Revolución Heracliana. Bizancio en movimiento.

Bizancio se pone en movimiento. 610 a 717

Este es un extracto de “Historia Breve de Bizancio” editado por Editorial Sílex, de España. También se puede adquirir el E-Book en Amazon, aquí

Con la revolución heracliana Bizancio comienza una nueva era, que al principio estuvo sumida en una gran oscuridad, como esperando pacientemente el ataque persa y ávaro-eslavo. Heraclio tardó muchos años en doblegar el espíritu rebelde de la gente de la capital, acostumbrada a enfrentarse con los emperadores. La rebeldía del ejército también debió ser reprimida con dureza. Mauricio había sufrido sus consecuencias y lo había pagado con su vida y la de su familia. Cuando los soldados bizantinos entendieron que si no volvían a la disciplina militar pronto desaparecerían, todo comenzó a funcionar mejor. Pero el proceso duró varios años, al menos diez. Luego se produjo la guerra de la reconquista, para lo cual Heraclio contó con la inapreciable ayuda de los soldados armenios. Fue agotadora y sacrificada. Se triunfó, pero a un precio que no se podía mantener. La sangría de buenos soldados fue enorme, y por otra parte los territorios reconquistados parecían no estar felices de volver a ser parte del imperio. Sabemos de las diferencias entre las dos regiones bizantinas bien definidas. Oriente seguía siendo monofisita, Antioquía y Alejandría seguían siendo focos de rebeldía contra Constantinopla y Roma no cejaba en su intento de empequeñecer a la Ciudad. Pero de todas maneras el triunfo fue festejado de manera grandiosa y la victoria hinchó los pechos de los ciudadanos bizantinos como en la época de Justiniano. Sin embargo, en esta era de claroscuros, una vez más la oscuridad invadiría el corazón del imperio. Un nuevo enemigo, el Islam, se apoderó con la velocidad de un rayo de las provincias monofisitas. Una tras otra las ciudades fueron cayendo en manos de los nuevos dueños de Siria y Palestina, que pronto se dirigieron a Egipto para continuar su avance por Africa. Mientras tanto, el agotado reino sasánida fue derrotado de manera fácil y rápida por los ejércitos árabes. El mundo modificó su aspecto. Persia desapareció por completo y Bizancio fue mutilado. Pero Constantinopla, que soportó el ataque de ávaros y persas, resistió también el ataque islámico. La fuerza de los ejércitos bizantinos venció, con Constantino IV a la cabeza, una invasión que estaba dirigida a ocupar todo el territorio imperial y convertirlo a la fe de Mahoma. La guerra en general fue derrota, es cierto, pero fue victoria por el temple demostrado, por el coraje puesto en la lucha y porque, a pesar de las contrariedades, Bizancio no desapareció, sino que se transformó para poder sobrevivir. En esta época se crearon los themas, provincias dirigidas por una autoridad civil y militar, donde los campesinos alimentaron con sus hijos fuertes y valientes a un ejército regular con el que defendieron sus tierras. Una nueva organización, que imitaba a los exarcados creados por Mauricio para evitar la caída de los territorios occidentales, llenaba todo el espacio bizantino. Estas unidades se movían rápidamente en defensa de sus tierras. Los árabes fueron frenados en parte por la cadena montañosa del Tauro, pero la principal responsable de la paridad de fuerzas en Asia Menor fue la nueva organización bizantina. Y la enorme fe de la gente. Luego de sufrir la pérdida de parte de su territorio, la gente comenzó a convertirse en un pueblo más homogéneo, con una misma creencia, con un mismo Dios, con la Ciudad líder en todo sentido sin discusión y un emperador considerado por todos como el representante de Dios sobre la Tierra. En otras palabras, la eliminación de las provincias monofisitas tuvo como consecuencia primaria la consolidación de un imperio con menos territorio pero con habitantes que profesaban la misma fe. Los sucesores de Heraclio fueron hábiles y competentes, y tanto Constante II como Constantino IV hicieron lo posible para mantener el territorio heredado en su máxima extensión. Constante dio mucha importancia a occidente, aunque fue muy cruel e impopular entre los aristócratas, y murió asesinado en Sicilia. Luego Constantino IV fue héroe de la defensa de Constantinopla contra el Islam en el largo sitio de 674-678 dirigido desde las costas de Asia Menor, donde los árabes habían establecido bases importantes como la de Esmirna. En esos cuatro años el emperador barbudo pudo demostrar que Bizancio no consideraba siquiera la posibilidad de caer ante el Islam. Pero este periodo de luces y sombras volvió a quedar ennegrecido por los crueles actos de Justiniano II, un emperador capaz e inteligente pero que sucumbió, ya a fines del siglo VII, a la locura del poder ilimitado. Duros enfrentamientos entre partidarios de distintos emperadores ensombrecieron el final de la época, que terminó con la toma de poder por parte de León III. Este comenzaría con otra etapa, tan contradictoria y dificultosa como la presente, pero completamente distinta.

