Esferas Salvajes. Nueva novela futurista
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Esferas Salvajes. Nueva novela futurista:

Ceres

Incidente en Ceres.

En el año 15347 existía en Ceres, un planeta habitado por el Imperio de los Sabios, una base en el extremo y lejano sur. Esa base, llamada Nerea, tenía como misión tomar datos sobre cambios en la temperatura, en la atmósfera y en la composición de la corteza del planeta. Había en ella unas 600 personas. 25 eran profesionales, 95 administrativos y además vivían las familias de todos ellos. También dentro de esas 600 personas había un destacamento del ejército imperial, compuesto por 20 soldados. Éstos no estaban con sus familias, y eran cambiados de lugar cada año.

Era una noche cerrada. No había muchas luces fuera de las del pequeño pueblo que contenía el laboratorio científico. Las lámparas de las calles que contenían las poco más de 100 casas eran blanquecinas, débiles. Todo el pueblo estaba marcado con una frágil luz plateada.

Dos soldados caminaban esas calles de apenas doscientos metros, que se cruzaban en una esquina donde estaban plantados los dos únicos árboles del lugar, grotescos, frágiles, retorcidos. Tuvieron una breve charla en esa esquina.

-Hola Stactu, ¿cómo estás? Desearía que se terminara ya mi turno en este lugar.

-Que tal Dwinis, todo bien por acá. No te preocupes, te falta poco, en dos horas podrás volver al cuartel.

-No, me refería a irme de este pueblo fantasma. Me faltan sólo dos meses para cumplir mi misión aquí.

-Entiendo. A mí me falta casi todo un año y ya me parece que será interminable. Vengo de cumplir una misión de vigilancia en un viaje desde Ceres a Ganímedes, eso sí fue emocionante. Vimos pasar dos naves piratas, les abrimos fuego y no se atrevieron a atacarnos.

-Tal vez no hayan tenido una carga demasiado interesante.

-Cargábamos minerales, hasta donde sé. Deben haber sido valiosos.

-Estoy seguro de que los piratas prefieren atacar naves donde hay millones de pastillas de comestibles. He escuchado que en ocasiones pasan hambre. Ellos no producen muchas cosas, solamente saben robar.

-¿Sabes mucho sobre los piratas espaciales?

-Sí. De hecho soy nieto de uno de ellos. Vivíamos en Dolistea, ciudad pirata del satélite de Saturno, Mimas. Era una ciudad caótica. La hambruna del 15320, cuando yo tenía sólo cuatro años, nos hizo tomar una nave hacia Gania, la capital de Saturno. Allí nos cuidaron. Si nos hubiésemos quedado en Dolistea, hubiéramos muerto de hambre, o de sed, o en alguna batalla por alimentos. Los que parecían temibles enemigos del Imperio de los Sabios nos alimentaron, curaron nuestras heridas y nos dieron una casa y trabajo para mi padre y mi abuelo. Mi abuelo tiene ahora 123 años y una expectativa de vida de unos 250 años. Eso no hubiera sucedido de seguir nuestro ritmo de vida. Hay gente en el Imperio que vive 500 años o más, eso quiero yo, vivir todo ese tiempo. Obviamente todo lo que sé de los piratas proviene de mi abuelo y de mi padre, aunque mi padre no habla mucho.

-Y en pago de los servicios, te requirieron para el ejército…

-Es un pago muy barato, créeme. La familia está mucho mejor.

-Siempre me contaron historias increíbles sobre los piratas del espacio.

-Mi abuelo me cuenta historias, pero son historias de sufrimiento y marginación. Tuvo aventuras, pero no se siente orgulloso de eso. Ahora se siente mucho mejor, tienen una familia segura, tranquila, y vive de un trabajo honrado.

-Eso suena aburrido.

-Puede ser, pero es una agradable sensación para quien estuvo en un momento de su vida a punto de perderlo todo. Eso es lo que dice mi abuelo. Y yo, me quejo de este pequeño poblado perdido en este planeta, pero ya volveré a hacer misiones más interesantes. Me registré para una misión de custodia de uno de los miembros del Consejo de los Sabios, que partirá desde Benda, en la Tierra, hasta Neptuno. Debe ser algo muy importante. Todavía no me dieron respuesta, pero el viaje va a hacerse dentro de tres meses. Ya me dirán.

-¡Un miembro del Consejo de los Sabios!- Se entusiasmó Stactu. –No puedo creerlo. Pero, ellos tienen su propia guardia, ¿para qué querrían otros soldados?

