Eugenio Oneguin en el Colón, 1977

Eugenio Oneguin, de Piotr Ilich Tchaikovsky

Enzo Valenti Ferro
Enzo Valenti Ferro

La Ópera, Pasión y Encuentros – Los Directores – Las Voces – Editorial: Gaglianone. Artículos escritos por Enzo Valenti Ferro entre 1940 y 1989. Digitalizado y compaginado por José Castillo.

Director musical: Neeme Yarvi – Director de Escena: Oscar Figueroa – Escenógrafo: Hugo de Ana

Elenco

Gabriela Benackova (Tatiana) – Nelson Portella (Oneguin) – Virgilio Noreika (Lensky) – Lucía Boero (Olga) – Víctor De Narké (Príncipe Gremin) – Nino Falzetti (Triquet) – Sofía Schultz (Larina) – Adriana Cantelli (Filipevna) – Eduardo Ferracani, Enrique Granados y Hugo Sorrenti.

El Leitmotiv: Tatiana

Piotr Ilich Tchaikovsky
Virgilio Noreika y Grabriela Benackova, 1977

A más de seis décadas de su estreno en Buenos Aires, donde no volvió a ser representada, ‘Evgueny Oneghin’, cronológicamente la quinta ópera de las diez que compuso Pedro I. Tchaikovsky, fue repuesta por el Teatro Colón. La iniciativa es plausible porque ha puesto a consideración de un público nuevo, una obra que no era merecedora del olvido al que parecía estar definitivamente condenada y que compartía con otras pertenecientes a la misma escuela, entre ellas, su propia hermana ‘La Dama de Pique’. Claro que ello ocurría solamente en el medio local, porque en los mayores centros operísticos de Europa y los Estados Unidos, ‘Eugenio Oneguin’ (usemos, definitivamente, la grafía castellana) es representada con frecuencia.

Para el oyente argentino de la actualidad, no especialmente informado, Tchaikovsky era solamente (y no era ciertamente poco) el inspirado autor de un grupo de difundidas sinfonías románticas y de no menos románticos conciertos instrumentales. Sin embargo, Tchaikovsky no solamente incursionó frecuentemente en el género, como hemos visto, sino que algunas de sus óperas, como las mencionadas, ocupan un lugar importante en el teatro musical ruso. Tchaikovsky, amaba la ópera. En sus propias palabras, ‘Uno debería ser un héroe para abstenerse de componer óperas…Yo no poseo ese heroísmo’. Estaba trabajando en la Sinfonía en Mi Menor, cuando la famosa cantante Elizaveta Andreievna Lavroskaya, depositó en su mente la idea de una ópera basada en ‘Eugenio Oneguin’, el poema épico de Pushkin. ‘La idea me resultó curiosa, y no contesté… Después, mientras comía solo en un restaurante, recordé sus palabras y, reflexionando sobre la idea, no me pareció del todo absurda…’ La lectura de la obra de Pushkin lo decidió. Descubrió la riqueza poética del vate ruso y trabajó rápidamente en un boceto al tiempo que enviaba el poema al libretista Konstantin Shilovsky. Agudamente, descubrió también los elementos negativos que contenía la obra maestra de Pushkin, desde el punto de vista del teatro y de la música: ‘¡Qué riqueza de poesía encierra Oneguin! Contiene errores, lo sé; no ofrece posibilidades para efectos y tratamientos escénicos, pero el esplendor de la poesía, la humanidad y la sencillez expresadas en los inspirados versos de Pushkin, anulan todos los defectos’. Un mes después, confesaba: ‘Estoy enamorado de la imagen de Tatiana…Estoy inmerso en la composición de la ópera’.