Revolución Heracliana
Códex Rossanensis o Código Púrpura de Rossano. Siglo VI

En lo que respecta a la cuestión religiosa, Heraclio comenzó por tomar el problema como algo serio, ordenando un nuevo credo único, que parecía tomar algo de la ortodoxia y algo del monofisismo. Fue un grave desengaño. Incapaz de entender que el verdadero problema tenía connotaciones políticas además de religiosas, no se dio por vencido en intentó una nueva fórmula. Era necesaria una unión urgente del pueblo bizantino, pero el problema requería una solución política, no religiosa. Hasta que no se reconociera la voluntad de los habitantes de las principales ciudades de Siria, Palestina y Egipto, Constantinopla no podría imponerles su forma de sentir la fe. Tanto el monotelismo como el monoenergismo fueron un fracaso total. Solamente lograron exasperar a Roma, y enloquecer de rechazo tanto a monofisitas como a ortodoxos. Hubiese sido más fácil reconocer el credo monofisita como un credo oficial y dejar al pueblo de oriente sentir a Dios como ellos querían. Pero Heraclio estaba presionado por Roma y por la iglesia ortodoxa intransigente de Constantinopla. El sueño de Heraclio, el mismo que había tenido Justiniano, un solo pueblo, una sola fe, parecía imposible. Pero la política religiosa fue por lo menos torpe e ingenua. Cuando el Islam invadió las provincias orientales, sus habitantes sin dudas se defendieron a sangre y fuego. Pero una vez que los invasores establecieron sus dominios, tuvieron la inteligencia de dejar que cada habitante eligiera su credo y lo practicara libremente, con las restricciones obvias que imponen los gobernantes. Pero no molestaron a los cristianos monofisitas con persecuciones o nuevos inventos de fe, cosa que seguramente fue agradecida por el grueso de la población. Sin dudas eso de la conversión inmediata de casi todos los cristianos al Islam es una exageración de los historiadores. Sin embargo, también es muy probable que sea cierto lo del agradecimiento del pueblo cristiano oriental hacia el árabe vencedor por dejarlo en paz. Aunque quedaran como ciudadanos de segunda. Lo cierto es que un siglo después de la conquista la población de las provincias orientales del imperio bizantino ya era mayoritariamente islámica. De allí salieron tanto funcionarios importantes como comerciantes, guerreros y administradores que le dieron al Islam de los omeyas una fuerza incomparable. Bizancio fue una fuente inagotable de recursos para el Islam en temas filosóficos, médicos, tácticos, navales, que los árabes aprovecharon en su beneficio cuando su enorme y nuevo territorio comenzó a organizarse y su población se mostró deseosa de adquirir una cultura y sociedad importantes.

