El Manuscrito Bizantino
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El Manuscrito Bizantino:

Durante el viaje toda mi vida pasó por mi cabeza. Mi niñez, junto a mi mejor amigo, quien después se convertiría en emperador. Mis estudios, mis mejores maestros, todo lo que había aprendido en la vida, a la cual estaba tan agradecido. Mi vida en el palacio con mis padres y mis abuelos, todos personajes importantes en el imperio y que día a día tomaban decisiones que podían variar el curso de los acontecimientos en el mundo entero. Mis clases de filosofía, donde había descubierto a ese gran pensador que era Platón. Una delicia, comparado con el demasiado estructurado y a veces aburrido Aristóteles. Principalmente recordaba mis días de discusiones teológico filosóficas interminables con mis mejores amigos, de manera especial con Esteban, quien llegó a convertirse en el más grande miembro de la iglesia. Todos esperábamos ser grandes para ocupar cargos muy importantes y destacarnos en la administración tanto de la Iglesia como del Estado. Habíamos sido preparados para eso, para ser gobernantes, y eso es lo que esperábamos hacer, gobernar, mandar, destacarnos, cada uno en lo suyo. Algunos decidieron enseñar filosofía, y corrieron alto riesgo luchando contra las mentes más conservadoras, que no toleraban que se hablara de filosofía sin subordinarla a la teología. Otros hicieron carrera en la Iglesia, donde se destacaría Esteban, como ya dije. Otros entraron en la administración, e hicieron igualmente carreras muy importantes, ya sea como gobernadores de provincias o miembros del Senado. Uno de ellos, mi amigo Nicetas, llegó a ser quien tuviera a cargo la administración de la Ciudad, un puesto que no le envidié nunca, por toda la responsabilidad que lleva. Yo, por mi parte, me dediqué a pasearme por la corte, a seguir profundizando en los estudios filosóficos, y a esperar que alguien notara mis capacidades. Fue por eso que cuando proclamaron emperador a mi amigo, éste me nombró como uno de sus principales ministros. Yo siempre lo apoyé, ya que él era mi amigo, y además, miembro de otra familia poderosa, aunque en ese momento mucho menos importante que la mía. Y él hasta ese instante estaba pagando su deuda conmigo. Pero algo se rompió en nuestra relación al poco tiempo de su gobierno, y eso se debió a sus otros apoyos, el sostén que él no podía despreciar, que venía de otro poder, el poder en las sombras, el poder que surge de la noche y que hace que todo sea posible. Esa gente era sumamente peligrosa. Apenas se acercaron al emperador comenzaron a hacer uso de sus poderosas influencias. Lograron lo que se proponían desde el primer instante, ayudados por el débil carácter del emperador. Lo dominaron desde un primer momento. Y consiguieron hacer desaparecer a todos los otros partidos que había en la corte, especialmente los que tenían a las personas más capaces. Hasta que lograron ponerlo en mi contra. Y yo, como ministro sin experiencia que era, estropeé todo con este asunto. Y aquí estoy, en un miserable carro que hace las veces de cárcel móvil, sufriendo el merecido castigo a semejante error.

Luego de unos tan espantosos como largos días de tortuoso viaje, de atravesar desiertos de piedra, montes, bosques, ríos, lagos y montañas (qué enorme y bello es nuestro amado imperio), llegamos a nuestro destino final. Allí me di cuenta del castigo que el emperador había decidido hacer caer sobre mí. Apenas llegamos al pequeño pueblito de campesinos fui conducido andando a pie hasta un monasterio que se encontraba casi en ruinas, pero que estaba aún en funcionamiento. Salieron a recibirme unos ocho monjes, que debían ser todos los que había, y en manos de ellos fui dejado por mis incómodos acompañantes. No hablaban demasiado estos simpáticos hombres de Dios. Lo primero que hicieron fue conducirme a una salita vacía, dónde uno de ellos procedió a tonsurarme como Dios manda. Pronto sería otro más de ellos.

Esa tarde pude comer algunos mendrugos de pan, una sopa caliente, y tomar abundante agua. Así sentí que revivía, aunque tuviera que comer en silencio con ocho personas que no me dirigían la palabra, y que me miraban con suma desconfianza. La sala donde comimos estaba tan en ruinas como todo el monasterio, que debía haber sido construido por lo menos hacía quinientos años, y que desde hacía mucho tiempo no debía recibir ningún tipo de ayuda de nadie. El monasterio quedaba más o menos a una hora de camino a pie desde el pueblo, y yo todo lo que quería hacer era ir hasta allí a ver si podía comenzar a hacer una vida normal.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

One Response to “El Manuscrito Bizantino”

  1. Noelia Acosta, Responder

    Hola, ya termineeeeeee … Qué más sigue.. Las mujeres o los ancianos del pueblo trataban de sanar antes de que se les infecten las heridas…
    GRacias

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