Buenos Aires Bajo Fuego
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Buenos Aires Bajo Fuego:

Una vez que paró en la tercera estación, subieron al último vagón otras cinco personas. Entre ellas, Juan Pablo Bardi, un muchacho de unos treinta y dos años que era jefe de oficina en una empresa importadora de computadoras y todos los insumos relacionados.

Juan Pablo era muy alto, casi de dos metros, flaco pero musculoso, de pelo negro cortado muy cortito. Como buen hijo de tanos, era muy fogoso, emprendedor y cabeza dura. Su trabajo lo absorbía demasiado, lo que le traía como consecuencia intensas peleas con su novia, que era muy celosa.

Cuando entró al vagón vio de inmediato las hermosas piernas descubiertas de Mariela y Martina, su extraña compañera de viaje. Pensó en sentarse delante de ellas, pero le pareció que iba a quedar como un pesado si lo hacía, y como era bastante tímido, decidió sentarse delante de los futuros periodistas. Gastón y Rodrigo se miraron y se hicieron casi imperceptibles señales de fastidio. -Claro- pensó Juan Pablo- a ningún hombre le gusta que se le siente delante otro hombre. Que se aguanten.

Por la otra puerta entró Amalia Capogroso, una señora de unos cincuenta y dos años, muy bien arreglada y perfumada. Miró la gente que estaba sentada en los asientos y decidió sentarse al lado del escultor, que la miró desconfiado, ya que odiaba los perfumes baratos y escandalosos. -Justo se me viene a sentar ésta al lado, con ese olor…- pensó.

Por el contrario, a la señora Beraldi le pareció bastante agradable, un señor tranquilo y apacible, dueño de una fuerte personalidad que se notaba  a simple vista.

Amalia sacó una polvera, un espejo y otros varios objetos típicos de las mujeres y comenzó a pintarse la cara con una proverbial celeridad y seguridad. En seguida notó que el niño de enfrente la miraba entre extrañado y curioso. Le sonrió, pero el niño le dio vuelta la cara y se hizo el distraído. – Odioso- pensó Amalia. Acto seguido recomenzó el tratamiento de belleza interrumpido.

Detrás de Amalia subió Joao Vicente Publio Dias, de 21 años, un morocho brasilero, de piel bien oscura, ojos negros, blanco de ojos bien blanco, dientes aún más blancos, labios azules, motas en el pelo, dos metros de alto y el porte de una escultura de ébano. Iba con una valija en su mano derecha, en la que llevaba toda una serie de baratijas, anillos, colgantes, pulseras, aros, todas de riguroso color dorado, muy bonitas. Vendía su mercadería en la esquina de Carlos Pellegrini y Lavalle, junto con algunos otros brasileros y lo pasaba muy bien bajo el cálido sol del verano.

Joao decidió sentarse en el rincón del vagón donde todavía no había gente. Pero de inmediato dos muchachos que entraron corriendo por la misma puerta justo un segundo antes de que se cerrara se le sentaron en frente.

Los muchachos lo miraron y en seguida cambiaron una mirada cómplice. Uno le dijo algo al oído al otro y se rieron a carcajadas. Joao los miraba entre desconfiado e irritado. Pero no quería ofenderse, era un hombre muy tranquilo, así que se limitó a sacar de su maletín una radio que encendió muy rápido y en seguida se puso los auriculares. Para él todo terminó ahí.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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