Buenos Aires Bajo Fuego
Download
Buenos Aires Bajo Fuego:

Unos instantes después Nicolás se acercó a Amalia, que se negó en forma terminante a ser fotografiada. Se notaba que su discurso ya estaba preparado de antemano, y lo dijo con una decisión fingida que le dio un tono exagerado. Nicolás se apresuró a decirle que él sólo les sacaba fotos a las personas interesantes, que ella era una de esas personas, y que lamentaba su decisión, y con ello logró que Amalia se ablandase y le dejara sacar “una sola, señor fotógrafo”.

Luego le tocó el turno a Joao, que se había quedado solo y pensativo en el rincón más oscuro del vagón. Joao había encendido un cigarrillo y lo disfrutaba en soledad. Con gusto se dejó fotografiar mientras sonreía y fumaba, de frente y de costado. Tenía una cabeza muy negra y muy estilizada, que podía ser la cabeza negra de miles o cientos de miles de negros del mundo. Nicolás pensó que tenía cara de africano, como si fuese del Congo. Las partes blancas de sus ojos y sus dientes destacaban demasiado en las fotos de Nicolás. Luego se sentó al lado de Joao y comenzó a revisar el visor LCD de su Canon. Todas las fotos habían sido satisfactorias, pero tenía que tener paciencia para esperar a transferirlas a su PC, ya que la única forma de constatar si eran buenas o tenían algún defecto era observándolas en el en el monitor. Le había pasado a través de los años un montón de veces que las fotos que más prometían en 3 pulgadas se veían horrorosas en 17 o más. El monitor de Nicolás Almanza era de 22 pulgadas, suficiente para destruir cualquier foto con algún pequeño defecto.

Entre vagón y vagón había una pequeña ventana que permitía ver hacia el vagón de al lado. Nicolás miró hacia esa ventana y se dio cuenta de que estaba demasiado sucia como para dejar ver una buena imagen. -Me gustaría sacar unas fotos a los vecinos desde acá pero con ese vidrio tan sucio no va a quedar bien. Voy a limpiarla.- Pensó. Se acercó a la ventana y sacó su pañuelo del bolsillo. No pudo limpiar mucho, pero en cuanto se acercó a la ventana para mirar del otro lado, a pesar de que todavía había poca luz, creyó notar que el vagón de al lado estaba vacío. Miró de nuevo, y no pudo creer lo que vio: el vagón vacío por completo. Tal como estaban las cosas, parecía que eran los únicos que estaban a bordo de ese maldito subterráneo. Tenía que decírselo a todo el mundo, pero se dio cuenta de que muchos podrían entrar en pánico, muy en especial las mujeres y el niño. Por eso le hizo señas a Antonio Beraldi, que según él parecía el más templado de los pasajeros. Al verlo Antonio hizo un gesto de fastidio, pero fue a sentarse junto a él, para lo cual le hizo un gesto al negro para que se fuera. Joao se levantó sin problemas y se sentó a dos metros de allí.

- Que le pasa, Almanza, estamos en el medio de una buena discusión. ¿Sabe lo que quieren estos tontos? Quieren que salgamos todos. Y yo les digo que como están las cosas no sabemos si el subte va a arrancar de un momento a otro, no tenemos información de nada, las vías están electrificadas, y no sabemos cuál es el problema que nos retiene aquí, en medio de este túnel. Y usted, ¿qué quiere? ¿Sacarme otra foto?

- Ojalá. Lo que le voy a decir no le va a gustar. Al lado, fíjese usted mismo por la ventana, no hay nadie. Es posible que seamos los únicos que estamos en este tren.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

Deja un comentario