Justiniano (527-565) Segunda parte (final)

En 539 Crosroes, rompiendo la tregua firmada con Justiniano, invadió territorio imperial. Sus tropas llegaron hasta Antioquía, que descansaba desprevenida, incendiaron la ciudad y se llevaron numerosos prisioneros. Belisario fue designado para defender al imperio, contestando las tentativas de invasión con contraataques rápidos y efectivos. Una nueva paz se firmó recién en 562, por cincuenta años.

Mientras tanto, en 542, los ostrogodos probaban un intento de reconquista de Italia. La empresa era comandada por Totila, que tenía intenciones de arrojar definitivamente a Bizancio de la península. Había pocas tropas bizantinas en Italia. Al año siguiente Totila entró en Nápoles. Luego se dirigió a Otranto, y luego de una ardua campaña entró en Roma el 17 de diciembre de 546. Totila evacuó la ciudad y se llevó a sus habitantes. Sin embargo, Belisario fue llamado a Constantinopla y Totila regresó a Roma. Desde allí organizó la reconquista de Sicilia, que llevó a cabo entre 549 y 550. Justiniano, dándose cuenta de su error al haber decidido sacar las tropas de Italia, dio a Narsés el mando de un enorme ejército de veintidós mil soldados regulares. Dos años y mucho dinero llevaron los preparativos. Narsés consiguió plenos poderes en italia. Primero ese ejército se trasladó a Dalmacia, de allí hacia el norte, atravesando las montañas hasta bajar hacia Rávena, que era todavía bizantina. Desde allí bajó hasta Roma. Los ejércitos bizantino y ostrogodo se encontraron en Tadinae, en 553, produciéndose una sangrienta batalla que terminó con la victoria total de Narsés y la muerte de Totila. Narsés se apoderó de Roma y persiguió a los restos del ejército ostrogodo hasta el Vesubio, donde en una terrible batalla que duró dos días acabó con ellos. Como corolario de su campaña, Narsés también tuvo que luchar contra los francos de Teodebaldo y los alamanos, que habían aprovechado el caos de Italia para penetrar por el norte, en 554. Italia terminó devastada, sus campos destruidos, sus ciudades abandonadas o diezmadas por la peste, sus caminos en pésimo estado, los acueductos en ruinas, los puentes inservibles. Era ahora una provincia arruinada.

Mientras todo esto sucedía, en 544 se produjo una nueva sublevación de los bereberes en Africa, que también había visto reducidos los efectivos de ocupación. Solomón murió en el combate de Sufetula, y la prefectura quedó sumida en el caos. Justiniano tuvo la suerte de contar con Juan Troglita, que fue enviado por el emperador al lugar. Este general logró pacificar la región en 548, luego de mucho trabajo, aunque en realidad nunca el Africa pudo considerarse en paz verdadera.

En el año 554 Justiniano había logrado por fin la paz en sus nuevos territorios occidentales. Pero el emperador deseaba la Galia e Hispania también. Los reyes francos y visigodos le tenían sumo respeto. Pronto se le proporcionó la ocasión de desembarcar en Hispania. Atanagildo, líder de una de las facciones visigodas, deseaba derrotar al arriano Agila, pero contando con fuerzas insuficientes solicitó la intervención del imperio. Justiniano envió tropas de Sicilia lideradas por el patricio Liberio, de más de ochenta años. Atanagildo derrotó a Agila, a quien mató en una batalla en las cercanías de Sevilla. Atanagildo debió ceder territorios al imperio en el sur de Hispania, antes de ser consagrado rey de los visigodos en Toledo. Bizancio estableció la capital en Cartago Nova. Una importante porción de la Hispania romana pertenecía ahora también a Bizancio.

Sin embargo, como opuesto de todas estas victorias, que fueron hechas con demasiado esfuerzo y costaron tan caras, Justiniano no pudo evitar que los Balcanes fuesen víctimas de una constante invasión por parte de miles y miles de eslavos, búlgaros y otros pueblos. A pesar de preocuparse de verdad por la frontera del Danubio, aunque mandó construir una triple línea defensiva con gran cantidad de fortalezas, no obstante utilizar la Muralla larga de Anastasio como otra línea defensiva, y de una política activa que se dedicaba a incitar a luchar a los pueblos del norte del Danubio entre ellos, la invasión no se pudo parar. Se constituyó incluso una marca en la Baja Mesia, que fue defendida por un general veterano, Bono. Pero no fue suficiente. Los defensores eran inexpertos y además muy pocos para contenerlos. Ocupado en su guerra de conquistas, Justiniano enviaba lo mejor de su ejército a Africa o a Italia. Eslavos, búlgaros, ávaros, penetraban entre las fortificaciones y devastaban los pueblos, incendiando todo y apoderándose del territorio balcánico. Entre 539 y 540 entraron en Grecia asolando toda la zona. En 558, llegaron hasta el pie de la Ciudad. Belisario tuvo que salir a enfrentarlos hasta hacerlos retroceder y huir.

A pesar de esto último, en realidad las guerras de Justiniano trajeron muchos nuevos territorios y con ello mucho prestigio, nuevos habitantes y tierras que pagaban impuestos. Pero fue su política religiosa la que fracasó por completo. En lo que se dio en llamar la condena de los Tres Capítulos, por considerar nestorianos los escritos por Teodoro de Mompsuestia, maestro de Nestorio, Teodoreto de Ciro e Ibas, Justiniano, porfiado, intentó hacerla aceptar por el papa Vigilio, a quien hizo viajar hasta la capital. Luego de muchas idas y venidas el conflicto adquirió una enorme fuerza, y aunque el papa terminó aceptando la condena a regañadientes, murió en el viaje de regreso. Las provincias de occidente se negaron a suscribir dicha condena.

En 541 había caído en desgracia Juan de Capadocia, y en 548 había muerto Teodora, la esposa perfecta para un gran emperador. En 562 hubo una conjura que intentó matar al emperador. Belisario fue sospechado de comandarla y fue separado de sus cargos y dignidades. El viejo Justiniano, solitario y recluido en palacio durante años, en medio de los colaboradores obsecuentes de los que se había rodeado, se vio envuelto en una herejía egipcia, aunque murió antes de publicar el edicto que obligaba a todos a aceptarla. Por suerte se evitó un nuevo disgusto.

En la mayor de las soledades, el viejo emperador murió a los ochenta y dos años, en medio de una infinita tristeza, el 14 de noviembre de 565. Todos los súbditos suspiraron aliviados. Se había terminado un reinado que para ellos había sido agresivo, confiscatorio, que se había llevado hasta el último centavo de cada uno de sus habitantes. Hasta en las provincias conquistadas crecía el descontento con el maltrato de los recaudadores de impuestos. Un mundo parecía terminar. Un mundo que sería defendido a ultranza, con cierto éxito aunque a un alto costo, por los próximos tres emperadores.

Este es un extracto de “Historia Breve de Bizancio” editado por Editorial Sílex, de España. También se puede adquirir el E-Book en Amazon, aquí

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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