Buenos Aires Bajo Fuego
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Buenos Aires Bajo Fuego:

- Puede ser, pero la prudencia nunca está de más. Le cuento que a pesar de que me he dado cuenta de que somos los únicos pasajeros de este tren también razono que no sabemos si las personas que salieron quedaron ilesas, si salieron bien o tuvieron problemas, o incluso si ahora están en problemas.

- Y qué problemas podrían tener, por favor. Creo que usted no razona bien. El que se va, se va, y punto. Por eso no los vemos. Se fueron, o no entiende.

Refregándose el ojo izquierdo después de un agresivo disparo de flash de Nicolás Almanza, Antonio Beraldi iba a contestar pero en ese momento todos se dieron cuenta de que se aproximaban a la estación de Flores. Se hizo un profundo silencio. Dos preguntas imprescindibles volaban en el aire y estaban en cada uno de los pasajeros: la primera, ¿pararían en la estación? La segunda: esta vez, ¿se abrirían las puertas? La contestación a esas preguntas estaba a punto de hacerse realidad. El subte bajó la velocidad, y al alcanzar la estación casi no avanzaba. Como ahora estaban de nuevo en el primer vagón, ya que iban hacia delante, fueron los primeros en ver el piso tan anhelado de la estación Flores. El subte paró en la estación, y unos segundos después, cuando todos los pasajeros del vehículo contenían la respiración, abrió sus puertas. Por una de las puertas comenzaron a bajar con cierto miedo Juan Pablo, Gastón, Rodrigo, Almanza y Beraldi, por la puerta del medio bajó Clara muy rápido como si corriera una carrera y detrás de ella Mariela con Martina colgada de su brazo. De inmediato las puertas se cerraron. Dentro del tren quedaron Amalia, Javier, Katerina y su hijo, y Joao, que con mucha caballerosidad les cedía el paso.

- Rápido, bajen por la ventana.- Gritó Juan Pablo.- Apúrense.

Pero el tren no les dio oportunidad. Se los llevó hacia la estación Carabobo, ante la mirada estupefacta de los ahora únicos ocupantes de la estación de Flores.

- Acá tampoco hay nadie. – Observó Juan Pablo luego de mirar las ventanillas vacías donde debían estar los empleados que vendían boletos.

- Estás muy equivocado.- Dijo Beraldi, mientras señalaba hacia el fondo del andén, donde se veía una figura de traje y anteojos negros.

- ¿Es el mismo?- Preguntó Juan Pablo.

- No se parece, estoy casi seguro de que es otro. – Dijo Gastón, que era muy observador.

- Vamos a preguntarle qué es lo que sucede.- Dijo Juan Pablo y comenzó a caminar hacia el desconocido. Sin embargo, éste bajó por las escaleras del final del andén hacia las vías y comenzó a caminar en sentido contrario.

- Eh!- Gritó Juan Pablo, pero el desconocido se alejó demasiado rápido.

- Dejémoslo. – Dijo Beraldi. Mejor es que salgamos a respirar un poco de aire fresco.

Era verdad, el aire en la estación no era mucho mejor que arriba del subte. Todos estaban con la ropa mojada, alterados, molestos.

- Tiene razón,- dijo Juan Pablo,- vamos, vamos todos, subamos por la escalera hacia la luz.

Uno tras otro, Beraldi, Almanza, Clara, Mariela, Martina (todavía colgada del brazo de Mariela), Gastón, Rodrigo y por último Juan Pablo subieron despacio los escalones de la escalera de la estación, la que los iba a depositar en la vereda de la Plaza Flores. Todos ellos estaban como expectantes, querían respirar aire fresco pero también querían saber qué les había pasado. Almanza se adelantó avanzando de a dos escalones por vez y sacó fotos del grupo desde arriba. Cuando estuvo satisfecho, una vez sobre el terreno de la Plaza Flores, comenzó a mirar a su alrededor y en ese instante se dio cuenta de que era allí donde iban a comenzar a vivir la verdadera aventura.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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