discusión que tuvimos. Se refería al trabajo. Ella quería entregar un informe ese mismo día, y yo le insistía en que no lo contestara, porque en el pedido de informe se detectaban fallos inadmisibles.

- ¿Qué día fue ese?

- No recuerdo bien. Espere, el informe fue solicitado cerca de la Navidad, el 22 de Diciembre, si no me equivoco. Creo que ese es el día. El último día que la recuerdo.

- O sea que su laguna abarca desde el 22 de Diciembre hasta el 11 de Enero. Veinte días. Muy interesante. ¿Seguro que no recuerda nada de su amiga en esos días?

- No recuerdo nada.

- Y de su vida normal, durante ese periodo, ¿recuerda algo?

- Si, algunas cosas. De hecho hubo trabajos que luego continué sin problemas y que comenzaron en esos días. Recuerdo bastantes cosas, casi todo, menos a Helena.

El doctor miró su reloj y decidió concluir la entrevista. Aún faltaban unos cinco minutos, pero ese tiempo lo utilizaba para extraer conclusiones de lo hablado y medicar al paciente. Hoy no sería la excepción.

- Bien, Carrera, no lo voy a molestar más, no por hoy, al menos. Debo decirle que el suyo es un caso interesante. Habrá notado que no lo induje a decirme cuál era su problema, y que usted mismo me ha dicho cosas hasta llegar a contarme sobre el breve periodo de tiempo en el que olvidó qué hizo su amiga. Ese sí es un problema. Si olvidó lo que hicieron usted y su amiga asesinada durante sus últimos veinte días de vida es porque allí ha pasado algo importante que le afecta hoy en su vida diaria. Tal vez sea la clave para resolver su sufrimiento. O tal vez no. Es primordial que nos concentremos en ese periodo la próxima vez que me visite. Con ello tal vez logremos dilucidar el origen de su mal. ¿Qué le parece?

Carrera hizo un gesto que el doctor decidió interpretar como positivo. Luego, siguió hablando:

- En cuanto a su medicación, como lo he notado algo deprimido, le prescribiré, para comenzar su tratamiento, una pequeña dosis de Zoloft. Es un antidepresivo que puede ayudarlo a superar este momento difícil. Tómelo una sola vez al día, preferentemente luego del desayuno. Eso lo ayudará a mantenerse con un estado de ánimo bueno y estable. Es fácil de tomar, se trata de un concentrado que debe diluirse, para ello utilice el cuentagotas que viene con el medicamento y mézclelo con media  taza de agua, soda con limón o jugo de naranjas. No mezcle el concentrado con ningún otro líquido distinto. Tómelo de inmediato. Esto es muy importante, no crea que le hará efecto de forma instantánea. Quizás tarde unas dos o tres semanas hasta que sienta algún cambio anímico. Si siente que no le hace nada no interrumpa el tratamiento hasta consultarlo conmigo. En ese caso le prescribiré otra droga, lo que crea necesario para mejorarlo. Le hago unas preguntas: ¿Está tomando Nardil, Parnate o Antabuse?

- No.

- ¿Algún otro medicamento, cualquiera sea, vitaminas, suplementos nutricionales, o productos fabricados a base de hierbas?

- No.

- ¿Usted o alguien en su familia tiene o alguna vez ha tenido depresión?

- No que yo sepa.

- Bien. ¿Usted o alguien en su familia ha pensado o intentado suicidarse?

- No lo creo.

- ¿Ha tenido usted ataques cardíacos, crisis convulsivas, enfermedades de corazón o hígado?

- No

- Muy bien. Debe saber que este medicamento puede provocar somnolencia. No conduzca automóviles ni maneje cualquier tipo de maquinaria hasta que sepa cómo reacciona al Zoloft.

Le aconsejo también abstenerse de tomar bebidas alcohólicas. Sería contraproducente y no sabemos cómo le afectaría.

- De acuerdo.

- Por último, debe saber que su estado mental puede cambiar de manera inesperada, al comienzo de su tratamiento, luego de las dos primeras semanas, y en cualquier momento que la dosis sea aumentada o disminuida. Por eso siempre que se sienta extraño debe llamarme, y jamás auto medicarse para salir de cualquier crisis provocada por la medicación que le prescribo. Esto debe quedar muy claro.

- Entendido, doctor.

- Excelente, entonces ya está medicado y bajo mi responsabilidad. A partir de ahora deberá seguir el tratamiento que le he prescripto al pie de la letra y no apartarse de mis indicaciones por ningún motivo. ¿Entendió?

- Si, doctor.

- Muy bien, lo espero el próximo martes.

Con clara expresión de alivio, el paciente se levantó y estiró disimuladamente sus miembros. Luego sonrió (era la primera vez que lo hacía) y agradeció al doctor. Le estrechó la mano y se retiró del edificio.

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Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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