Sucesores de Justiniano: Mauricio (578-582)

Mauricio, el último emperador que sucedió a Justiniano en la idea del gran imperio universal, provenía de una familia bizantina de Capadocia. Había tenido la oportunidad de acabar con el reino sasánida, aunque no le fue posible por desinteligencias con sus subordinados árabes. Pero había derrotado a los persas una y otra vez con un ejército reclutado por él mismo. Gozó siempre del apoyo de Tiberio, y respondió al emperador de forma leal y eficaz.

Heredó un imperio con un tesoro disminuido por las liberalidades de su antecesor. Era, por eso, de un carácter más fuerte y severo en cuanto a tomar decisiones sobre el destino del dinero del tesoro imperial, lo que no le favoreció en su relación con el pueblo. Así se ganó fama de avaro entre la gente común y el ejército, cuando la verdad era que el querido del pueblo, Tiberio, había utilizado demasiado dinero en favores para adquirir popularidad.

Mauricio dio la misma importancia a occidente que a oriente, pero, como sus dos predecesores, se dio cuenta de que lo más importante era mantener a raya a los persas, que tenían fuerzas como para complicar al imperio de forma severa. En occidente se vio obligado a adoptar una actitud de defensa, que no por ello estuvo exenta de brillantez.

Tuvo una política religiosa de conciliación, pero fue un ortodoxo más enérgico que su mentor, y no le tembló el pulso cuando tuvo que firmar edictos proclamando el rito ortodoxo en Armenia o en contra de los donatistas de África.

Fue contemporáneo del papa Gregorio Magno (590-604) el cual le causó grandes problemas discutiendo la soberanía del papado sobre el resto de las sedes patriarcales. Esto era un gran cambio en las relaciones del imperio con la sede romana, ya que desde ahora en adelante los papas recibirían  y resolverían todas las apelaciones enviadas por las sedes, comenzando con la injerencia en los asuntos religiosos del imperio, de forma mucho más ostensible que en los años anteriores.

A su advenimiento en 582 Mauricio pudo comprobar la violenta política de los ávaros en los Balcanes, ya que se negaron a seguir acatando el pacto firmado con Tiberio por haber cambiado el emperador, y asolaron Tracia hasta el Mar Negro. Hubo que aumentarles el tributo para que se calmaran. Pero igualmente cuando las tropas imperiales estaban ocupadas batallando contra los persas, los ávaros violaron este nuevo tratado y sitiaron Tesalónica en 586, siguiendo su avance por Tracia. Mientras tanto los eslavos también estaban causando estragos en la región. Mauricio reunió un ejército que enfrentó a ávaros y eslavos y lo venció en Adrianópolis en 587.

En occidente, el emperador, que esperaba poder dedicarse a este territorio cuando terminara con los ávaros y los persas, tuvo la magnífica decisión de crear dos exarcados que tuvieron larga vida en medio del desastre que se avecinaba. Eran Italia, con capital en Rávena y Africa, con capital en Cartago. Con gran visión política, creó en 584 ambas entidades, lo que significaba un cambio total en la relación del imperio con sus nuevos territorios. Estos estarían al mando de un exarca, que tendría como subordinados a todos los jefes civiles y militares. Creaba así dos territorios fuertes comandados por una figura poderosa. De esta forma la provincia podría defenderse mejor estando al mando de un gobernante con mayor capacidad de decisión. Este podría tomar esas decisiones de forma casi autónoma con respecto al emperador. Por otra parte, Mauricio decidió hacer un pacto con el rey de los francos, Childeberto II. Por eso el rey envió desde 583 hasta 590 cinco expediciones a territorios dominados por los lombardos. Sin embargo, la forma de actuar de los francos, que habían cobrado una gran suma de dinero de los bizantinos, era muy independiente. Además cometían imprudencias, atacaban en solitario o abandonaban a los bizantinos a su suerte. Debido a eso el tratado no fue demasiado efectivo.

En 588 Mauricio redujo las pagas de los soldados de oriente, y la ofensiva bizantina detuvo su marcha, aunque se siguieron obteniendo victorias.

Al año siguiente, en occidente, el exarca de Rávena reconquistó el valioso puerto de Classe. Fue una apreciable victoria que liberó a Rávena de un enemigo demasiado cercano y le dio de nuevo su salida al mar.

En 590 los francos se desentendieron de un ataque conjunto pactado con anterioridad con las fuerzas bizantinas y por eso fracasó el plan de reconquistar Milán.

Regresando a oriente, ese mismo año ocurre un hecho de suma importancia: ante la rebelión de Bahram en Persia contra el rey Hormisdas, el heredero del trono, Crosroes II debió huir para salvarse. Mauricio lo acogió en Bizancio, donde entre febrero y marzo de ese año recibió una hospitalidad extraordinaria, no profesada ante ningún otro gobernante hasta esa fecha. Al año siguiente los partidarios del rey legítimo, por un lado, y el propio rey, con fuerzas bizantinas, por el otro, lucharon y recuperaron el trono de Persia. El agradecimiento de Crosroes II fue enorme, y entre otras ventajas concedió a Bizancio las ciudades de Dara y Martirópolis.

En 592, con Persia en calma y las fronteras orientales seguras, Mauricio trasladó gran parte del ejército que había peleado en oriente a los Balcanes, para vengarse de los desórdenes y estragos causados por los ávaros. El inteligente y valiente general Prisco iba al frente de las tropas. Baian, líder de los ávaros, avanzó sobre Adrianópolis con una enorme fuerza e hizo retroceder a Prisco hasta encerrarlo en Tzurulon. Pero la amenaza de una fuerza naval bizantina hizo que Baian aceptara un modesto rescate para liberar al ejército bizantino. La guerra recién empezada contra los ávaros duraría hasta el fin de los días de Mauricio.