-No es nada impresionante. Obviamente viajará con su guardia personal, un buen número de ellos, según tengo entendido. Lo que buscan es gente que defienda la nave, ellos sólo se encargan de defenderlo a él. Va a ser una nave gigante, no sé qué es lo que trasladan, y Nmor, que es el miembro del Consejo que va a viajar, va a entrevistarse con Gemevis, el primer gobernante de Neptuno. Nadie sabe para qué, es un secreto. No el viaje, sino la reunión. Algo grande debe estar pasando en Neptuno para que vaya uno de los Sabios.

En ese instante sonó la voz del supervisor del Laboratorio, el jefe Dandros.

-Hemos aprobado la llegada de una nave de carga de combustible. Van a bajar en el lugar reservado a las naves y dejarán la carga en el Depósito. Stactu, sigue con la guardia. Dwinis, ve a recibirlos y encárgate de que todo salga bien. Mantenme informado.

-De acuerdo jefe Dandros, voy para allá. ¿Hora de llegada?

-Ya mismo, apúrate.

Dwinis se alejó de su compañero para recibir la nave de carga. Fue con paso rápido, porque el jefe le había dicho que la nave estaba por llegar. Pero cuando llegó al lugar la nave todavía no había llegado y tardó otros cinco minutos en hacerlo.

Era una nave de última generación, grande, de vuelo rápido y silencioso. Nadie en el pueblo podría haberla escuchado, y eso que bajó a sólo doscientos metros de las casas. En seguida bajaron dos hombres. Uno de ellos era un gigante de más de dos metros, enorme, de grandes músculos, sin pelo en la cabeza. El otro era de la misma estatura de Dwinis, alrededor de metro noventa, tez muy blanca, pelo negro largo y lacio, ojos muy negros y un brillo especial en ellos. El hombre calvo habló:

-Hola, soy Exelgrid. Nos han dado permiso para bajar el combustible en este lugar.

-Por supuesto, ya me dijeron la orden. Yo cuidaré de que todo esté seguro.

Una brevísima mirada (¿y una sonrisa, tal vez?) entre el grandote Exelgrid y su compañero alertó a Dwinis. No le gustaba una complicidad en la cual él no era invitado. Decidió vigilarlos de cerca.

-¿Cómo te llamas?- Preguntó Dwinis al extraño personaje.

-Walkos

El hombre era muy fuerte, y tenía el pelo negro, lacio y largo que le caía por los hombros. Una tremenda cicatriz le cruzaba la cara de izquierda a derecha, desde su ojo izquierdo hasta el mentón derecho. Pero eso no fue lo que impresionó más a Dwinis. Fue su voz, sus ojos. Dwinis supo en ese momento que su vida estaba en riesgo. Lo que no podía saber era si su jefe era cómplice o si había sido engañado también. Bueno, un paso por vez. Primero debería lidiar con esta extraña pareja.

-Deberían comenzar a descargar. -Dijo, con voz impaciente.

-¿Qué apuro hay?- Preguntó el grandote Exelgrid. -Tenemos toda la noche, y es una tarea que nuestra gente hace en sólo media hora.

-Muy bien. Cuanto antes mejor, comiencen la descarga.- Ordenó Dwinis.

Entonces Walkos comenzó a adelantarse en dirección a él. Dwinis supo que había llegado el momento. Las luces de los ojos de Walkos eran ahora más fuertes, más feroces, de un color rosa muy extraño. Ese color era por haber ingerido drogas muy potentes. Dwinis lo sabía. Era joven, pero estaba experimentado y las historias de su abuelo hablaban de estos químicos que transforman a la gente en guerreros invencibles dispuestos a pelear con cualquiera por cualquier motivo. Dio un paso atrás. Exelgrid intentó cubrir su retirada, justo lo que necesitaba, que se separasen. De un potentísimo golpe en la cabeza desmayó al gigante. La mirada de Walkos se hizo más dura, no sin algo de sorpresa.

-Veo que sabes pelear.- Dijo con una voz muy calma.

Dwinis no dijo nada. Su abuelo le había dicho que los piratas drogados solían envolver a sus víctimas con la palabra, hasta que caían en una telaraña que les impedía oponérseles. No quería eso. Por el contrario, se alejó algo más del intruso y tomó su arma.

-¿De qué te servirá eso?- Dijo Walkos con una media sonrisa en la boca. -Tengo un litro de alkomalizal en mi cuerpo, lo que me hace indestructible. Me das risa.

Dwinis, con total indiferencia, apuntó el arma contra Exelgrid, que todavía estaba desmayado en el suelo, y descargó en él un rayo de mediana intensidad. Walkos pareció enloquecer.

-Estúpido, eres un estúpido y un traicionero. No debiste herirlo.- Sus ojos brillaban cada vez más, y comenzaron a emitir rayos de luz rosada. -Voy a asesinarte.

