Buenos Aires Bajo Fuego
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Buenos Aires Bajo Fuego:

Por su parte, Rodrigo, Gastón y Juan Pablo se aferraron a sus asientos con toda su fuerza, aunque ellos miraban todo con cara de divertidos, quien sabe porqué. Juan Pablo comentó en voz alta:

- Esto es increíble. No me van a creer en la oficina.-

- No, dijo Gastón, a nosotros tampoco nos van a creer en la escuela, salvo que nos estrellemos con el tren que debería venir detrás de nosotros y nos matemos todos.

- Este es ahora el último vagón del subte,- intervino Rodrigo,- y no creo que haya trenes detrás nuestro. Espero que no lleguemos de nuevo a la estación Nazca.

- Perdé cuidado que si viene uno detrás a esta velocidad nos vamos a hacer torta.

Joao se había agarrado de su asiento pero su cara estaba impasible mientras vigilaba a los dos muchachos que tenía enfrente. La Pulga y el Muñeco estaban pálidos, pero mucho más este último. Joao le dijo:

- Mirá que sos flojo, ¿eh?

Con toda la furia de su impotencia el Muñeco de dijo bajito a su compañero:

- Este negro no va a salir vivo de aquí. Te lo juro.

- Dejate de joder.- Respondió la Pulga. – Lo único que nos falta es que nos persigan por asesinato. Calmate. Ahora cuando todo pase nos mudamos de vagón y listo.

- Mudate vos, si querés.

En ese instante el tren se detuvo de manera violenta. Gracias a la advertencia de Beraldi todos se mantuvieron firmes en sus asientos, salvo el dormilón, de quien nadie se había acordado.

Con el dormilón desparramado en el pasillo de ese último vagón, todos los pasajeros quedaron por un instante demasiado aturdidos. Como detenidos en el tiempo y en el espacio, todos se quedaron inmóviles, sin habla, sin reacción. Gotas de sudor caían por sus frentes, se formaban alrededor de sus cuellos, en los bigotes de hombres y mujeres, sus pieles brillaban, sus ojos ni siquiera parpadeaban. El miedo, apenas un instante después del increíble suceso, hizo presa de cada uno de ellos.

La luz brilló con menor intensidad, luego vibró, y por fin dejó de alumbrar. Se hizo un aterrador silencio que duró segundos y que fue interrumpido por una voz anónima que dijo:

- Lo que nos faltaba. Que nadie se mueva, no queremos accidentes.

Por unos instantes se escuchó la respiración entrecortada y nerviosa de los pocos ocupantes de ese último vagón. Nadie dijo una palabra, nadie hizo ningún ruido, nadie entró en pánico. Se escuchaban algunas voces lejanas, y hasta algún grito de una mujer alarmada. La atmósfera se hizo más pesada y la falta de aire comenzó a embriagar a los pasajeros. Pero nadie reparaba ahora en el calor, ya que la falta de luz los alarmaba y asustaba aún más.

Mariela notó que su compañera de banco la apretaba con fuerza, y pronto la abrazó. Temblaba. Por su parte no se negó al abrazo ni a la protección, le acarició el pelo y la cara y pudo notar que lloraba. Puso su boca muy cerca del oído de su protegida y susurró:

- No te preocupes, nada va a pasarnos.- Luego de hablar sintió un leve estremecimiento en su compañera, que no respondió.

María Clara no soportaba que su marido la protegiera. Rechazó su abrazo suavemente, porque nunca supo ser agresiva, pero de manera firme. El, por su parte, le dijo al oído:

- No seas mala, vení que yo también tengo miedo.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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