Esta fue la época de los grandes cambios en la administración. Ya había efectuado una serie de medidas el emperador Mauricio, cuando transformó los territorios occidentales de Rávena y Cartago en exarcados comandados por una autoridad que reunía el mando civil y militar. En esta fase de la historia bizantina se crearon los themas, el auténtico intento bizantino de mantener en su poder los territorios de Asia Menor y Europa dándole tierras a los soldados, otorgándoles el privilegio de defender lo suyo formando parte de un ejército especial de defensa. Los soldados que lograban obtener de esta forma algunas parcelas de tierra formaban parte del ejército que defendía esas mismas tierras. Con ello el imperio logró que su ejército estuviera formado por distintos destacamentos afincados en las ciudades fronterizas y en cada ciudad de cada thema. Esto transformó al tradicional ejército romano en una máquina mucho más efectiva para defender las amenazadas fronteras, uno de sus puntos débiles. Por eso cada thema tenía su propio ejército y su propio enemigo. En Asia Menor el Islam, en los Balcanes los eslavos, búlgaros, croatas y serbios recién llegados, en Italia también los árabes y los lombardos y en África las tribus autóctonas, los bereberes y luego el Islam. En esta época los themas eran enormes, y sus ejércitos fueron creciendo con los años. Opsikión, Tracesios, Anatólicos y Armeníacos eran los más extensos. Con el tiempo estos ejércitos se hicieron tan fuertes que poco a poco los emperadores fueron reduciendo sus territorios, dividiéndolos y creando nuevas unidades. Pero en este periodo los themas eran muy grandes y los ejércitos de cada uno de ellos fueron tomando una particular importancia en la vida interna del imperio, llegando a ser fundamental el apoyo de uno u otro thema para coronar a un emperador. Asimismo, la jerarquía de estas divisiones estaba dada por los nuevos pueblos y aldeas asentadas en sus territorios, que aportaban impuestos fundamentales para el mantenimiento del aparato estatal. Estos nuevos poblados eran cada vez más numerosos e importantes, y tanto su actividad económica como su  aportación al tesoro imperial convirtieron a estas unidades en la base del nuevo estado bizantino. Se podría decir que los grandes terratenientes del siglo VI desaparecieron y que sus tierras fueron, en parte, ocupadas por aldeas campesinas que se transformaron en la base del estado.

En lo que concierne a la justicia, siguió vigente el derecho de Justiniano. Sin embargo, las nuevas comunidades de campesinos hicieron necesaria la promulgación de muchas nuevas leyes que debían regir la vida rural. En efecto, en los themas, además de las ciudades, que no perdieron su vigor en esta época ni en las siguientes, se produjo un auge de la vida campesina, con base en las aldeas. Los pueblos de campesinos eran formados por gente libre, que pagaba regularmente los impuestos y que se transformó en la base del estado. Los grandes latifundios de la época anterior habían desaparecido con las guerras y las pérdidas de territorios, y esto había dejado paso a un sinfín de nuevos pueblos que se asentaron tanto en Asia Menor como en los Balcanes, de a poco. Muchas veces se recurrió a traslados de grandes cantidades de gente, incluyendo grandes masas de eslavos que el imperio intentaba convertir al cristianismo y a su forma de vida. Esto debió estar regulado necesariamente por un conjunto de leyes distintas de las de Justiniano. No se sabe a ciencia cierta si el Nomos Geogikos, la Ley Agraria, fue escrito durante este periodo. Pero sí se puede afirmar que muchas de sus disposiciones debieron comenzar su vigencia en esta época. También es muy probable que el derecho marítimo haya sido compilado en este periodo, y si no fue así, no deja de ser verdad que muchas leyes con respecto a este tema fueron promulgadas en el siglo VII.

Revolución Heracliana
Códex Rossanensis

En cuanto a la vida militar, se puede afirmar que la marina imperial bizantina fue una creación de la dinastía heracliana. Bajo los anteriores emperadores Bizancio había gozado de una superioridad absoluta en el Mediterráneo, y no sintió interés en formar una verdadera flota de guerra. Por supuesto la hubo y se utilizó, pero con escasos resultados o como transporte de tropas. Ahora, con los árabes en el mar como un peligro al acecho, Bizancio debió esmerarse en construir una flota competente. También debió considerar que con los caminos terrestres bloqueados por los enemigos podía trasladar sus tropas por caminos marítimos de manera más rápida y eficiente. Lo hizo muy bien. La flota fue un factor fundamental en la derrota de los árabes durante el gobierno de Constantino IV. Tanto fue el poder acumulado por la marina, que llegó a usurpar el trono derrotando al emperador Leoncio en 698 e incluso nombró emperador a su máximo miembro, el almirante Apsimar. También en el año 711 fue la marina la que arrojó del trono al desalmado Justiniano II. Luego fue esencial en la defensa de la capital en 717, ya con León III en el trono.

