La utopía de Turquía

Turquía es uno de los países con mayor proyección económica y política en la actualidad. Su primer ministro Erdogan es un orador muy convincente, y supo ganar tres elecciones manteniendo las riendas del poder en los últimos diez años. Sin embargo, desde junio pasado sufre ciertas vicisitudes, producto de las marchas que surgieron por una protesta contra la reforma de un parque. Suena raro, pero es cierto. Unos estudiantes hicieron una protesta contra la tala de árboles en un parque donde el gobierno planeaba hacer un homenaje al imperio otomano. Fueron reprimidos de forma tan brutal que la gente decidió protestar por eso, y desde junio a esta parte las manifestaciones y la represión con gases lacrimógenos y agua a presión fueron cosa del día a día. Erdogan insultó a los manifestantes de todas las maneras posibles, solo para darse cuenta, algo tarde, que esa táctica le jugaba en contra. Ahora promete un paquete de medidas democráticas que no ha sido discutido con nadie. Es, evidentemente, un gobierno que ha pasado a ser totalitarista en casi todo sentido. La brutal represión unió contra el gobierno a estudiantes, disidentes, gremios y hasta a los kurdos, interminablemente postergados en Turquía. Serios problemas que no pudo tapar con la elección de la ciudad olímpica para 2020, ya que fue elegida Tokio en esta ciudad de Buenos Aires.

Para colmo de males, Erdogan, en contra de lo que opina el 70% de la población turca, apoya la invasión a Siria, un país que para la gente es hermano, pero con el que siempre Turquía tuvo problemas políticos y ambiciones territoriales encontradas. Esa vocación bélica no ha hecho mucho a su favor, pero él se mantiene firme en su posición, y ha dicho que su país acompañará a quién invada el territorio sirio.

Evidentemente Erdogan es un líder que ha perdido su camino, y ya no se encuentra en sintonía con la mayoría de su pueblo. Asimismo, el problema de los kurdos, que comparte con el vecino Irak, es un problema sin solución para un gobierno que aparentemente desearía ser étnicamente puro. Los kurdos, pueblo obligado a ser nómade por no tener territorio, se mueven por Turquía y mantienen sus costumbres, a pesar de que el gobierno no reconoce a sus organizaciones y solamente espera que se pasen, al menos sus brazos armados, al su vecino del sur.

A pesar de todo, Erdogan todavía no ve peligrar a su gobierno y es difícil que la primavera árabe lo alcance. Sin embargo, si quiere que su país siga creciendo económicamente y tenga mayor influencia en la política internacional de este siglo XXI, va a tener que ceder un cierto espacio de poder, y aprender a compartir las decisiones. Porque, si sigue en este camino intransigente y bélico, es probable que el pueblo caiga sobre él, porque a ningún pueblo le gustan los totalitarismos, y los turcos no son la excepción.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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