Aída, de Giuseppe Verdi

Teatro Avenida. Función del jueves 22 de agosto de 2013

Antes que nada tengo muchas ganas de agradecer. Agradecer que alguien se tomara el trabajo de pensar en la manera de hacer esta obra y que a pesar de todas las dificultades lo llevara a cabo. Agradecer que organizaran la puesta de esta ópera extraordinaria de Verdi y que alguien pensara en la mejor forma en que se podía hacer, la gente que debía participar, el escenario en que debía hacerse, los intérpretes que podían cantarla y muchas otras cosas, innumerables, que formaron parte del espectáculo. Agradecer la forma en que todos encararon su trabajo, con todo su talento puesto al servicio de la obra y muy especialmente que siempre pensaran en nosotros, el público, con todo lo que eso significa.

Ahora sí, el comentario. Aída en sí es una gran belleza, una obra maestra, una verdadera obra de arte. El escenario, casi vacío en la inteligente puesta de Eduardo Casullo, lució apenas adornado con bandas con inscripciones egipcias a los costados y con un fondo de un fulgurante color rojo con figuras típicas del antiguo Egipto. Eso dio lugar, espacio, para que entraran todos los miembros de los coros y del ballet. Nada menos que 8 protagonistas principales, cuatro coros distintos (16 sacerdotisas, 19 sacerdotes, 27 prisioneros y 31 miembros del pueblo), 6 figurantes y las 13 chicas que formaban el Ballet Surdanza. Sí, nada menos que 120 personas en escena. Si hubiese sido en el escenario del Colón, igual hubiese habido problemas para colocarlos. En el Avenida, esto ha sido milagroso.  En el foso, 42 músicos estupendos dejaron todo tocando una bellísima partitura con un sentimiento y una fuerza vital incomparables. Nunca escuché una orquesta que sonara de esa forma en la sala del teatro Avenida.

La función: Un primer acto en el cual se plantea el drama de la protagonista, hija de Amonasro, rey de Etiopía, esclava en Egipto, naciones que no tardan en entrar en guerra. Aída, enamorada de Radamés y correspondida por el primer general de Egipto, se encuentra en una grave encrucijada: su amor o su patria. Para colmo, Amneris, hija del faraón, es su rival en el amor. Un segundo acto monumental, con los coros cantando a viva voz ocupando no solamente el escenario, sino también varios palcos y los costados de la platea, haciendo un efecto sonoro extraordinario. Egipto gana la guerra y el drama se desencadena. En el tercer acto, Amonasro, hecho esclavo pero ocultando su identidad, convence a Aída de preguntarle a Radamés la ruta del ejército egipcio, para aplastarlo con el ejército etíope. Radamés cae en la trampa y revela el gran secreto de estado. Los dúos Aída-Amonasro y Aída-Radamés son sublimes. En el cuarto acto se consuma la desgracia de Radamés, condenado por traición a morir en una tumba. Pero una vez que es trasladado a la que va a ser su tumba en vida, se encuentra sorpresivamente con Aída,  deseosa de compartir su trágico destino, y al final mueren juntos y abrazados.

La actuación de los cantantes fue muy buena. Muy bien Haydee Dabusti como Aída, con una hermosa voz, que aunque tuvo problemas en un par de agudos muy difíciles del tan temido tercer acto, cantó con gran soltura y belleza. Excelente Edineia Oliveira, la mezzo brasileña, con gran carácter para la actuación y una voz avasallante, poderosa, como corresponde a la despechada Amneris, archirrival de la protagonista. Sobrepasó a todos incluso con los coros cantando a viva voz y con la orquesta vibrando. Admirable la voz de Juan Carlos Vasallo, un sorprendente Radamés que en actuación fue muy correcto, pero que con su voz logró milagros. Digo esto porque al escucharlo da la impresión de tener una voz bella pero algo frágil con la cual canta muy bonito pero parece que no va a llegar a las notas más altas. Luego, no solo llega, sino que lo hace con una potencia inusitada, que sorprende y emociona. Daban ganas de aplaudirlo antes de que termine. Luego de haberlo visto haciendo un soberbio Scarpia en Tosca, el Amonasro de Enrique Gilbert Mella fue otra de sus grandes actuaciones. Es un excelente cantante, pero actuando es monumental, comprometido, ardiente, vehemente. Un placer haberlo visto nuevamente. El Rey de Cristian de Marco, a quien disfrutamos haciendo del fugitivo Angelotti en Tosca el año pasado, fue casi perfecto. Con un estupendo atuendo, brilló con luz propia. Su voz es muy sonora y poderosa, estupenda para el papel, y su actuación fue portentosa. El Ramfis de Maximiliano Michailovsky fue más que correcto. Muy meritorio siendo un cantante quizás más preparado para cantar a Mozart. Hizo un perfecto Masetto en el Don Giovanni del 2012, un buen Spretcher en La Flauta Mágica, y un buen don Bartolo en El Barbero de Rossini, este año. Pero redondeó una buena actuación en lo que supongo debe ser su primer Verdi. Hermosa y seductora la voz de Rebeca Nomberto en el papel de Shapenupet. Una voz que nos dejó a todos encantados, deseando que pronto le den un papel más importante. Finalmente Pablo Gaeta compuso un correcto mensajero.

La actuación de las chicas del ballet Surdanza fue muy atractiva, expresiva y agradable. Sin ser grandes prodigios, se las arreglaron para hacer deliciosos movimientos coreográficos dentro del poco espacio de que dejaban los miembros de los coros y los solistas. Halagaron a la esbelta música de Verdi, y eso no es poco.

Los coros fueron el alma de gran parte de la obra. Sonaron potentes, afinados, conmovedores, amenazantes, y muchas cosas más, dependiendo del correr del libreto. Fue conmovedor escuchar tan fastuosas voces en distintas partes de la sala, aprovechando al máximo las posibilidades del teatro. Fue un gran trabajo el del director de escena, que tuvo que coordinar perfectamente el movimiento de tantas personas junto con la música para poder salir airoso en su cometido. Fue algo absolutamente brillante.

El director de la orquesta, Ronaldo Rosa De Scalzo, dirigió con mano sabia, destacando a los solistas, derrochando virtuosismo y sacando un sonido espectacular de sus 42 músicos, bastante poco para la partitura de esta obra, pero puedo asegurar que casi no se notó. En todo momento estuve atento a la música y fue una actuación brillante, superlativa. Verdi estaba en su plena madurez cuando la compuso, y logró hacer una obra de arte monumental en lo que a música y drama se refiere. Posiblemente sea su mejor obra, eso sí, compitiendo con Otello, Don Carlo, la Traviatta y alguna más.

Un gran acierto el vestuario, quizás demasiado humilde el atuendo de Aída, si bien es una esclava, por supuesto, pudo haber estado más atractiva. El resto, muy meritorio, un regalo para la vista.

En fin, luego de la suspensión del jueves pasado por la enfermedad del tenor Andrea Park, pensé que esta última función no sería tan buena. Me equivoqué, y estoy muy feliz por eso.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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