La Bohème en el Teatro Colón, Junio, 1960
Enzo Valenti Ferro

La Ópera, Pasión y Encuentros – Los Directores – Las Voces – Editorial: Gaglianone. Artículos escritos por Enzo Valenti Ferro entre 1940 y 1989. Digitalizado y compaginado por José Castillo. También agradezco al sitio de la Sra. Leonor Plate,  por su importante información en su base de datos.

La Bohème, de Puccini. Estreno mundial: Teatro Regio de Turín, 1 de febrero de 1909 – Estreno en Argentina: Teatro Colón, 16 de julio de 1909

Temporada: 1960
Fechas: 24 junio- 26 junio- 28 junio- 30 junio- 02 julio – 03 julio – Dirección Musical: Juan Martini – Reggie: Felipe Romito – Escenografía: Nicola Benoi

Elenco: Antonietta Stella, Mimi – Olga Chelavine, Musetta – Giuseppe Campora, Rodolfo –  Mario Sereni, Marcello – Gian-Piero Mastromei, Schaunard – Juan Zanin, Colline – Vittorio Bacciato, Benoit – Carlos Giusti, Alcindoro  – Virgilio Tavini, Parpignol – Jorge Ezcurra, Aduanero 1° – Pino de Vescovi, Aduanero 2°

Palpitante humanidad

Giacomo Puccini

‘La Bohème’, la bella criatura de Puccini, el más grande operista italiano de su generación, el sensible cantor de ‘las pequeñas cosas humanas’, el hombre de teatro que tuvo el coraje de afirmar que para él, la música, sin un libreto, era una cosa inútil, ocupó la cartelera del Teatro Colón, en la segunda función de gran abono. Volvió, pues, ‘La Bohème’ con sus personajes arrancados de una crónica cotidiana pero verdaderamente recreados, con una dimensión distinta y, desde luego, más trascendente por la música pucciniana. El compositor luquese los cinceló uno a uno, no solamente con esa aguda sensibilidad teatral que es una de las características más acusadas de su obra; no sólo con esa inspiración musical, a veces fácil y directa, pero siempre cálida y palpitante de humanidad; también los recreó con amor. ‘Cuando me puse a escribir la muerte de Mimí -refería- y sentado al piano, encontré aquellos acordes oscuros y lentos, me sentí invadido por una conmoción tal que debí levantarme y, en medio de la sala, sólo en el silencio de la noche, me puse a llorar como un niño. Me hacía el efecto de haber visto morir a una criatura mía’. (Cit.E.Gara).

Giacosa, Puccini e Illica

A más de sesenta años de su creación, esas cualidades teatrales y musicales mantienen a ‘La Bohème’ entre las obras de mayor éxito del repertorio lírico italiano. Hace veinte o treinta años, todavía solía imputársele como una ‘capitis diminutio’, el pecado(?) de su origen: pertenecer a la corriente verista. Ya nadie piensa en esas cosas cuando escucha ‘La Bohème’, porque ésta ha logrado ser considerada, definitivamente, como una obra de arte por sí misma, con independencia de la estética en que está encuadrada. El verismo, lo mismo que cualquier otra dirección estética, ha producido obras malas, regulares, buenas y también obras maestras como ‘ La Bohème’. El que a una obra le quepa cualquiera de esas calificaciones, no depende de la estética a la que represente ni de la técnica con que haya sido compuesta, sino del genio de su autor. Es sabia la reflexión de Eugenio Montale cuando dice: ‘(…) está en discusión hasta qué punto Puccini puede ser considerado un verista. Verista o no, fue uno de los primeros compositores de ópera italianos para los cuales no fue indiferente el argumento del drama. El interrogante ¿Qui nous délivera des Grecs et des Romains?, para él no tenía ningún sentido. El había nacido al margen de ese peligro; había nacido del lado de la verdad cotidiana’. ‘La Bohème’ es, como decíamos, una obra maestra, por las cualidades que hemos mencionado, por la insuperable maestría de la composición e incluso por esa rara virtud de la proporción existente entre lo que el compositor tiene que decir y el tiempo que emplea para decirlo.