Al mismo tiempo en Italia el exarca Romano asistía impotente al ataque del duque Ariulfo de Spoleto a Roma y al avance sobre Nápoles del duque de Benevento. Por eso el papa Gregorio Magno decidió tomar él la decisión de intentar negociar con los lombardos. Italia observaba de qué manera la figura del papa se agigantaba mientras que la imagen del exarca se diluía, y con ella la del emperador.

Durante 593 Prisco se apoderó de un gran botín sorprendiendo los campamentos de eslavos al sur del Danubio. Al año siguiente, sin embargo, sufrió insurrecciones de sus soldados, y un ataque de los ávaros lo devolvió hacia territorios de Tracia. Por este retroceso Mauricio destituyó a Prisco y nombró a su hermano Pedro. Pero este último, a pesar de ser de la total confianza de Mauricio, se reveló como inexperto en cuestiones militares.

Regresando a Italia, el rey lombardo Agilulfo se presentó frente a las murallas de Roma, en 594. El papa Gregorio dirigió las conversaciones, otorgando un tributo a cambio de la paz. Durante los próximos años Italia asistió a la puja entre la política conciliadora del papa frente al problema de los lombardos, y la intransigencia del exarca Romanos y del emperador.

Entre 596 y 597 Pedro, al mando del ejército bizantino, intentó cruzar el Danubio varias veces para luchar contra eslavos y ávaros en su propio territorio, pero sus campañas fueron un fracaso. Al año siguiente Mauricio devolvió el mando a Prisco, rehabilitándolo. Prisco atacó Singidunum y la reconquistó, aunque en realidad la plaza había sido desmantelada por los ávaros. Allí Prisco comenzó a elaborar el plan para vencer a sus enemigos en la región al norte del Danubio.

En el año 598 triunfa en Italia la política de Gregorio Magno, que consigue imponerse por sobre el propio emperador. El nuevo exarca de Rávena, Calínico, tuvo que firmar una tregua con el rey lombardo Agilulfo.

A comienzos de 600 Baian penetró hasta el Mar Negro con sus ávaros, sitiando la ciudad de Tomi. Los bárbaros llegaron en sus correrías hasta las mismas murallas de Constantinopla. Mientras Baian intentaba lograr conquistar las ciudades costeras del mar Negro, Mauricio y Prisco querían llevarlo más allá del Danubio, junto a los eslavos, y derrotarlos fuera del territorio imperial. El monarca se vio obligado a firmar un tratado que marcaba al Danubio como frontera con el pueblo ávaro, pagando un fuerte tributo. En apariencia los ávaros ocultaron al emperador una epidemia que los había reducido en número y fuerzas, antes de la firma del tratado. De todas maneras Prisco y Comenciolo reunieron sus fuerzas en Singidunum. Prisco atravesó con sus ejércitos el Danubio, librando cinco duras batallas en el territorio de los ávaros, derrotándolos por completo y haciendo miles de prisioneros. Casi logra traer al propio Baian, que se tuvo que contentar con huir lejos de la región para no caer atrapado. Si Prisco hubiese perseguido al ejército ávaro lo hubiera exterminado por completo. Sin embargo, a pesar de sus enormes victorias, el emperador lo reemplazó de nuevo por su hermano Pedro. Este no hizo demasiados movimientos durante el verano de 602, hasta que se decidió a atravesar el Danubio y derrotar a los ávaros trayendo gran cantidad de botín. Mauricio dio entonces la orden de pasar el invierno del lado enemigo del río. Las tropas no recibieron con agrado esta noticia y se sublevaron. Pedro, desesperado, no pudo evitar que los soldados atravesaran el Danubio hacia territorio bizantino, y pidió por favor a su hermano que anulara la orden, para poder pacificar a la tropa. El soberano se negó en forma terminante. Los soldados nombraron a su propio emperador, un bárbaro de nombre Focas. Mauricio había perdido mucha popularidad por su rigidez y porque no tenía demasiada generosidad con su pueblo. Las facciones del circo, a quienes había ordenado que defendieran la Ciudad, lo abandonaron a su suerte. No había otros soldados en Constantinopla, ya que todos estaban en campaña. El 22 de noviembre de 602 el emperador, solitario y desprotegido, huyó con su familia a Nicomedia, situada cerca en la orilla asiática. Allí se refugió en una iglesia. El 23 de noviembre Focas, que había entrado sin oposición en Constantinopla, fue proclamado emperador. Uno de sus primeros actos fue enviar a sus soldados a buscar a la familia del emperador depuesto, que fue conducida a Calcedonia cuatro días después. El emperador depuesto y cinco de sus hijos fueron ejecutados en el acto.

Mauricio fue demasiado severo con los soldados, avaro en su distribución de las riquezas y demasiado confiado en que sus órdenes iban a ser cumplidas. No contaba con la rebelión de su propio ejército. Pero si hemos de ser justos, este emperador merece el honor de figurar entre los mejores de Bizancio. Fue astuto, inteligente y duro, en una época que estimulaba la desobediencia y el caos. Aún así controló de forma eficiente un imperio demasiado extenso para las características de la época. Su muerte significó la muerte del imperio viejo, ese imperio que actuaba a la manera del imperio romano, expandiéndose agresivamente y defendiéndose  luego con uñas y dientes ante todas las naciones bárbaras. Luego de Mauricio, Bizancio se transformaría en un imperio eminentemente defensivo que debió luchar por su subsistencia durante dos siglos, hasta recuperar la gloria. Pero ya en ese momento tendría una sociedad distinta, preocupada por mantener su civilización a toda costa.

Este es un extracto de “Historia Breve de Bizancio” editado por Editorial Sílex, de España. También se puede adquirir el E-Book en Amazon, aquí

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

Deja un comentario