Si hablamos del comercio, podemos decir que las guerras largas siempre interfirieron con el libre traslado de mercaderías. Este periodo, atiborrado de guerras, asaltos, asedios, batallas, sitios, pérdida y recuperación de ciudades y territorios, no fue la excepción. Occidente se hallaba todavía inmerso en el caos y su nivel comercial no tenía demasiada importancia. Oriente estaba sufriendo una gran transformación y el Islam interfería con el comercio bizantino, siendo su enemigo mortal. Sin embargo, el comercio interior de productos agropecuarios tuvo un auge enorme, debido al carácter de gran productor agrícola adquirido por el imperio gracias a los nuevos campesinos libres. Un intenso tráfico de mercaderías del campo atravesaba los caminos internos del imperio en busca de nuevos compradores. La gente comenzó a producir más para poder vender sus excedentes y así poder pagar los altos impuestos y tener suficiente para volver a sembrar y vivir más o menos dignamente. En gran parte del territorio los latifundios de las grandes familias habían desaparecido y una multitud de nuevos pueblitos se ganaba su lugar como la nueva base del imperio. Y el comercio interno se hizo mucho más importante.

No fue ésta una época pletórica de hechos culturales. Las guerras ensombrecieron el panorama, y no hubo mucha producción de obras importantes en el periodo. Solamente se han conservado algunos libros, algunos iconos, y poca cosa más. Se dice que éste periodo es oscuro, por las pocas fuentes que existen para su estudio. Como ejemplo podemos decir que las fuentes principales son la crónica de Teófanes, que fue escrita a principios del siglo IX, y el relato del patriarca Nicéforo, de la misma época. Es lógico, con la violencia ganando al imperio entero no se puede escribir demasiado. Y si se escribió, se perdió en el tiempo y en la destrucción de la guerra gran parte de esa producción. Aún así, algunas obras arrojan luz sobre la época, e incluso hay obras morales y vidas edificantes de santos que han tenido gran repercusión en la edad media y que fueron escritas en este periodo. Por ejemplo, la “Vida de Simeón el Loco” escrita por Leoncio de Neápolis, una de las Vidas de Santos más originales y bien escritas, y la “Vida de Juan el Limosnero”, compuesta por Leoncio de Neápolis junto con Juan Mosco. Este último también compuso “El Prado” o “Nuevo Jardín”, una serie de relatos virtuosos que cuenta la vida de los monjes de la época de las invasiones árabes. También un autor anónimo escribió la “Vida de Teodoro de Sición”.

En cuanto a la teología y la filosofía, un gran autor vivió en este siglo. Se trata de Máximo el Confesor (580 – 662), quien compuso las siguientes obras, entre otras: “Tratado acerca del alma”, “Cuestiones para Talasio”, “Capítulos sobre el amor”, “Seis Capítulos Teológicos”, “El Mistagogo”, “Las diversas aporías de San Dionisio” y “de San Gregorio Niseno”, “Preguntas y Respuestas”. También fue autor de varias cartas al arzobispo Juan y a Marino, y de comentarios a pasajes difíciles de San Dionisio y de San Gregorio Niseno.  Máximo fue un hombre prolífico, que se ocupó del alma y de la mente de los hombres, con escritos muy profundos. Acusado de hereje por Constante II, a quien no le gustaban sus escritos, fue asesinado en 662, luego de un largo martirio. Pero tuvo un continuador, Anastasio el sinaíta, quien compuso un “Manual de Conversación”. Por esta época compuso Juan de Cárpatos sus “Tratados Ascéticos”. No perdía importancia el ascetismo aunque comenzaba su decadencia, con la pérdida de Siria y Egipto.

