Buenos Aires Bajo Fuego
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Buenos Aires Bajo Fuego:

- A mí me gustan mucho las estatuas. Me gusta mirarlas, son lindas.

- Que bueno, eso habla muy bien de vos. La música, la escultura, la literatura, son ramas del arte que mucha gente no entiende.

- Es un niño muy sensible,- intervino Katerina, que notaba que con la conversación se olvidaba de que estaban en el túnel muertos de calor- el padre es músico de la orquesta estable del Teatro Colón. Toca el oboe, y lo hace muy bien. Y yo soy redactora, así que algo escribo.

- Que bien, ¿redacta en alguna revista?-

- Si, es una revista de actualidad política, pero independiente y nada pretenciosa. Me lleva muchas horas al día, incluso escribo desde casa muchas veces.-

- Claro, con semejantes padres, el niño ha salido sensible al arte. Eso me gusta.- Y luego agregó dirigiéndose a Nico:

- Espero que no pierdas nunca tu sensibilidad. Porque el arte se aprecia con sensibilidad, ¿sabías? No con inteligencia ni con conocimientos. Sólo la gente sensible puede apreciarlo.

Nico escuchaba muy atento. Le agradaba ese señor, aunque no entendía del todo lo que le decía. Pero se notaba que era un buen hombre, y su madre siempre le decía que había pocos buenos hombres en este mundo. Lástima que era muy viejo. A Nico la gente vieja le daba pena, aún no sabía por qué. Se dio cuenta debido a su fino instinto de que si charlaban con él a su mamá se le iban los nervios. Porque había notado que antes su mamá estaba nerviosa, porque iba a llegar tarde a la escuela, al trabajo, a todos lados, con todas las cosas que ella tenía que hacer. Menos mal que estaba el escultor.

- Señor, usted cree en los zánganos.

- No lo sé. A mí me gusta creer en las cosas que veo. Yo espero no verlos nunca.

- Yo tampoco, pero que existen, existen.

Beraldi posó su vista en el negro y los dos muchachos que éste tenía enfrente. Se había dado cuenta del breve altercado y estaba atento a ver si ocurría algo, aún mientras charlaba con el niño. Pero ahora todo parecía tranquilo.

De nuevo el tren comenzó a moverse, pero para mayor inquietud del pasaje siguió su camino hacia atrás. Todo el mundo se quedó en silencio. Las miradas iban de la sorpresa al sobresalto. Beraldi pensó que de ahí al miedo colectivo había un solo paso. Sonrió con seguridad al niño. Pero ahora la velocidad aumentaba. La señora Amalia fue la primera que encendió la alarma:

- Y si viene uno detrás nuestro, vamos a chocar.- Dijo con un rostro marcado por el miedo.

Beraldi creyó conveniente intervenir. Con su mejor voz en cuello gritó:

- Todos, agárrense bien en sus asientos. Por las dudas, nomás.

Todos le hicieron caso sin chistar. Martina además de agarrarse de su asiento tomó muy fuerte el brazo de Mariela, que no se opuso, por el contrario, trató de dedicarle a su compañera de asiento una sonrisa despreocupada. No lo logró.

María Clara abrazó a su marido aún a pesar de que no quería tenerlo cerca, pero el miedo pudo más y lo tomó del cuello mientras éste se agarraba con su mano muy firme de su asiento.

Katerina abrazó a Nicolás, que le decía al oído que los culpables de todo eran los zánganos, que nos esperaban en la estación anterior para destruirnos. Katerina estaba muerta de miedo, el subte tomaba más velocidad y temía más que nada por su hijo, por eso lo cubrió con un fuerte abrazo y trató de que no quedaran partes de su cuerpo expuestas a los golpes.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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