Esferas Salvajes. Nueva novela futurista
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Esferas Salvajes. Nueva novela futurista:

Ganímedes

Problema en Ganímedes

Febe es la capital de todo el satélite Ganímedes, que pertenece al Imperio de los Sabios. Es una ciudad tranquila, bien distribuida y limpia, como todas en el Imperio. Sobre la avenida principal está la casa del gobernante, que dirige todo y responde directamente al Consejo de los Sabios. Su nombre es Egwall, y es un hombre de unos 223 años que se mantiene joven de aspecto. Le gusta reírse y pasarla bien en su casa con su familia, pero debe estar en la casa del gobernante un buen número de horas.

Egwall estaba solo en su despacho, no había nadie más en el edificio, cuando recibió una llamada urgente del Consejo. Era Nmgul, uno de los 7 Sabios que dominan más de la mitad del Universo. Llamaba desde la capital del Imperio, Benda, en la Tierra. No estaba contento precisamente.

-Egwall, usted me ha decepcionado.- Dijo con tono áspero.

Egwall comenzó a temblar y no supo qué decir. Nmgul prosiguió sin esperar una respuesta, de todos modos.

-¿Cómo puede ser que en Ganímedes se hayan hecho fuertes los Delegados? Tendría que haberlos exterminado. No entiendo cómo lo mantenemos a usted en su lugar de gobernante.

A pesar de seguir temblando, Egwall emitió una breve respuesta a media voz.

-No es el único lugar en el que están, señor.

-Definitivamente no me interesan los otros lugares. No quiero Delegados en Ganímedes. Ese es el problema que vamos a discutir ahora usted y yo. ¿Lo entiende?

-Sí, señor.

-Entonces, si me entiende va a hacer lo que le digo. De inmediato va a reunir todas sus fuerzas y se va a dirigir, al frente de ellas, hacia la ciudad de Vitibis. Como ya debería saber, en dicha ciudad los Delegados están ganando fuerza. Bien. Va a ir hasta allá y va a tomar la ciudad. ¿Me escucha?

-Sí, señor, lo escucho.

-Perfecto.- la voz de Nmgul era ahora algo más complaciente.- Una vez que tome la ciudad le dirá a los soldados que entren casa por casa, lo más educadamente posible y tratando de no alarmar a la gente. Ya sabe, es gente tranquila, pacífica, sensible y trabajadora, y no están acostumbrados a estas cosas. Pero donde encuentre algo que incrimine a sus moradores, los detiene a todos. Quiero muchos detenidos, con evidencia. Eso facilitará la toma de decisiones.

-De acuerdo señor.

-No diga una palabra más, Egwall, empiece a ejecutar el plan y hágalo bien. No sé por qué tenemos que planear desde acá las cosas. Usted debería haber hecho esto hace mucho tiempo. Lo hago responsable si esto termina en un fracaso.

Egwall no se atrevió a responder y el Sabio terminó con la llamada. A pesar de la obligación impuesta, en ese momento Egwall se sintió mejor. De solo escuchar las voces de los Sabios, temblaba. Por suerte casi siempre se comunicaban a través de los Secretarios o de otros funcionarios. Si lo hubiese llamado por imagen, se hubiera desmayado, estaba seguro. Los Sabios son demasiado exigentes, y no aceptan errores, y Nmgul es uno de los peores. Ahora debería hacer las cosas bien, pero cómo explicarle al Sabio que el ejército de Ganímedes se había transformado en guarida de vagos, haraganes e inútiles. Por eso no había podido organizar nada importante antes. Ahora tendría que insistir. Volvió a sentir miedo, estaba condenado al fracaso.