No faltó tampoco un poeta y relator de las obras de Heraclio. Se trató de Jorge de Pisidia. Compuso poemas sobre las hazañas de Heraclio contra ávaros y persas, compilados en un libro denominado “Heraclias”, la obra “In restitutionem S. Crucis”, por la restauración de la Santa Cruz a Jerusalén, sobre la expedición del emperador Heraclio contra los persas, sobre la ofensiva de los ávaros contra Constantinopla en el año 626 y sobre la derrota de los persas por intercesión de la Santa Virgen. También escribió la “Heraclíada”, panegírico en honor del emperador, con ocasión de la victoria final de éste sobre los persas. Tuvo tiempo y talento también para componer el “Hexamerón” (los “Seis Días”), poema didáctico, filosófico y teológico, que trata de la creación del mundo y alude a los sucesos contemporáneos. Fue un autor prolífico en una época difícil.

En cuanto a la historia, siempre tuvo un destacado lugar entre los escritores bizantinos. Juan de Tesalónica, que vivió hasta 630 aproximadamente, escribió “Milagros de San Demetrio” e “Historia de las invasiones eslavas en los Balcanes”. Por él se conoce una época en la el pueblo eslavo desplazó a los bizantinos sin que éstos pudieran defenderse. Una segunda parte de los Milagros fue escrita a finales del siglo VII por un continuador desconocido. Es también una parte muy significativa, mientras que una tercera, escrita por otro personaje anónimo, no parece ser importante. Por su parte Juan de Nikiu, obispo de Egipto, relata su “Crónica Universal”, de la cual solamente se conservan unos fragmentos. Pero es fundamental para el estudio de los primeros años de Heraclio. Elio, obispo de Nísibe, también relata una “Crónica”, muy útil para el estudio del emperador Heraclio. Sebeos, un obispo armenio, escribe la “Historia de Heraclio”, la cual se extiende hasta 661, abarcando una buena parte del gobierno de Constante II. El “Cronicón Pascual”, escrito por un sacerdote anónimo, relata los sucesos desde Adán hasta 627. Muy útil para el estudio desde Mauricio hasta Heraclio. Finalmente un Pseudo Mauricio, que nada tendría que ver con el emperador y que habría vivido bajo el gobierno de Heraclio, compone un tratado de táctica militar, el “Strategikón”. Se han rescatado varias obras, entre ellas algunas fundamentales para la historia bizantina. Pero muchas otras obras se han destruido y no llegaron hasta nuestra época, hecho que debe lamentarse.

