Focas o la muerte del sueño de Justiniano (602 a 610)

 Focas (602-610). 

La anarquía que terminó con una forma de vida.

Este es un extracto de “Historia Breve de Bizancio” editado por Editorial Sílex, de España. También se puede adquirir el E-Book en Amazon, aquí

Una época llegó a su fin. Bizancio supo mantener algunas de las conquistas de Justiniano con temple y valentía, pero siempre con sumo esfuerzo. Muchas de ellas quedaban muy lejos, y llegar allí costaba mucho dinero y demasiado tiempo. Era el caso del exarcado de Cartago, atacado todo el tiempo por las tribus bereberes. Otras eran difíciles de defender, como los Balcanes al sur del Danubio y las provincias orientales que lindaban con el desierto. Italia estaba siendo ocupada por los lombardos. Spania era atacada en todos sus frentes por los visigodos. Al mismo tiempo, Constantinopla luchaba con Roma, Antioquía y Alejandría por el poder supremo dentro del imperio. Y los emperadores trataron de manera desesperada y en vano de lograr tener una sola religión. Este Bizancio donde la vida era difícil porque había unas pocas familias dueñas de casi todas las tierras fértiles y del dinero, donde las jerarquías eclesiásticas estaban en conflicto permanente y los ejércitos debían luchar todo el tiempo, sin descanso, contra enemigos numerosos, se quebró en el término de ocho años de anarquía. Durante estos ocho años cayeron Siria, Palestina y Egipto ante los persas, se perdieron los Balcanes casi en su totalidad invadidos por eslavos y ávaros, y se abandonó lo más importante: el orgullo de pertenecer a un imperio universal, el primero y el único existente sobre la tierra. El ciudadano de Italia tuvo que refugiarse en Rávena o en las ciudades del sur. El residente de los Balcanes se tuvo que retirar hacia la capital o hacia alguna ciudad de las costas del mar Adriático, del mar Jónico o del Egeo. El poblador de las provincias orientales y de Egipto tuvo que soportar el violento asalto de los persas y resistir sin ayuda una invasión que costó enorme cantidad de vidas. El súbdito que no estaba en esas regiones debió soportar la violencia de un emperador que no perdonaba ni la más mínima sospecha de traición. Por eso se perdió el orgullo de pertenecer al imperio. Se perdió el optimismo, ese que fue marcado a fuego por los emperadores del siglo VI, con Justiniano a la cabeza. Y la guerra civil provocada por el tirano Focas logró que la anarquía fuera total. Bizancio llegó a un punto sin retorno. O se reformaba o moría. Pero esto no podía partir de la capital, ni de ninguna de las regiones que se veía afectada. Por eso Heraclio, el exarca de Cartago, se ocupó de mandar a su hijo a demoler el odio de un emperador loco y autodestructivo. Pero veamos lo que causó el gobierno de Focas: disminución dramática de los territorios dominados por el imperio, que ahora eran solamente Tracia, las costas de Asia Menor, las costas de los Balcanes y algunas islas. No había más. Y la vida civil estaba totalmente degradada. No había administración, educación, derecho, arte, cultura ni nada que no fuera un sálvese quién pueda. Fueron ocho años que se hicieron sentir en todo el siglo VII. Sus consecuencias fueron funestas. Se perdieron muchos territorios. Se perdieron cientos de miles de buenos ciudadanos. Se desmanteló gran parte de la cultura. No se escribieron ya más obras ni se hicieron construcciones de ningún tipo. Bizancio quedó paralizado con su propio dolor, el sufrimiento de su pueblo. Esta época es fundamental en la historia bizantina, ya que prefiguró todo lo que iba a pasar en el resto del siglo. El hombre bizantino debió intentar obtener una nueva personalidad, buscarse un nuevo horizonte, comenzar un nuevo camino. Esto fue a la vez doloroso y gratificante, un camino que duró dos siglos y medio hasta la consolidación definitiva de su cultura en 843. Y todo por culpa de este periodo de anarquía, que quebró a un enorme imperio, un gigante con grandes problemas y casi lo destruyó.

Se puede ver muy claro que el gobierno de Focas fue una sucesión de hechos de sangre indeseados, un quiebre en el modo de vida pacífico y civilizado del imperio, que pasó a vivir años de asesinatos, levantamientos internos, ataques externos y una guerra religiosa particular, hechos que afectaron la vida común de la gente. Los campesinos vieron sus campos invadidos por un ejército persa cruel y devastador, las ciudades orientales se vieron atacadas una a una y donde entraron los enemigos la sangre corrió sin límite. En la capital un emperador tirano y cobarde solamente pensaba en asesinar a cada persona sospechosa de traición. Mientras tanto, en los Balcanes, ávaros y eslavos se hacían dueños de las ciudades y tierras de los bizantinos, terminando con la forma de vida civilizada en gran cantidad de lugares, como por ejemplo Salona, en Dalmacia, cuya población sufrió graves vejámenes sin que nadie acudiera en su ayuda. Este periodo de sólo ocho años puede verse como el último tiempo de la primera etapa del alto imperio bizantino. Pero también como el que da el comienzo a una nueva época, un tiempo de cambios obligados y necesarios, que duraría un poco más de dos siglos. Devastación, no sólo de las vidas de las personas que pudieron haber llevado adelante al imperio y sacarlo de la crisis, sino también de los valores clásicos de la vida en la civilización bizantina. Un imperio que perdió todo lo que tanto le había costado lograr, terminando en estado de destrucción total.

