El Manuscrito Bizantino
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El Manuscrito Bizantino:

El Manuscrito Bizantino

  

Rolando Castillo

Libro I

Monasterio Bizantino
Monasterio Bizantino

Siempre pensé que de mi boca no debieron salir aquellas palabras. Sin lugar a dudas el emperador bizantino debe haber pensado que yo estaba loco, o que había sido poseído por algún extraño demonio, porque su mirada reflejaba una rara mezcla de curiosidad y desprecio, y luego de terminar mi discurso me di cuenta de que lo que dije iba a costarme muy caro.

Inmediatamente después de terminar de escucharme ordenó a los guardias que me detuvieran, implacable, como correspondía a un hombre que había sido elegido por Dios para gobernar en este mundo en representación suya, y los soldados, impetuosos y ágiles, acudieron a mí, me sostuvieron con sus poderosas manos, y me llevaron a uno de los calabozos del palacio.

No había sido una gran discusión, como las que estábamos acostumbrados a tener desde que poseemos uso de razón. De esta manera él me escuchaba con mirada perpleja y abriendo cada vez la boca más grande. Como no respondía, me fui animando, y poco a poco descargué todos mis argumentos, los cuales no hicieron sino hundirme cada vez más en las penumbras. Porque no se puede estar en contra de los pensamientos de una persona a la cual nuestro Dios da una autoridad tan enorme. Y mucho menos si esa persona es un pobre perturbado, al cual el poder ha hecho tanto mal, y cuyas reflexiones no van más allá de los que dice su libro preferido, del cual no se desprende nunca, incluso nunca va más lejos de lo que le aconsejan esas cuatro o cinco personas que solamente quieren sacar provecho de su poca aptitud mental.

Sin ninguna duda nuestro emperador jamás fue una luz en cuanto a capacidad de razonamiento se refiere. Pero a partir de que eligió a ciertos individuos como sus consejeros, ministros y secretarios, ha estado de mal en peor. Eso siempre me ha molestado, porque para consejeros leales de un emperador estamos las personas como yo, que hemos estudiado las letras y las artes, la retórica y la filosofía, el derecho y la política. Yo, que he tenido los mejores maestros, tenía que ver cómo poco a poco estos hombres salvajes e incultos iban dominando la corte del emperador, y sobre todo, su perturbada mente, transformando a una persona que prometía ser al menos responsable, comprometido y generoso, en el más desgraciado de los hombres, demostrando que un individuo, por más preparado que esté, puede volver atrás de manera muy fácil, en todo lo que se trate de conocimiento y razonamiento.

Sin dudas estuve muy poco precavido. Incluso se puede decir que yo sabía que con cada palabra que pronunciaba estaba dando una palada más en el foso que estaba construyendo y que sería mi propia tumba. Y yo sabía que el emperador no necesitaba rebatir mis argumentos. Simplemente se dedicó a escuchar un poco molesto y turbado, hasta que terminé. Y entonces sólo tuvo que dar la orden. Si su poder es prácticamente ilimitado, no tenía porqué vencerme con argumentos. Me hizo encerrar y se terminó la discusión, que, como ya dije, de controversia razonable no tuvo nada, simplemente fue un triste y lamentable monólogo. Ya no podía discutir con cuatro paredes de piedra, ni con los instrumentos de tortura que me hacían una ingrata compañía, ni con los horrorosos insectos que turbaban con su sola presencia la claridad de mi mente.

Ahora que he contado la causa de mi desgracia puedo presentarme. Mi nombre es Tomás, soy miembro de una de las familias más prominentes del imperio, y vivía en ese entonces en el palacio que los bisabuelos de mis bisabuelos construyeron con vista al mar, al sur de la Ciudad, cuando la familia consiguió ese gran prestigio y autoridad que hasta ese momento mantenía. Por culpa mía nuestra familia sufrió muy graves consecuencias, y por eso les pido perdón, si es que eso sirve de algo ahora que ha pasado tanto tiempo y tanto dolor.

Pasaron muchas horas solitarias, sucias y hambrientas, hasta que uno de los guardianes se dignó traerme una barra de pan y un poco de agua. Muchas horas más transcurrieron, y mis sentimientos estaban profundamente encontrados. No sabía si alegrarme de que no vinieran a torturarme, o apenarme porque nadie se ocupaba de mí. No me arrepentía de haber dicho lo que tenía dentro de mí, pero sí de haberlo dicho de una forma tan imprudente. Ahora estaba pagando por eso, y la verdad es que aún no tenía ni la más remota idea de lo que me esperaba. Llegaría a vivir hechos que jamás hubiera imaginado cuando vivía encerrado entre las salvadoras, acogedoras e invencibles murallas de la Ciudad.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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