El hombre

Revolución Heracliana
Códex Rossanensis

El hombre bizantino se vio cercado por todas partes. Al principio todos los hombres en edad vital deben haber sido presionados para ingresar en el ejército aún en contra de su voluntad, porque Heraclio debía salvar lo que quedaba del imperio. Y los soldados debían soportar la carga de campañas muy sacrificadas bajo la pena de dejar de existir como tales, si es que se negaban a hacerlo. Porque el imperio estaba por desaparecer. Pocas actividades aseguraban a un hombre joven el poder salvarse de tomar las armas. Entre ellas estaba la iglesia y los monasterios, y por supuesto, la administración. Pero ésta última no era de fiar, ya que nada impedía al emperador tomar a sus funcionarios y enviarlos hacia la guerra. Incluso si no se iba en campaña contra el enemigo, alguien debía defender las murallas de la Ciudad cuando éste se acercaba a ella. Y la iglesia sufrió con la confiscación del oro y las joyas para salvar al imperio. Muchas tierras ocupadas por monasterios y muchos terrenos que la iglesia tenía a su nombre se perdieron en manos del enemigo. Ya no era seguro estar en ningún lado. Incluso luego de que la amenaza persa fuera derrotada, el nuevo enemigo, el Islam, se encargó de que el sufrimiento fuese igual que antes. El hombre bizantino perdió su categoría en los territorios conquistados, y pasó a ser ciudadano de segunda. A menos que se convirtiese al Islam, claro. Con el tiempo esta fue una buena idea para poder progresar y lograr tener hijos en la administración del nuevo orden islámico. O colaborar con la nueva flota árabe para distinguirse y ganar algo de dinero. Hispania se perdió también, y los bizantinos huyeron hacia África. Italia no era tampoco una zona de paz. Los lombardos no dejaban de molestar en las zonas bizantinas, y el imperio no podía ayudar. En los Balcanes, serbios y croatas se afincaron definitivamente, relegando por el momento a los bizantinos, y los búlgaros al sur del Danubio hicieron que el hombre bizantino se sintiera extranjero en sus propias tierras. En la capital, la inquietud por los ataques árabes era permanente, se vivía con miedo y con pocos recursos. Solamente cuando el hombre bizantino asumió que debía ser fuerte y que la época que vivía le exigía dar la vida por Bizancio, pudo armarse un bastión contra los enemigos. Los campesinos se agruparon en pueblos y dieron a sus hijos al ejército de cada provincia o thema. Los ciudadanos se armaron y las milicias ocuparon todos los territorios del imperio. Por eso puede considerarse que el hombre de éste periodo fue el más valiente y abnegado que conociera Bizancio en toda su historia. Poco a poco los ejércitos de los themas se hicieron fuertes en las fronteras. El hombre vivía para la guerra permanente. Solía ir armado por el campo y por la ciudad, y casi no había quien no formara parte del ejército. La iglesia no se recuperó del golpe recibido durante todo el periodo, y la administración seguía sin ser un lugar seguro. Los monasterios lucharon por expandirse, pero el proceso fue muy lento. Sólo el ejército proporcionaba al hombre un verdadero orgullo. Pero las artes se resintieron. El estudio también. Pocos escribían, muchos menos construían edificios, muy escasos eran quienes podían acceder a la cultura de las épocas anteriores. Sin embargo, el espíritu bizantino se mantuvo firme. El hombre fue capaz de dar una continuidad a su sociedad. El hombre bizantino, por todos estos factores, cambió. Se hizo fuerte, hábil en la guerra, desconfiado, solitario, y fundamentalmente se volvió cauteloso con respecto a la vida. Ya no esperaba demasiado, tal vez simplemente vivir en paz algún día. No pudo casi disfrutar el triunfo contra Persia, y el Islam lo hundió en las penumbras. No pudo crecer, pero sí tratar de mantener las costumbres y la cultura de sus antepasados, en lo posible. En suma, el hombre sufrió en este periodo como casi nunca en toda la historia de Bizancio. Por eso las generaciones del siglo VII han sido la base con la que se formó el futuro imperio. Sobre esa sólida base, Bizancio forjó su futuro.

Hubo, sin embargo, un detalle que no pasó inadvertido para los emperadores que vendrían en ese futuro: el hombre bizantino se había vuelto extremadamente afecto a la adoración de los iconos. En efecto, estas pinturas, de Cristo, de María o de los santos, ocupaban el tiempo y la atención de muchos hombres y mujeres que temían por su vida o por la de sus seres queridos. La costumbre de tener iconos en cada casa y de adorar esas imágenes escritas sobre un panel de madera era una necesidad para un pueblo que vivió durante un siglo amenazado de muerte. Pero ya se había extendido demasiado, para algunos que veían en ello una superstición que retrasaba el progreso de un pueblo. La reacción que estaba por venir contra las imágenes era en realidad en contra de la creencia de que los iconos podían salvar el alma, pero también podían salvar ciudades, y al imperio mismo. No se puede culpar a la gente por adaptarse a una idea que le permite seguir viva y con esperanzas. Pero también hay que entender que de no haberse combatido esa costumbre el imperio no hubiese podido desarrollarse, esperando que todo bien provenga del poder de las imágenes. Pero esa será otra historia.

La próxima entrega: El emperador Heraclio.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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