La versión

La reposición de La Bohème, tuvo sensibles altibajos. La actuación de los intérpretes fue desigual. Tal vez el único cuyo desempeño se mantuvo en un nivel de aceptable eficacia durante toda la obra, fue el tenor Giuseppe Campora quien, como era presumible, cantó la ópera de Puccini con más comodidad que Un ballo in maschera. Era evidente que el registro agudo le costaba, de todos modos, un esfuerzo, a veces a costa de la afinación, pero tuvo la virtud de cantar con invariable buen gusto. No fue un Rodolfo memorable; pero su actuación fue, en términos generales, muy buena. La soprano Antonietta Stella, se inició con una alarmante defección en el primer acto, cumplió sin pena ni gloria su compromiso del segundo, y cantó admirablemente el tercer acto. Sobre todo en el último, parecía una cantante distinta. Porque así como su primer acto trajo el recuerdo ingrato de su Amelia en Un ballo in maschera, la segunda mitad de la ópera de Puccini devolvió al público la Stella de Madama Butterfly. Incluso su personaje, muy artificial en los primeros actos, se humanizó en los siguientes alcanzando intensos y sinceros acentos. El barítono Mario Sereni, es ahora un cantante más maduro que cuando nos visitó hace algunos años, por vez primera. También su Marcello fue creciendo en interés a medida que transcurría la ópera. En conjunto, su labor puede considerarse muy correcta. Olga Chelavine reeditó su tradicional composición de Musetta cantándola sin brillo digno de mención. De Juan Zanin, también veterano Colline, no puede decirse sino que cantó su parte noblemente, y de Gian-Piero Mastromei, que a pesar de estar dotado de muy buenos medios vocales, debe manejarlos con mayor inteligencia y discreción. Su Schaunard no contribuyó a fortalecer la categoría del famoso cuarteto de bohemios. Víctor Bacciato, decano de los Benoit del Colón, cumplió. Completaron el reparto, Carlos Giusti, cuyos recursos de vulgar comicidad el “régisseur” Felipe Romito no creyó conveniente reprimir; Jorge Ezcurra y Pino De Véscovi.

No encontramos especialmente feliz la labor de Juan Emilio Martini, director musical de esta reposición de La Boheme. Conoce muy bien la obra, sin embargo, no solamente su versión tuvo menudo interés expresivo, sino que fue también muy apreciable el desequilibrio que imperó en todo momento entre la orquesta y el palco escénico.

El Director: Juan Emilio Martini .

Maestro Juan Emilio Martini

Cuando escribimos este capítulo, transcurren ya los días del año 1984. Este año, precisamente, cumplirá Juan Emilio Martini medio siglo de actividad artística en el Teatro Colón, al que ingresó como maestro interno, luego de haber completado con Franco Alfano, en Italia, la formación musical que había comenzado en Buenos Aires con Athos Palma. En 1939, tomó la batuta por primera vez en público para dirigir La Bohème en una temporada de verano al aire libre, de las que antiguamente organizaba el Teatro Colón, y en la cual todas las demás óperas habían sido confiadas a Bruno Mari. Suponemos que para esa primera experiencia y seguramente para todas las que siguieron, debieron haberle servido de mucho los años pasados en ese fantástico taller, en esa insustituible academia, caldera en permanente funcionamiento, que es la vida interna del Teatro Colón o, como se la denomina en lenguaje vulgar y con sentido figurado, la “cocina” del Teatro.