Gabriela Benackova
Nelson Portella como Oneguin
Nelson Portella como Oneguin

La célebre carta de Tatiana, en la que ésta, desnudando su alma, revela cándida e inútimente su amor por Oneguin, ocupa en la ópera de Tchaikovsky, el mismo importante lugar que en el poema de Pushkin, y ha dictado al compositor, uno de los más bellos pasajes de la ópera. Además, Tatiana está permanentemente presente en toda la partitura convirtiéndose en una suerte de hilo conductor de la misma. Su psicología está magníficamente trazada. La Tatiana de la fiesta de cumpleaños, no es la misma después que las crueles palabras de Oneguin han destruído su ilusión; veinticinco años más tarde. Tatiana es la mujer madura e íntegra que sigue amando, pero asume los deberes que la retendrán junto a su esposo, el Príncipe Gremin.

Tchaikovsky, sigue cuidadosa, amorosamente el drama interior de Tatiana y también lo hace, quizás con menor amor, con el del byroniano Oneguin, una naturaleza conflictiva en la que se dan cita sentimientos y reacciones encontrados. Oneguin parece un mero, indiferente, fatuo espectador de la vida y no parte de ella. Cuando rechaza a Tatiana, no piensa en el daño que causa sino en sí mismo. Cuando acepta el duelo con el ofendido Lensky, lo hace cumpliendo con una obligación social a la que no puede eludir, sin pensar que al secundar la frivolidad de Olga, hería ya de muerte a su amigo. Su conciencia estaba aletargada, una cuota de cinismo parecía estar detrás de cada una de sus actitudes. Al cabo de un prolongado exilio, también Oneguin ha madurado. Ahora aspira al amor de Tatiana, aunque sigue pensando sobre todo en sí mismo cuando le propone huir con él.

Virgilio Noreika

Personajes como Lensky y Olga y como el propio Príncipe Gremin, al cual Tchaikovsky ha confiado una de las grandes páginas vocales de la obra, están igualmente definidos a la perfección desde el punto de vista musical. Este es uno de los grandes méritos de la obra, una auténtica ópera desde el punto de vista de la estructura, a pesar de que su autor prefirió denominarla ‘Escenas Musicales’. Esos méritos son sin dudas superiores a las limitaciones surgidas, evidentemente, de la falta de teatralidad de la obra de Pushkin, a la que aludía Tchaikovsky en el párrafo de una carta que hemos reproducido anteriormente. Por ejemplo, el largo intervalo que va de la escena del duelo al acto final (más de veinte años) resfría la acción.

Eugenio Oneguin en el Colón
Eugenio Oneguin en el Colón

Si solamente _brevitatis causa_ tuviéramos que señalar los valores más destacados de la obra, mencionaríamos la brillante escritura sinfónica, la riqueza de la invención melódica, teñida con frecuencia de melancolía cuando no de cierta tristeza y, por último, la pintura musical del ambiente y las costumbres de la sociedad rusa de la época. La música de la primera escena, con intervención coral, tiene indiscutible carácter regional. Tchaikovsky no formó parte del grupo de los ‘Cinco Grandes’ que bregaron por una música nacional. El hecho de que el autor de ‘Eugenio Oneguin’ tuviera puesta su vista y su mente en la música de Europa Occidental, no lo llevó a cortar con sus raíces ni mucho menos. Por eso se llamó a sí mismo ‘Ruso, ante todo’. Por eso, proclamó una y otra vez ‘Soy tres veces ruso’. Y esto, ‘Eugenio Oneguin’ no lo desmiente. ‘Oneguin’ es una ópera de empinado interés musical. El hecho de que se trate de una ópera inequívocamente romántica, sentimental si se quiere no significa que apele a un sentimentalismo epidérmico. Por el contrario, en todo momento la música es de una sana, noble expresividad. Personalmente, confesamos nuestras preferencias por ‘La Dama de Pique'; pero este no es el tema de esta nota.

La versión

La exhibición de Eugenio Oneguin en el Teatro Colón, cantada en el idioma original, tuvo notable interés musical gracias a un director de orquesta que supo extraer de la partitura todo cuanto de valioso contiene en materia sinfónica y expresiva. La orquesta del joven maestro estoniano Neeme Yarvi, tuvo calidad sonora, intensidad expresiva y vuelo lírico. Además, supo mantener el debido equilibrio con el escenario, en el cual la soprano checoeslovaca Gabriela Benackova (Tatiana) y el tenor ruso Virgilio Noreika (Lensky), cumplieron actuaciones de primer orden.