El hombre

El hombre bizantino sufrió estos ocho años como si se trataran de un siglo entero. Los que habitaban al sur del Danubio se vieron afectados por la lenta pero interminable invasión de los eslavos que se adueñaron de toda la zona. Los bizantinos debieron mudarse a las ciudades de la costa o soportar a sus nuevos y bárbaros vecinos. Luego tuvieron que aguantar al ejército que salía en campaña a combatir al invasor y que se adueñaba de los víveres y de todas las cosas importantes. Finalmente, el caos invadió todo el territorio balcánico y se perdió todo orden administrativo. En occidente, todo fue abandonado por Bizancio a su suerte, y se sufrió en Spania el ataque permanente de los visigodos que recuperaron de a poco sus tierras. En Africa, desde donde salió la expedición revolucionaria, todavía se luchaba palmo a palmo con los habitantes del desierto, tribus salvajes que se cobraban sus víctimas día a día e impedían que los campesinos pudieran hacer sus actividades con cierta tranquilidad. Las ciudades eran atacadas también. En Siria y Egipto el hombre bizantino sufrió un despiadado avance de los persas, que acabaron con la vida de miles de campesinos y tomaron las ciudades una por una. La vejación fue humillante, y los cristianos fueron reducidos a una vida de supervivencia. En Asia Menor los persas causaron también graves estragos. Y el paso de sus ejércitos obligó a la población a darles alimentos y todo tipo de ayuda. Los campesinos no podían estar seguros de nada. En la Ciudad, la locura de Focas afectaba directamente a todos. Las muertes por acusaciones de traición estaban a la orden del día, pero también morían amigos y aliados de los supuestos traidores, y eso hacía sospechoso a casi todo el mundo. La inseguridad carcomía el alma de todos los ciudadanos de Bizancio. Sin duda hubo alguna gente que pudo aprovechar la situación y enriquecerse a costa de los desdichados que caían  en desgracia. El mundo estaba cambiando rápidamente, los ricos de antes ya casi no existían en medio de tanta desgracia. No es difícil imaginarse a los felices ciudadanos que aún no habían sido afectados por las crueles invasiones o la guerra civil, pensando en qué momento les tocaría a ellos, y tratando por todos los medios que ello no sucediese. La incertidumbre, el hastío y el miedo se habían apoderado de la ciudadanía, ya sea en el campo o en las ciudades, y ya nada, a partir de ese momento, sería igual. Miles y miles de personas huyeron del imperio hacia los países limítrofes que pudieran acogerlos. Eran personas pacíficas, trabajadores, algunas bastante inteligentes e instruidas, que solo querían vivir en paz, y estaban soportando un verdadero caos de horror y muerte. Habían perdido el gozo de pertenecer al imperio. Bizancio ya no les daba garantías de nada.

Como muestra de actividad creativa queda muy poco de esos años. Entre las pocas obras que se conservan de este muy breve periodo está la Cronografía de Juan de Antioquía, que comienza por Adán y termina con la muerte del emperador Focas en 610. Es una pena que se conserve incompleta.

 Focas (602-610)

El  usurpador, bárbaro y cruel Focas, era un hombre de buen porte de algo más de cincuenta años. En apariencia era de origen tracio, deducción que podría justificarse por los nombres de sus hermanos, Domichiolo y Domenchina. Su largo y enmarañado pelo era rojizo, tenía enormes cejas que se juntaban debajo de su frente y lucía una enorme cicatriz en su rostro. No es de extrañar que desplegara semejante brutalidad y que no se sensibilizara de la delicada situación del imperio, siendo un mero soldado tracio rebelde. Asesinó a Mauricio y a sus hijos varones. Tiempo después acusó a su esposa y a sus hijas de intentar efectuar una usurpación, tras lo cual también terminó con sus vidas, y las de todos sus amigos.

La rebelión de Focas tuvo éxito gracias a los componentes bárbaros e incivilizados insertos en el ejército bizantino, y también por el accionar de los peores elementos de los demos de la capital, que deseaban terminar con el deber que les había impuesto el emperador de defender la Ciudad. La sociedad bizantina no había sido capaz de absorber e integrar a una gran cantidad de gente que consideraba al imperio como algo digno de un botín y no como un estado al que se debía proteger y defender. Ese fue el precio que tuvo que pagar Bizancio por una evidente falta de control de la sociedad sobre los elementos más conflictivos. Y la férrea decisión de Mauricio en mantener el fuerte mando sobre ellos precipitó su final. Es en este periodo donde se puso en peligro la misma supervivencia del imperio. Podemos decir sin temor a equivocarnos que los ciudadanos bizantinos no sabían en ese momento si había un futuro para ellos. Para colmo de males, Focas fue simpatizante declarado del papado romano, con el cual mantuvo excelentes relaciones. Los bizantinos no se lo perdonarían jamás.