Quienquiera que se tome la molestia de investigar qué directores frecuentaban el Teatro Colón en la época en que Juan Emilio Martini bregaba por hacerse un espacio en las carteleras del Colón, podrá comprobar que el joven y bien preparado maestro tuvo en la tarea cotidiana que debía emprender como parte del equipo de maestros sustitutos, el privilegio de trabajar con verdaderas eminencias de la dirección orquestal y del repertorio lírico: Panizza, Serafin, Calusio, Kleiber, Busch, Wolff, por no mencionar sino algunos. Su colaboración directa con el primero fue muy frecuente y la relación que nació del trabajo en común, perdurable. Si Juan Emilio Martini tomó a Panizza como modelo, fuerza es aceptar que no eligió mal, ciertamente. Como quiera que sea, la declarada admiración de Martini por su ilustre compatriota, al que consideraba una suerte de arquetipo del antiguo director-concertador, es absolutamente comprensible.

A los efectos del presente trabajo, que sólo toma en cuenta las actividades del Teatro Colón en su propia sala, Juan Emilio Martini hizo su gran debut en la temporada oficial del año 1942 con la tercera función de una versión italiana de Carmen, cuyas dos primeras funciones habían sido dirigidas, casualmente, por Héctor Panizza. En la misma temporada, dirigió El barón gitano. A partir de ese año, jamás se interrumpió la carrera de Juan Emilio Martini, tan dilatada como para que optemos por someter sus alternativas a un proceso de síntesis.

En los primeros años, Martini se limita a un repertorio de no más de cinco óperas; luego ese repertorio se va ampliando hasta alcanzar en la actualidad unas setenta óperas, de más de treinta compositores, entre los cuales, naturalmente se cuentan Bizet, Gluck, Mozart, Puccini, Verdi, Ravel, Donizetti, Massenet, Gounod, Falla, Leoncavallo, Respighi, Wolf-Ferrari, Prokoffiev, Rossini, Paisiello, Piccinni, Menotti, Stravinsky, Rota, Juan José Castro y muchos otros compositores argentinos, de los cuales dirigió no menos de diez óperas, algunas de ellas en su estreno. Entre las óperas que Martini dirigió en carácter de estreno, no debemos dejar de mencionar The Rake’s Progress, de Stravinsky.

Como puede apreciarse, Martini encaró un repertorio muy variado, poniendo a prueba su versatilidad como intérprete. Ese repertorio comprendió también varias operetas, género que cultivó con frecuencia y eficacia, dirigiendo en la sala del teatro Colón las primeras representaciones de Una noche en Venecia y La condesa Maritza. Aunque con menos regularidad, Martini se ha desempeñado también como director sinfónico con varias orquestas locales y con programas que ha elegido con mucho tacto. Para terminar, agreguemos que este maestro ha sido uno de los directores titulares de la Opera de Cámara del Teatro Colón en los primeros años de actividad de ese conjunto, con el cual se presentó también en escenarios nacionales y del exterior, incluídas las ciudades de Wáshington y Viena. Como director del repertorio corriente ha actuado en numerosas ciudades latinoamericanas: Lima, Santiago, Montevideo, Caracas, Rio de Janeiro y San Pablo,entre otras. Martini ha ocupado en dos oportunidades el cargo de director artístico del Teatro Colón.

Las Voces 

Antonietta Stella

Antonietta Stella – Soprano, Italia: Notable cantante italiana que gozó de alto prestigio internacional, a cinco años de su debut en Roma como Leonora en La forza del destino y muy joven todavía -contaba veintisiete años de edad- impresionó en el Colón por sus cualidades vocales, nada comunes. Magnífica voz lírico-spinta, extensa, potencia y sonoridad notables e inteligentemente manejadas, se plegaba tanto a la nota lírica como a la dramática. Cierta falta de homogeneidad en la emisión -un tanto dura- y en el color que pudieron advertirse en sus primeras actuaciones en el Colón, fueron desapareciendo gradualmente. Como intérprete, su ámbito era, a nuestro gusto, el repertorio verdiano. Un fuerte temperamento, la traicionaba en ocasiones, y corría riesgos imprudentes que, además restaban sugestión a su canto.