Nelson Portella
Nelson Portella

Por la calidad y el carácter de su voz, el barítono brasileño Nelson Portella (un buen Figaro), no es el cantante ideal para el rol del título. Sin embargo, justo es destacar que puso el mayor empeño para salir del compromiso decorosamente. Víctor De Narké (el Príncipe Gremin), cantó con belleza vocal y dignidad expresiva su difícil aria; Lucía Boero, fue una graciosa Olga, y Nino Falzetti un característico Triquet. Apreciable la labor de Sofía Schultz, Adriana Cantelli (Larina y Filipevna, respectivamente), Eduardo Ferracani, Enrique Granados y Hugo Sorrenti.

El lado negativo de la representación fue responsabilidad del director de escena Oscar Figueroa, quien se anotó algunos aciertos que no alcanzaron a compensar el cúmulo de arbitrariedades y errores de concepto en los que incurrió con la colaboración del escenógrafo Hugo de Ana, y que tuvieron su máxima expresión en la escena de la alcoba de Tatiana y en el final con la omisión caprichosa de un lógico cambio de escena. Sobre la idea de hacer bailar al Coro, no vale la pena detenerse en comentarios. Naturalmente, lo mejor del Coro no residió en su capacidad para bailar polonesas y mazurcas, sino en la forma por todo concepto encomiable como cumplió su tarea específica, con la prudente guía de Alberto Balzanelli.

Noviembre de 1977

El Director

Neeme Yarvi,  Tallín, 7 junio 1937

Maestro Neeme Jarvi

Los datos biográficos de Neeme Yarvi que consultamos, nos informan que el hoy el destacado director de orquesta estoniano hizo su debut musical a los cuatro años de edad ejecutando piezas para xilofón. Nunca hemos concedido demasiada importancia (tal vez sea nuestro error) a estas manifestaciones de precocidad que pueden comprobarse en muchos niños no destinados, precisamente, a la música; pero lo cierto es que Neeme Yarvi, cuando finalizó sus estudios, obtuvo sendos diplomas como “ejecutante rítmico” y como director de coros, en la Escuela Musical de Tallin, ingresando luego al Conservatorio de Leningrado para seguir un curso de dirección orquestal. Tuvo allí el privilegio de que lo tomara bajo su tutela ese magnífico director de orquesta que es Evgueny Alexandrovitch Mravinsky. Luego de haber actuado en Estonia, donde dirigió ópera y ballet, se presentó en el Kirov de Leningrado dirigiendo Carmen. También actuó entonces al frente de la Filarmónica de esa ciudad con un concierto cuya obra principal era la Quinta Sinfonía de Prokoffiev. En 1963 se presentó en Moscú, con éxito consagratorio. En 1971 obtuvo el premio máximo en el Concurso para directores de orquesta, de Roma. En la actualidad, Neeme Yarvi es un profesional ventajosamente conocido en los centros musicales de Europa, los Estados Unidos y el Canadá. También se ha presentado en el Japón.

Posee un ecléctico repertorio sinfónico, que no excluye a los compositores que podríamos llamar clásicos de la música contemporánea, como Schönberg, Honegger, Franck Martin y otros, y en el repertorio operístico se ha medido con obras que van de Mozart a Verdi y Strauss. La actuación de Yarvi en el Teatro Colón se limitó a la dirección musical de Eugenio Oneghin, de Tchaikowsky, y a un concierto sinfónico con la Orquesta Estable del Teatro. Neeme Yarvi prosigue su carrera en los Estados Unidos, donde se ha radicado.

