Buenos Aires Bajo Fuego
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Buenos Aires Bajo Fuego:

Novela

Buenos Aires Bajo Fuego

Autor: Rolando Castillo

Parte I: Bajo la Tierra

María Clara y Javier se despertaron con la intromisión en cierta forma inesperada de la radio reloj a las siete de la mañana. Casi sin decir palabra fueron al baño, se lavaron, se vistieron y comieron unas galletitas con mate. Luego ambos emprendieron su viaje de rutina desde su casa en Liniers hasta el microcentro, donde trabajaban, él, en Florida y Córdoba, en un local donde vendía ropa de cuero a los turistas, y ella en Reconquista y Tucumán, en una casa de cambio. Primero el colectivo lleno de pasajeros, donde viajaron parados, molestándose con los otros, entre pisadas, manotazos, chicos parados en el medio con mochila en las espaldas, alguna gente sucia, como todos los días. Luego, el subte. Dejaron pasar dos formaciones, porque estaban imposibles, repletas y eso que lo tomaban  en la terminal de Nazca (la gente había adquirido la costumbre de subir una, dos o tres estaciones antes e ir hacia atrás, para arrancar sentada el viaje desde la terminal, por eso el subte llegaba hasta allí con muchos asientos ocupados), y luego vino un tercero, inesperado, que para su sorpresa arrancó casi vacío, apenas dos minutos más tarde que el anterior. Subieron al primer vagón, porque los dejaba frente a la salida en la estación de Plaza de Mayo. Les gustaba bajar ahí aunque tuvieran que caminar unas cuantas cuadras hasta sus oficinas, porque los confortaba ver a las palomas y caminar por la plaza soleada antes de ir a trabajar. El sol calentaba distinto sobre la superficie, era libre, hermoso, vital.

Apenas viajaban ellos dos y otras tres personas. Un hombre de unos cuarenta años se durmió apenas subió, sentado en la otra punta del vagón. Una muchacha de unos veintipico vestida muy a la moda, con un vestido ligero de tela con motivos floreados de tonos rosa y blanco, muy alegre, que se sentó muy cerca de ellos. Un señor de unos sesenta años, de expresión sombría, tal vez por no haber dormido bien durante la noche, se sentó a sus espaldas. Eran los únicos habitantes del vagón, y parecía increíble, ya que nunca habían viajado tan cómodos.

Buenos Aires acababa de amanecer entre bruma y nubes, con una humedad general causante de un microclima molesto. Era verano, y se hacía notar con 25 grados a las siete de la mañana. Si bien está ubicada en las márgenes del Río de la Plata, la capital argentina tiene un clima marítimo. La formidable y perpetua mole de cemento se despertaba de forma lenta y pausada, Y los autos comenzaban a llenar de forma perezosa pero persistente las calles y las avenidas porteñas. Poco más tarde llegarían a  colapsarlas. Como todos los días.

El calor era agobiante. El subterráneo de Buenos Aires guarda la temperatura que se genera en el exterior con mucho celo, y no la deja salir aunque el clima mejore, por mucho tiempo. Por añadidura, la humedad omnipresente en cada gota del escaso aire que había allí abajo hacía que la ropa se pegara a la piel, por la transpiración de los cuerpos. Había que limpiarse el bigote sudado con el pañuelo todo el tiempo. Así fastidiados, los cinco ocupantes del vagón  trataban de acomodarse en sus asientos de la mejor manera posible sin quedar pegoteados. Era seguro que en las próximas estaciones el coche se iba a llenar y eso provocaría aún más calor y más sensación de encierro. Para colmo el aire que entraba por las ventanillas no era fresco ni mucho menos, y no lograba renovar el agotado oxígeno del interior.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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