Buenos Aires Bajo Fuego
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Buenos Aires Bajo Fuego:

Antonio Beraldi no había dormido bien esa noche. Se había peleado con su mujer por una tontería, nada importante. Antonio siempre había deseado ser un escultor famoso, pero nunca había logrado obtener esa obra especial, esa genialidad que le abriría la ruta a la fama. Él se consideraba a sí mismo un excelente escultor, pero reconocía que le faltaba esa chispa de talento que otros tenían. Había presentado obras en todos los certámenes habidos y por haber, y jamás había alcanzado el éxito. Se había presentado con proyectos escultóricos para montones de futuras obras propuestas y nunca lo habían elegido. Lo peor era que nunca había podido vivir de su verdadera y amada profesión, por eso a sus sesenta y tres años se lo veía frustrado, cansado, deprimido. Su trabajo, ese que odiaba pero que lo mantenía con algo de dinero para conservar una vida más o menos digna, era el de mantenimiento en una oficina del Ministerio de Economía. Era un hombre muy culto, que aunque apenas había terminado la primaria, sabía muchas cosas porque era muy curioso y aprendía cosas nuevas todos los días, y por otra parte las máquinas no le podían ofrecer la menor resistencia. Podía arreglar desde un aire acondicionado hasta una computadora, no importaba el modelo, la marca o la sofisticación que tuviese el aparato. Siempre había tenido esa virtud, a la que él no daba la menor importancia y que hubiera cambiado por algo más de talento como escultor.

Mientras el dormilón seguía extasiado con su sueño, los demás pasajeros del vagón del subte sufrían de sofocación aguda. Es que de verdad hacía un calor insoportable, y no se respiraba aire, sino una masa de algo caliente, parecido al aire. Para colmo de males, el subte se detuvo entre estaciones. Ya no corría ni siquiera esa espantosa pero necesaria corriente caliente. Los pocos pasajeros del vagón intercambiaron miradas de aburrimiento, como si dijeran: “otra vez lo mismo”. Luego de tres minutos interminables, la formación arrancó.

Una vez llegado el subte a la estación Flores, subieron a ese primer vagón apenas unas pocas personas.

-Parece que va a ser un viaje tranquilo, con poca gente.- Dijo Javier, que ya había olvidado el desplante de su mujer. Clara no contestó, ya casi dormida.

Javier miró a la chica que tenía a la derecha y se dio cuenta de que ésta lo estaba observando. Intentó mantener la mirada sobre ella, pero la chica, con un leve y elegante movimiento de cabeza, inclinó la vista sobre la ventanilla

-Estos tipos son todos iguales. La mujer se les duerme y ya tratan de mirar a la chica que tienen más cerca.- Pensó, no sin algo de ridícula indignación, como si fuera del siglo pasado.

No sabía por qué, pero a Mariela ese hombre no le gustaba. Quizás era la forma en que Javier la miró, de forma demasiado intensa como para que sea una breve mirada de observación curiosa. También sintió algo de pena por su mujer. Clara tenía una expresión muy frágil así dormida, y casi como un aura de inocencia y fatalidad que la conmovía. Javier, en cambio, le parecía un hombre sin escrúpulos, dominante, insoportable.

Javier pensó que su vecina de viaje era una mujer muy bonita, y que valdría la pena ver su cuerpo desnudo. Ella se dio vuelta  y así él observó con ansias sus piernas casi por completo descubiertas por su corto vestido, y la imaginó sin esfuerzo tirada en una cama, esperándolo.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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