Giuseppe Campora – Tenor, Italia: Un cantante inteligente y musical, voz muy grata y buen gusto expresivo. Tenía algunos problemas de emisión y de tessitura que se reflejaban en la manifiesta incomodidad con que enfrentaba los agudos. Lo mejor, el centro de su voz. Se trataba de un cantante muy bien cotizado internacionalmente. Tuvo lucida y extensa actuación en La Scala y el “Met” de Nueva York.

Mario Sereni - Barítono, Italia: El mejor elemento, entre los cantantes del área italiana que actuaban por primera vez en el Teatro Colón, a la sazón joven e inexperto, dueño de muy buenas condiciones vocales que con el tiempo le aseguraron una carrera internacional de apreciables méritos.

Giuseppe Campora

Olga Chelavine – Soprano, Rusia: Nacida en Leningrado y egresada del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, donde estudió con Editha Fleischer, estaba llamada a hacer una importante carrera que se iniciaba en la temporada de 1943 cuando asumió el rol de Sophie en Werther y que había de prolongarse por espacio de veinticinco años. Optima música-cantante, relevante como “soubrette”, con amplio conocimiento de varios idiomas que la facultaban para desempeñarse en un vasto repertorio, Chelavine fue durante ese período un elemento insubstituible en nuestro medio.

Juan Zanin – Bajo, Argentina: Durante más de veinticinco años, este bajo argentino cumplió una labor altamente meritoria, con picos de excelencia en roles importantes, que han de serle reconocidos. La naturaleza no lo había dotado de un órgano vocal poderoso. Por el contrario, su voz era pequeña, pero de buena calidad y suficientemente dúctil. Actuó siempre como un excelente profesional y fue, en verdad, un elemento de gran utilidad para el Teatro Colón, en una cuerda tan crítica en nuestro medio.

Gian-Piero Mastromei

Gian-Piero Mastromei – Barítono, Argentina/Italia: Aunque nacido en Italia, este barítono es un artista de nuestro medio, pues aquí se formó musical y vocalmente. Egresado del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, desarrolló entre nosotros las etapas iniciales de su fructífera carrera y si bien se radicó luego en Europa, se ha mantenido estrechamente vinculado con el escenario en el cual dió sus primeros pasos artísticos y en el que con el tiempo habría de asumir los roles más importantes de su cuerda. Dotado de un órgano vocal amplio y efectivo cuyas posibilidades ha explorado al máximo; dueño además de un vigoroso temperamento que le hace descuidar a veces el uso prudente de sus medios, y de una singular vitalidad, Mastromei se ha abierto camino en la escena lírica de Europa y America, ubicándose entre los barítonos más solicitados. Por espacio de más de veinte años ha actuado en los principales teatros de ópera del mundo y sigue muy activo (Mastromei es un cantante joven todavía y su estado vocal es óptimo) (*). Su labor le ha valido honrosas distinciones. Por la naturaleza de su voz y su sanguíneo temperamento, tiene mayor afinidad con el melodrama del Ochocientos. Ello no le ha impedido destacarse en otros roles, debiendo recordarse aquí que, al promediar su carrera, como integrante de la Opera de Camara del Teatro Colón demostró poseer muy buenas condiciones de actor y una contagiosa vis cómica, cualidades que culminarían en una inteligente composición de Falstaff. (*) Comentario en 1983

Vittorio Bacciato – Barítono, Italia: Durante treinta y un años fue insustituible elemento de flanco en los elencos del teatro.

Carlos Giusti – Tenor, Argentina: Debutó este tenor argentino en 1935, desarrollando una larga y meritoria carrera como comprimario durante más de treinta años.

Jorge Ezcurra – Barítono, Argentina: Hizo su debut en 1959, siendo su actuación breve y esporádica.

Pino De Vescovi – Bajo, Argentina: Debutante que luego realizara prolongada carrera en el Colón.

Junio de 1960

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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