Buenos Aires Bajo Fuego
Download
Buenos Aires Bajo Fuego:

- Veo en esta situación como una especie de designio. Siento que el mal está presente. No puedo explicarlo. No sé qué hacer, y sólo te tengo a vos. Prométeme que no me vas a dejar sola.

- No, jamás. Pero sos muy chica para hablar así. Acá no hay ningún designio ni nada parecido. Acá lo que pasó fue que alguien no hizo bien su trabajo o se rompió algo y ahora no saben qué hacer. Siempre es lo mismo, es la impericia lo que arruina todo. Está lleno de ineptos, inútiles, gente que ocupa cargos y no sirve para nada.

Martina la miró como sin entender. Pero en seguida respondió.

- Espero que tengas razón. Yo no me asusto con facilidad, pero ahora estoy aterrada. Siento algo raro en el aire.

- Sí, claro, es que estamos por ahogarnos por la falta de aire, eso seguro. Creo que jamás en mi vida respiré una basura como esta.

- Igual creo que vamos a morir. ¿No te parece? Todo es muy extraño, y toda esa gente que discute y discute y no saben qué hacer con esta situación. Al final, nos hubiéramos ido como esos dos chicos y nadie estaría en peligro.

Joao fue el primero que lo vio. Era un hombre y estaba observándolos parado sobre las vías. No tenía aspecto de ser un trabajador del subte. De unos cuarenta años, estaba vestido con una camisa negra, jeans oscuros y zapatos negros, tenía el pelo corto, casi rapado y a pesar de la poca luz que había en ese corredor, usaba anteojos negros muy grandes. Era un hombre muy alto y fornido. Apenas lo vio, el negro corrió hacia la ventanilla para hablarle.

- Señor, ¿qué pasa acá? Esperamos un montón de tiempo que alguien venga a rescatarnos o que el subte pare en una estación. ¿Pasa algo malo?

El hombre bajó la vista y sin emitir sonido comenzó a caminar hacia la estación Flores por el costado de los vagones. Los demás ocupantes del vagón se acercaron a las ventanillas y todos le gritaron al hombre pidiéndole que se detenga y que les explique la situación, o al menos que avise a alguien que estaban allí.

- Yo me bajo a seguirlo, no aguanto más.- Dijo Juan Pablo.

- Te acompaño.- Dijeron Rodrigo y Gastón casi al mismo tiempo.

Cuando el hombre iba un par de vagones delante, los tres muchachos hicieron pie y empezaron a correrlo, pero en ese mismo instante la formación comenzó a avanzar, es decir, a retroceder, de forma muy lenta al principio. Los tres se quedaron como paralizados, sin saber qué hacer, hasta que Beraldi les gritó:

- Vamos, vuelvan, es preferible que estemos todos juntos en esto.-

Como no se decidían, y mientras Nicolás Almanza sacaba una foto tras otra, Antonio Beraldi les increpó:

- ¡Vamos, vuelvan!- Antonio se desesperaba porque sin esos tres muchachos la gente del vagón no sabría cómo hacer para decidir una acción a seguir.

Juan Pablo, que era el que más ganas tenía de alcanzar al desconocido, se volvió para mirarlo, y se dio cuenta de que había desaparecido. – Dónde se habrá metido.- Se dijo a sí mismo.

Al final entraron los tres por la ventanilla antes de que el subte tomara velocidad. El último fue Juan Pablo, que entró justo antes de que comenzara una loca carrera. El subte aceleró y en pocos instantes llegó hasta la estación Nazca, donde ahora sí, paró como corresponde.

Los pasajeros no lo podían creer. Tanta preocupación, tantos nervios, y ahora estaban por fin en una estación, a punto de salir. Sin embargo, no tardaron en darse cuenta de que en el andén no había nadie. Miraron, entre curiosos y extrañados, y entendieron que ni siquiera estaban los guardas, la vigilancia o los que vendían pasajes. Un pensamiento más o menos lógico indicaría que habiendo pasado tanto tiempo sin salir de la terminal, ésta debería estar llena de gente, casi hasta al punto de explotar.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

Deja un comentario