Las Voces

Gabriela Benackova, Soprano, Checoeslovaquia: Una espléndida sorpresa deparó el debut de esta soprano lírica checoslovaca, joven y magníficamente dotada, a la cual no se ha vuelto a escuchar en el Teatro Colón. Había iniciado su carrera en Praga en 1970 como Natasha en Guerra y Paz. Miembro de la Opera Nacional Checa, desarrolló un gran repertorio con óperas de Janacek, Smetana, Dvorak y Tchaikowsky. A partir de su debut en Dublin en 1975, con La novia vendida, comenzó a hacerse conocer en Europa, debutando en Berlin en 1976, en Munich en 1977, en Viena en 1978 y en Covent Garden en 1979, es decir, dos años después de su presentación en el Teatro Colón. Altamente conceptuada, posee una bella voz, llena de esmaltado timbre y fácil proyección, entera y con homogénea respuesta sonora en toda su extensión y, además un canto sensitivo y cálido. Actriz sobresaliente, por otra parte.

Víctor de Narké
Víctor de Narké

Nelson Portella, Barítono, Brasil: Un barítono lírico brasileño que posee muy buenas aptitudes, las que le han permitido realizar una estimable carrera internacional. Dueño de un material vocal de buena calidad que emplea con suficientes recursos técnicos, es musical y canta y actúa con buen gusto y apropiado estilo.

Víctor De Narké, Bajo, Argentina: Debutó como un oficial en Madama Butterfly. Estaba llamado a desempeñar un importante papel en tres décadas de actividad lírica desarrollada en el Teatro Colón. Dotado de un interesante patrimonio vocal, con graves de bella resonancia -digamos desde ya que no se trata de un bajo agudo- , fuerte musicalidad y dueño además de una gran capacidad de estudio y una notable facilidad para fijarse los roles; capaz de cantar en varios idiomas, con seguro conocimiento de los mismos, Victor De Narké ha sido por mucho tiempo el bajo titular del Colón para innumerables roles del repertorio alemán y del francés. Considerable ha sido su participación en óperas italianas y también ha cantado otras en ruso, inglés y polaco.

Lucía Boero, Mezzosoprano, Argentina: Estudió en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Se desempeña como docente en dicho Instituto. (Agregado de El Apasionado)

http://www.der-neue-merker.eu/wp-content/uploads/2012/12/Nino_Falzetti.pngNino Falzetti, Tenor,  Italia: Este tenor italiano se radicó en nuestro país actuando en el Teatro Colón durante veinticinco años. En ese dilatado período dio muestras acabadas de profesionalidad, natural y rica musicalidad y fina sensibilidad como intérprete. Tenor lírico, abordó una variada gama de roles. Fue siempre una garantía de solvencia y seguridad artística. Voz de relativo caudal, no muy timbrada, era un fino cantante. Siempre correcto en los roles más expuestos, era un comprimario de lujo en los secundarios. Cuando a partir de 1968 fue incorporado al elenco de la Opera de Cámara, obtuvo éxitos como tenor característico. Era un comediante nato. Falzetti continúa activo en escenarios nacionales y extranjeros (1982).

Sofía Schultz, Soprano, Argentina

Adriana Cantelli,  Soprano,  Argentina: Nombre en arte de Aurelia María Schmachtl. Mezzo soprano debutante como Fortuna en el estreno de Don Rodrigo, de Ginastera, sus medios pudieron ser apreciados dos años más tarde, aunque todavía en forma limitada, cuando cantó el rol de Fattoumah en Marouf y luego con la Hostelera, de Boris Godunov. Pero la verdadera dimensión de sus recursos vocales y dramáticos se reveló recién en 1973, cuando encarnó a la protagonista de Medea, de Claudio Guidi-Drei que se ofrecía en calidad de estreno. Caudal, musicalidad, seguridad, valentía y vitalidad para enfrentar a un rol de tremendas dificultades, y un temperamento dramático que no se le conocía. Fuera de una Azucena de El Trovador, se orientó después definitivamente hacia los roles de carácter.

Eduardo Ferracani, Bajo, Argentina: Debutante que luego realizara prolongada carrera en el Colón.

Enrique Granados, Barítono, Costa Rica: Luego de haber actuado como alumno del Instituto Superior de Arte en roles menores, cantó su primer rol expuesto. Fue un útil elemento de apoyo mientras residió en la Argentina.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.