Pero Dwinis no se dejó atemorizar y en seguida disparó contra la nave que había dejado en Ceres a estos dos personajes. Destruyó parcialmente una de sus paredes, antes de que la nave pusiera a funcionar el escudo protector automático.

-¿Qué haces?- Exclamó furioso Walkos. Su furia era tremenda, pero ahora dudaba, por primera vez. Sabía que al activarse el escudo automático tendría que esperar al menos cuatro horas para volver a entrar a la nave. También se demoraría la salida de los piratas que la nave tenía adentro, y que planeaban robar el laboratorio de Nerea. Definitivamente ese guardia les había arruinado los planes.

Dwinis no esperó que Walkos lo atacara, dio media vuelta y salió corriendo hacia el cuartel, que estaba al lado del laboratorio. Sabía que era muy rápido y que por la sorpresa de su acción tenía grandes oportunidades de llegar. En el camino se encontró con Stactu y se lo llevó consigo al cuartel. Al llegar a la puerta vieron que Walkos no los había seguido. Solicitaron permiso para entrar y les fue concedido. Una vez dentro, Dwinis despertó a todos gritando que tomen las armas, diciendo que dos piratas lo habían sorprendido pretendiendo bajar combustible de una nave. De inmediato se dirigió a la habitación del mando. Allí estaba el jefe Dandros, frunciendo el ceño.

-¿Qué escándalo es este, Dwinis? ¿Se ha vuelto loco?

-No señor. He sido sorprendido por dos piratas del espacio. Herí a uno, pero el otro está bajo el efecto de la droga alkomalizal. No podremos vencerlo hasta dentro de un par de horas. Dañé la nave, no podrá subir a ella en las próximas cuatro horas, lo que nos deja dos horas para ubicarlo y matarlo.

Dandros se mostraba sorprendido, dubitativo.

-¿Está seguro de que eran piratas?- Preguntó.

Dwinis escuchó la pregunta y lo miró a los ojos. Vio miedo, lo vio y lo olfateó. Era evidente, Dandros era cómplice.

-Señor Dandros, debo preguntarle: ¿Tiene usted algo que ver con esta incursión de piratas en Nerea?

-No. Absolutamente no.

A pesar de la respuesta, Dwinis supo que estaba en lo correcto. La transpiración en la frente de su jefe, el olor que le llegaba y los gestos nerviosos hacían indudable la cuestión.

-¿Quiénes son sus cómplices y qué planean hacer?

-Le digo que no tengo nada que ver.

En ese momento se acercaron Stactu y dos soldados más, Nirio y Favicios, que presenciaron la última parte de la escena. Stactu dijo:

-Es culpable. Ayúdenme a atarlo y a sacarle la verdad.

Indefenso, el señor Dandros no opuso resistencia. Lo ataron fuertemente a una silla y le inyectaron mononeforimina, una droga que asegura que el hombre dirá la verdad.

Luego de una hora de interrogatorio se enteraron de que la familia del señor Dandros se encontraba en una nave que fue capturada por piratas. Éstos lo contactaron y lo obligaron a colaborar en esta misión de avanzada, que podría terminar en un intento de conquista de Ceres. Este planeta es muy importante porque tiene enormes reservas de agua en forma de hielo o de ríos subterráneos. Aunque es pequeño, sólo por eso podría interesarle mucho a los piratas. Luego de transcurridas dos horas, ya seguros de que la droga en el cuerpo del pirata ha dejado de hacer efecto, Dwinis, Stactu, Nirio, Favicios y Mneben, el más grande y temible de los soldados de Nerea, salieron en busca de Walkos. A pesar de que ya no estaría bajo el efecto de la droga, seguramente seguiría siendo peligroso. Luego tendrían que decidir qué hacer con la nave llena de piratas que se encontraba a sólo doscientos metros de su cuartel.

No hizo falta buscarlo demasiado, Walkos los esperaba en la esquina principal del pueblo, parado, desafiante, con los ojos oscuros que le brillaban, pero no con la intensidad de la droga, ni en color rosado. Ahora brillaban con una tenue luz blanca.

-Muy bien.- Dijo con voz apática. -Este es el trato. No luchamos, nadie sale herido, y cuando la nave se abra, me voy con mis compañeros. Sin sangre derramada y sin peleas.

-¿Y de qué manera se supone que podemos confiar en ti?- Dijo Dwinis, desconfiado.

-Porque soy Walkos, y siempre cumplo mi palabra. Deberías saberlo.

-No tengo derecho a confiar en tu palabra. Porque mis compañeros también pueden morir, si me equivoco, y sería responsabilidad mía. Así que haremos esto: tus amigos se van con la nave, pueden hacerlo ahora, ya que la nave no se puede abrir ni cerrar pero sí puede volar. Luego uno de ellos, sólo uno, vendrá a recogerte en una nave individual. Deben tener una al menos dentro de la principal.