A pesar de sus dudas, Egwall se dirigió al cuartel principal de Febe, donde unos mil doscientos soldados debían estar atentos esperando órdenes de su gobernante. Llegó muy rápido y sin avisar en su vehículo volador y de inmediato ordenó abrir las puertas para ingresar. Una vez adentro se dirigió hacia el despacho del comandante principal. No había nadie. Al lado estaba el despacho del subcomandante. Nadie adentro. Muy irritado, se dirigió hacia el lugar de recreación de los oficiales superiores. Apenas encontró a dos de ellos, tirados en los sillones durmiendo. Gritó.

-¿Dónde está el comandante Genres?

Los dos oficiales lo miraron desconcertados, no se levantaron, se miraron entre ellos y rieron.

-¿Qué es lo que les causa tanta gracia?

-Debe estar con alguna mujer.- El que habló tenía ropas ordinarias, no de oficial y estaba demasiado gordo.

-Llámelo de inmediato. Luego llame a reunión al resto de los oficiales.- Ordenó Egwall con voz impaciente.

El oficial, sin moverse de su sillón, accionó el aparato y dijo:

-Señor comandante, lo busca el gobernante de este satélite. Estamos acá en los sillones.- Del otro lado del aparato surgió una voz de fastidio que dijo:

-Está bien, voy para allá.

Una vez reunido con el comandante Genres y todos los oficiales superiores, reunión que tomó más de treinta minutos organizar, el gobernante de las más de 92.000.000 de personas que poblaban Ganímedes, absolutamente furioso, les dijo:

-Necesitamos del poder de nuestro ejército para combatir a los Delegados que se encuentran en Vitibis.- Dicha la frase miró a los oficiales y parecían no estar prestando atención. –Señores, ¿quieren prestarme atención por favor?

Notó que la actitud displicente de los oficiales se mantenía. No lo respetaban. Hacía tanto tiempo que no había guerras, enfrentamientos o simplemente desórdenes comunes, que todo se había ido al infierno: la disciplina, el orden, la ética profesional del soldado. Decidió actuar. Tomó de uno de los muebles un objeto metálico bien pesado y se trasladó hacia donde estaba el comandante. Lo miró fijo y le pegó fuerte con el objeto en la cabeza. El hombre cayó al piso, con la cabeza sangrando. Egwall miró a todos los demás. Ahora sí tenía toda la atención.

-Por el poder de gobernante que tengo, destituyo al comandante Genres. A partir de ahora ya no es ni siquiera un oficial.- Lo miró, todavía en el suelo, y le dijo: -Vaya con los soldados, luego su reemplazante hablará con la Administración y comunicará la novedad.

Genres se levantó todavía bastante mareado y desconcertado. No dijo ni una palabra, pero miró a Egwall con creciente odio antes de irse del lugar. Egwall retomó su discurso.

-¿Quién de ustedes es el oficial más joven? Que dé un paso al frente.

Un oficial alto y algo encorvado avanzó dubitativamente, mirando al resto de sus compañeros.

-¿Cómo se llama?

-Urbans, señor.

-Comandante Urbans a partir de este momento.

-De acuerdo señor.

-Comandante, reúna de inmediato a todas las unidades del ejército bajo su mando, las de este destacamento y las de todas las ciudades de la región, excepto las de la propia ciudad de Vitibis. Una vez reunidas avanzaremos hacia esa ciudad. Las órdenes provienen directamente del Consejo de los Sabios. Van a entrar casa por casa lo más educadamente posible, pero sin descuidarse, y van revisar sin desordenar nada y sin violencia todas las habitaciones buscando algo que relacione a esa gente con los Delegados.

-¿Algo como qué, señor?- Dijo Urbans, muy preocupado.

Egwall lo miró como arrepintiéndose de haberlo elegido.

-Lo que sea, fíjense en todos los archivos de la casa, exijan las claves de acceso personales y familiares y el que no las proporcione, que sea arrestado. Yo voy a adelantarme, voy a ver al representante de la ciudad, lo destituiré, como hice acá con Genres, y tomaré el edificio para albergar a los detenidos. Y quiero muchos detenidos, ¿entiende, Urbans?

