Sucesores de Justiniano: Justino II (565 – 578)

Justino  II (565-578)

Justino II era sobrino de Justiniano. Su mujer, Sofía, era sobrina de Teodora. Tal vez era la mejor manera de continuar la tradición de una dinastía que solía no tener hijos y hacer heredar el imperio a sus sobrinos. El nuevo emperador era un hombre que tenía una gran seguridad y la convicción de que debía conseguir un gran tesoro para poder volver a la gloria. Por eso estuvo en contra de las liberalidades ofrecidas por Justiniano. Heredó un imperio enorme, pero que tenía también muy pesadas cargas. Por eso no fue continuador de la política de Justiniano de pagar por evitar guerras indeseadas. Fue un hombre más directo, más preocupado por la seguridad y la justicia que por pagar sobornos y emprender guerras de conquista. También puede decirse que esto se daba porque ya no había un gran tesoro en palacio. Por eso también fue muy estricto con el cobro de impuestos.

Justino II levantó el destierro a muchos obispos disidentes con el Concilio de Calcedonia, y promulgó un edicto de unión de las iglesias en 567, que no fue aceptado por los monofisitas. Un nuevo edicto, promulgado en 571, se hizo cumplir por la fuerza, y luego de publicarse provocó arrestos y persecuciones varias.

Durante el primer año de su gobierno los lombardos, los gépidos y los  ávaros violentaron las fronteras septentrionales del imperio. Los gépidos ocuparon Sirmium y Singidunum en Panonia. En 566 Justino II les envió socorros con la condición de que devuelvan la ciudad de Sirmium, pero los gépidos no le hicieron caso. Los lombardos y los ávaros atacaron el reino de los gépidos y lo destruyeron, sin que el emperador acudiera en su ayuda, enojado por la afrenta del pacto no cumplido. Fue un error. Dejar que adversarios tan peligrosos se hagan fuertes en territorio imperial fue producto de una grave falta de visión. Por un lado, los ávaros exigieron un tributo al imperio, y al ser negado asolaron la Dalmacia y Tracia, hasta que en 571 lograron un tratado por el cual se quedaron oficialmente con el territorio gépido. Causaron un enorme daño. Por otro lado, los lombardos, ayudados por los ávaros que prometieron acogerlos como aliados si fracasaban, comenzaron la invasión de Italia septentrional. Desde 568 se produjo esta gesta del pueblo lombardo. Comenzó por la ocupación del territorio del norte de Italia, sin encontrar resistencia, ya que el ejército imperial estaba luchando contra los ávaros. Las ciudades se resistieron durante mucho tiempo, pero los campos cayeron de inmediato en poder de los nuevos invasores de Italia. Alboin, un líder lombardo, conquistó Milán en 569, siendo coronado de inmediato como rey de su pueblo. Ese mismo año los lombardos pusieron sitio a Pavía, que cayó luego de tres largos años de lucha. La conquista de Italia por los lombardos fue un proceso lento y muy dilatado, durante el cual las ciudades bizantinas se opusieron con auténtico tesón. Pero hubo poca ayuda desde Constantinopla.

En 568 Leovigildo fue nombrado rey de los visigodos. Los bizantinos perdieron en poco tiempo su preeminencia en las ciudades de Sevilla y Córdoba y la ciudad de Sidonia. Al año próximo la provincia de África sufrió un grave ataque por parte de Garmul, líder de un enorme ejército de moros. Venció en tres batallas consecutivas a los ejércitos bizantinos, y provocó el desorden y el caos en toda la provincia.

Regresando a oriente, el tributo con Persia pactado por Justiniano en 562 fue denunciado por Justino II, que se negó a renovarlo en 572. En ese año comenzó un periodo de guerra permanente con Persia que duraría más de cincuenta años. Pero sería injusto culpar al nuevo emperador de esta guerra demoledora que casi termina por destruir a los dos imperios. Un tributo de ese tipo solamente podía haberlo firmado un emperador avejentado y temeroso, como lo era Justiniano en sus últimos años. Significaba un permanente fluir de riquezas desde Bizancio hasta Persia, e iba a tener a mediano o largo plazo la consecuencia de empobrecer a uno y enriquecer al otro. Luego de ello, una guerra significaba la derrota total de los bizantinos. Por eso fue una buena decisión la de Justino II, aunque provocara a largo plazo la transformación total del imperio. Al comienzo de las acciones el general Justiniano, sobrino nieto del anterior emperador, se apoderó rápidamente de Dwin, pero en mayo de 573 los persas entraron en Dara, una muy importante fortaleza de la frontera bizantina.

Al año siguiente Justino II comenzó a tener ataques que lo postraban por cierto tiempo. Tenía momentos de lucidez, pero los embates de esa enfermedad mental lo hicieron delegar el poder en uno de sus mejores generales, el tracio Tiberio, que lo conocía desde muy joven. Por suerte su elección fue bastante acertada, ya que el nuevo coemperador había vencido en varias batallas a los ávaros y era experimentado en asuntos militares.

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Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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