Buenos Aires Bajo Fuego
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Buenos Aires Bajo Fuego:

La Pulga y el Muñeco eran dos de los más famosos ladrones del subte. Vivían en la Ciudad Oculta, en Mataderos, y ambos tenían 16 años. Llevaban ropa decente y estaban limpios y perfumados, pero se notaba que vigilaban al pasaje y buscaban a alguien a quien robarle sus pertenencias sin que se dé cuenta. Por lo general la Pulga, el más hábil con las manos, efectuaba el hurto de manera rápida y limpia, mientras el Muñeco vigilaba al resto de las personas, controlaba que nadie se dé cuenta o amenazaba con su navaja a los que podían sospechar algo. Luego de cada robo ambos salían del vagón haciéndose los distraídos. Eran un equipo semi profesional, que funcionaba muy bien. Nunca habían dañado a nadie, pocas veces la gente se había dado cuenta, y aún en esos casos huyeron sin problemas, aunque a veces sin el botín. Las cosas robadas las llevaban a la villa para entregarlas al jefe de la banda, un tal “Macaco”. Estaban un poco sorprendidos porque el tren entero venía casi vacío y no podían creer que no iban a poder “trabajar” hasta dentro de un rato. Sin embargo, no perdían el humor y trataban de pasarla bien. Una de las formas de pasarla bien era burlarse de Joao.

- Che, este no debe escuchar nada, ¿no?- Dijo la Pulga

- Olvidate, este negro no existe. Que escuche si quiere, tiene cara de negro maricón, jajaja- Dijo a viva voz el Muñeco.

- Si estuviera la Bruja ya lo cargaríamos de lo lindo. Vos no tenés imaginación.

- Que te pasa, tarado- dijo el Muñeco. – Ahora mismo puedo imaginarte con la cara rota, no me hagás poner nervioso.

- Che, que buena que está la mina esa, ¿Eh?- Dijo la Pulga, cambiando de tema. – Que linda es y qué cara de guerrera que tiene. Cómo le deben gustar los hombres.

- A mí me gusta la de al lado.

- Sí, tiene unas piernas infernales. Un bomboncito. Cómo me gustaría toquetearla un poquito.

- Yo le haría de todo a esa perra. Si casi está en bolas.

Javier intentó comunicarse con la oficina ahora que estaban en la estación, donde siempre había buena señal. No hubo caso. Preocupado, le pidió el celular a su mujer. Tampoco funcionaba, no había línea.

- ¿Qué pasará? Estos de Movistar tienen muy buena señal siempre, aún acá, bajo tierra. Es muy extraño.

- Debe ser algún problema con la antena. No es la primera vez que pasa.- Dijo Clara, todavía molesta porque su marido no la dejaba dormir. -Quedate tranquilo, intentá de nuevo cuando estemos en la Plaza de Mayo, total vamos a llegar allí antes de comenzar el horario de trabajo.

- No sé. Si sigue así parado en cada estación dos o tres minutos y en medio de los túneles cinco minutos no llegamos más.

- Vamos, aprovechá a dormir, que después nos espera un día largo y pesado.

- Para vos es fácil. Yo tengo que dar mil explicaciones al Turco. No sabés lo pesado que se pone cuando llego tarde. No me deja tranquilo y me molesta por el resto del día. Cómo si nunca le cumpliera.

Mientras hablaba Javier, María Clara pensaba que su marido era un ser demasiado egoísta. -Si al menos me dejara dormir un ratito, es un plomo. Siempre los asuntos de él son más importantes que los míos, es más, lo mío no cuenta, es fácil, tonto, soy una pretenciosa. Pero ya me cansó. Espero que nos separemos pronto para ir a nuestros trabajos. Me parece que esta noche no vuelvo a casa. Qué bueno sería no verlo por un buen tiempo, ya se me hace muy desagradable.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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