-Perfectamente, señor.

Como esa respuesta dicha con seguridad lo dejó satisfecho, Egwall se despidió algo más tranquilo, luego de dejar sus directivas personalmente. Estaba convencido de haber hecho un buen plan.

Los soldados entraron en las casas unas pocas horas después. Los moradores de las casas se sorprendían cuando los veían entrar, y reaccionaban de distintas formas. Algunos lloraban, otros se tiraban al suelo y daban patadas, muchos gritaban cuando los veían. Los soldados, que tenían tanto miedo o más que los habitantes de Vitibis, sólo reaccionaban disparando sus armas. Algunos de los moradores se suicidaban, otros se tiraban encima de los soldados, otros trataban de escapar por la ventana, aunque no hubieran hecho nada malo. Esa situación duró todo el día, hasta que Egwall tuvo el edificio del representante repleto de sospechosos. Ese día, en Vitibis, una ciudad relativamente pequeña de 85.000 habitantes, hubo 1246 personas muertas en su propia casa, 243 suicidios, 216 soldados asesinados por la furia de la gente y más de 10.000 heridos de los dos bandos, pero casi todos habitantes de la desdichada ciudad. Los detenidos fueron 546.

Egwall dio la orden de alojar a los detenidos en la nave carcelaria y emprendió el viaje hacia Febe. Una vez allí trató de comunicarse con Nmgul pero no era posible que un miembro del Consejo lo atendiera, ellos no hacían eso, sólo hablaban con los gobernantes cuando ellos querían. Lo atendió uno de los Secretarios, Farrakos.

-El Sabio Nmgul no está disponible para usted, comuníqueme a mí lo que quiera decirle.

-Sí, señor Farrakos, resulta que el Sabio Nmgul me encargó…

-Sea breve Egwall.- Interrumpió de manera descortés el Secretario. Egwall vio así disminuido su entusiasmo por la noticia que iba a dar. Trató de calmarse, estaba sobreexcitado.

-Sí señor Secretario. Entramos en Vitibis con los soldados, hubo 1246 muertos del bando enemigo, 243 se suicidaron, y detuvimos a 546 enemigos del Imperio.

-¿Dónde están esos supuestos enemigos?- Preguntó Farrakos con tono seco y burlón.

-En la nave carcelaria.

-Me imagino que ya la envió hacia el penal de Teren.

-No señor, llamo por eso, para que digan qué hacer con ellos.

-Usted no tendría que haber llamado, ya sabe que cuando tiene algún preso por delito contra el Imperio debe mandarlo al satélite Tritón, a la gran cárcel del Imperio en Teren. Allí debe enviarlos con todas las pruebas. Hágalo de inmediato y deje el resto para nosotros.

-Es que también está la cárcel de la Unión de Pueblos…- Respondía el gobernante, pero Farrakos ya había cortado la comunicación.

En vano Egwall esperó días y días una notificación del Consejo de los Sabios. Esperaba que lo felicitaran, que lo ascendieran, pero no fue así. Los días en Ganímedes siguieron siendo abúlicos, sin acontecimientos importantes. Salvo en la ciudad de Vitibis. Allí los suicidios se hicieron alarmantes. Las personas no podían entender esa violencia inusitada en su contra, esa sorpresa de encontrar soldados en sus casas. Pronto los sobrevivientes decidieron abandonar la ciudad. Buscaron y encontraron otros trabajos en distintas ciudades del Imperio y dejaron vacías sus profanadas casas. En el término de seis meses ya nadie vivía allí. Hasta el nuevo gobernante se fue, con la esperanza de encontrar un lugar mejor para él. Vitibis terminó siendo una ciudad fantasma, llena de recuerdos de los muertos. Los lamentos de los que ya no están, dicen los viajeros que pasan cerca de allí, se escuchan por las noches y, a veces, en pleno día.

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Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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