Buenos Aires Bajo Fuego
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Buenos Aires Bajo Fuego:

Javier terminó de hablar y la miró. No tenía buen semblante, estaba pálida, ojerosa, y muy seria.

- ¿Qué te pasa? – Pregunto, pero más que una pregunta parecía un reto. El reto, el bien lo sabía, era que ella le dijese de una vez por todas lo que sentía. Él lo sabía, o al menos se lo imaginaba. Hacía mucho tiempo que ella lo miraba con recelo, que no lo escuchaba, que no tenía siquiera un gesto cariñoso con él. Estaba harto, cansado de soportar sus silencios, sus gestos, sus huídas cuando él quería hablarle o siquiera intentar un acercamiento.

- Nada. Dejame dormir.-

- Y cómo vas a dormir con lo mal que anda el subte y con la realidad que dice que vas a llegar tarde al trabajo.-

- Ya te dije que yo no tengo problemas con eso. Por favor, necesito dormir.- Clara dio vuelta la cara hacia la ventanilla y cerró los ojos. Estaba muy fastidiosa, y no quería que Javier dijera una sola palabra más. Pero sabía que no lo iba a poder evitar, que tarde o temprano él iba a volver a hablar, molestándola. Fastidiándola, como siempre.

Javier iba a contestar, pero miró al asiento del costado y se puso a contemplar las piernas de la mujer del vestido floreado. -Qué bien que está, -se dijo a sí mismo,- esa es una mina que vale la pena. Tiene unas piernas increíbles. Estaría bueno que pudiera levantármela así me saco a esta de encima. Lástima que esta otra se sentó a su lado, me tapa la cara, no puedo siquiera mirarle esos ojos preciosos.

Antonio no podía dormir con el subte tan lento, que paraba tan seguido. Faltaba el aire y era fácil adormilarse, pero lo que es dormir, dormir, no podía. Se puso a mirar a la mamá del niño. Es una linda mujer, ya grande, con su mejor momento ya pasado, pero linda al fin. Sin dudas está desperdiciada, el marido, la comida, el trabajo, la ropa y tantas otras cosas. Tiene ojeras, lógico, con tanto esfuerzo. Y el pelo teñido demasiadas veces, bastante arruinado. Pero lo compensa con esos ojos grandes, una nariz recta muy noble y una expresión entre ausente y resignada que le daba un aire de importancia, y la transformaba en un miembro de una clase especial de los seres humanos: la de los que resignan su vida a favor de otro u otros. Ese otro, era muy evidente, lo tenía a su lado.

Volvió a observar a la mujer que tenía enfrente. Se dio cuenta de que Nico era un niño feliz. Dibujaba piruetas en el aire con sus manos y hablaba solo, señal de que inventaba una aventura. Antonio pensó que hubiese sido muy lindo tener una mujer así, para que se ocupara de uno como esa madre se ocupa de su hijo. Había perdido a su madre de muy pequeño, por lo tanto no sabía lo que era ser mimado. O no lo supo hasta que tuvo la primera novia. Su mujer. Que ahora se había transformado en una bruja hecha y derecha. Estaba gorda, canosa, le salían pelos por todas partes, pero lo peor de todo era su carácter, antes alegre, ahora hosco, cuando no lo peleaba se dedicaba a cultivar la indiferencia. Escapaba de él.

Poco a poco Antonio, sin darse cuenta, se fue adormilando y dejó esos pensamientos para otro momento.

Martina miró de reojo a los chicos que subieron en la última estación. – Qué tontos son, la miran a ésta, que ni bolilla les va a dar.- Pensó, no sin algo de rencor. – Y le miran las piernas, qué descarados.-

Casi sin proponérselo, como un efecto reflejo, Martina cruzó sus piernas lenta pero con un movimiento muy amplio. Con ello logró mostrar todo lo que tenía a los chicos, que aunque estaban algo alejados la miraron con curiosidad.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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