Walkos quedó pensativo y sin decir nada durante varios minutos. Todos se miraban y nadie emitía una sola palabra. La actitud de Walkos, sin embargo, había cambiado. Miraba a Dwinis con respeto, casi con admiración. Finalmente habló.

-Está bien, voy a aceptar el trato. Confío en que vas a cumplir con él. Les diré a mis compañeros que se vayan y que uno solo de ellos venga a buscarme en la nave rastreadora.

Dicho esto se comunicó con la nave, que en dos minutos levantó vuelo hacia el espacio. Dwinis ordenó a sus compañeros que no den permiso para atravesar el escudo a ninguna otra nave que no sea la rastreadora. Es una nave que no tiene armas y que solo tiene dos asientos y el lugar justo para esas dos personas. Con ella no correrían peligro alguno.

-En cinco minutos me recogerán.- Dijo Walkos, mostrándose divertido por la situación. -Si tengo que decirte algo, Dwinis, es que te has comportado como un excelente soldado. Heriste de forma muy fácil a mi enorme compañero, supongo que has descubierto la complicidad de Dandros ya que él no está aquí, y me haces volver de esta forma, a mí. Podrías ser un excelente soldado para nuestra causa, si quisieras venir conmigo hoy.

Dwinis se sorprendió tanto por lo que le dijo Walkos que se quedó sin habla por unos segundos, tiempo que fue suficiente como para que Stactu lo mirara para tratar de deducir lo que Dwinis estaba pensando. Pero Stactu se dio cuenta de la sorpresa de su compañero, y tomó la palabra.

-En el Imperio de los Sabios los soldados no se transforman en piratas.

Walkos sonrió y se dirigió de nuevo a Dwinis, ignorando a Stactu.

-¿Eso crees que soy? ¿Un pirata? Estás completamente equivocado. Somos un grupo de hombres que queremos liberarnos de un imperio que nos ahoga permanentemente. Un estado que está presente en todas las cosas y te ahoga hasta que mueres sin darte cuenta quinientos años después. Queremos libertad.

-¿Y por eso iban a matarnos a todos?- Preguntó Stactu aunque no fuera invitado a esta conversación. Walkos siguió mirando a Dwinis mientras hablaba.

-¿Matarlos a todos? ¿Qué idea es esa? Sólo queríamos robarles el combustible, lo necesitamos. Pero me sentiría muy conforme si te gano para la causa, Dwinis.

-Deja ya de hablar. Dwinis no irá contigo, no iría en cinco o diez vidas.

-Tú tendrías que dejar de hablar por él.- Le dijo Walkos a Stactu sin mirarlo. -Somos los Delegados, un grupo que representa ya a seis de los astros habitados por el hombre. Estamos organizados, y no vamos a parar hasta que terminemos con el imperio.- Walkos alzó la voz. -¿Quieres estar con nosotros o no? Dwinis, puedes ser nuestro hombre en Ceres. Todo nuestro esfuerzo es por la libertad.

La respuesta se hizo esperar unos segundos. Stactu iba a responder pero Dwinis le hizo una seña con la mano.

-Larga vida al Imperio de los Sabios.- Dijo Dwinis dijo de forma seca y maquinal, finalmente.

En ese instante, cuando Walkos mostraba la decepción en su rostro, llegó el pedido de entrada de la nave que rescataría al Delegado.

-Que entre.- Dijo Stactu.

Walkos abordó la nave de inmediato, sin decir ninguna otra palabra. Estaba serio, quizás desilusionado. La operación había sido un fracaso y el muchacho valiente se había negado a seguirlo. Se fueron en cuestión de segundos.

-¿En qué piensas?- Le dijo Stactu a Dwinis mientras entraban en el cuartel.

-En que debes tomar temporalmente el mando de este destacamento. Llama al comando del ejército imperial de la capital, Cence, y diles que Dandros es un traidor. Cuéntales todo lo que dijo Walkos acerca de los Delegados, y diles cómo resolvimos este asunto. Pídeles que envíen un jefe nuevo, si les parece bien, o que nombren jefe a alguno de nosotros. Yo me voy a dar un baño y regreso. Estoy agotado.

Stactu corrió hacia el mando para hacer lo que le dijo su compañero, mientras que Dwinis se dirigió hacia su dormitorio. Pensó en que Walkos no le pareció tan peligroso al final, libre del efecto de la droga. También pensó mucho en el significado de esa palabra que Walkos mencionó en su última frase: Libertad. No sabía su significado, porque nunca la había escuchado.

Autor: Rolando Castillo, todos los derechos reservados

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Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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