Fue coronado en la iglesia del Profeta San Juan Bautista, junto con su mujer, Leoncia. Mediante uno de sus primeros decretos declaró una gran fiesta en el imperio y ordenó repartir grandes sumas de dinero entre los soldados que lo apoyaban. Era evidente que su espíritu no era civilizado. Por sus acciones se nos revela como traidor y cobarde, ya que vivió recluido en el palacio de la capital, rodeado de soldados a los cuales hacía asesinar ante la menor duda sobre su lealtad. Sin dudas era paranoico, desconfiado, y con un grado de locura bastante avanzado. De otra manera no pudo haber causado tanta muerte y tanta ruina. También lo han acusado de ser un borracho perdido. Adoraba ver la sangre de sus enemigos, y tal vez por eso comenzó con la triste historia de la tortura en Bizancio, algo que antes de su reinado no era muy común. Pero tenía el poder, estaba en el trono y a pesar de innumerables acciones en su contra pudo mantenerse ocho años en él. La personalidad verdadera de Focas y sus causas son aún un misterio que no nos ha sido develado por la historia. De otra forma su fama podría ser comparable con la de un Nerón o la de un Calígula. Por su afecto por el poder total, su terror ante la posibilidad de insurrección y de su propio asesinato, la sangre de ciudadanos ilustres vertida y sus actos crueles con el pueblo solo puede compararse con los gobernantes más desalmados de la historia de la humanidad. Causó un enorme daño al imperio al terminar con la vida de casi todos los mejores generales. Hubo excepciones. Uno de ellos, Filípicos, logró escapar de la cruel persecución internándose en un monasterio. Otro general muy capaz, Prisco, logró salvar su vida y llegó a ser cuñado de Focas. Pero luego fue quien hizo el llamado a Heraclio, el exarca de Cartago, cuando se dio cuenta del baño de sangre que produjo el emperador. El general Narsés, en tanto, logró escapar hacia oriente, y preparó una sublevación en Edesa y en Hierápolis. Sin embargo, cometió el error de acompañar al hermano del usurpador a la capital para firmar un tratado de paz, y terminó quemado vivo en Constantinopla. El mejor general del ejército fue asesinado por el propio usurpador, confirmando la desprotección de todo el oriente bizantino. Pero Narsés ya había entregado en protección uno de los hijos de Mauricio, Teodosio, al rey persa Crossroes II. Eso le dio la excusa perfecta para invadir Bizancio en nombre del hijo del emperador legítimo. Aunque Focas afirmara que había ejecutado a Teodosio, ya no importaba cuál de ellos era el legítimo emperador. Los sasánidas comenzaron su implacable marcha por Bizancio llenando de horror al mundo romano. Las provincias asiáticas fueron quedando a merced del ataque de los persas. Estos invadieron el imperio con tremenda fuerza ya en 603. Focas mandó al ejército de los Balcanes, que así quedaron de nuevo en manos de ávaros y eslavos, a combatir en oriente. Pero los nuevos e inexpertos generales fueron rechazados repetidas veces, en Edesa, en Arxamón, y desde entonces el usurpador solo se preocupó de salvar su vida exterminando a todos los que podrían haber conducido al ejército. El ejército persa al mando de Schahin tomó Dara y avanzó conquistando poco a poco las ciudades de Armenia, Siria y Palestina, encaminándose sobre el final del reinado del tirano hacia Calcedonia, en 608, conquistando Teodosiópolis, Cesarea de Capadocia, entre otras ciudades, con claras intenciones de tomar Constantinopla. Otros ejércitos persas capturaban Edesa, Amida, Mardin y otras ciudades importantes de la Mesopotamia.

En oriente los cristianos acusaban a los judíos de ver a los persas como sus libertadores y muchos judíos ayudaron al invasor abriéndole las puertas de las murallas o asesinando cristianos en las calles. Todas las urbes de Siria se encontraban ensangrentadas con esta lucha, verdadera guerra religiosa. Lo mejor que se le ocurrió al usurpador para solucionar este problema fue obligar a los judíos a convertirse, lo que inclinó aún más a los judíos al lado de Persia. Todo se agravó aún más con las sublevaciones de los monofisitas de oriente en 608. Se negaron a obedecer las órdenes y edictos del emperador. Bonoso, hombre fiel al usurpador y aún no sospechado de traicionarlo, se ocupó de la represión en Antioquía y Laodicea, causando otro baño de sangre. Finalmente, como antesala de la revolución de Heraclio, los judíos de Antioquía se sublevaron por enésima vez y asesinaron, entre otros muchos cristianos, al patriarca Anastasio, en septiembre de 610. Para terminar con esto llegaron los persas, que tomaron la ciudad antes del final del reinado de Focas.

Los levantamientos interiores estaban a la orden del día. Los verdes se rebelaron e incendiaron media ciudad, pero todo fue inútil. Focas supo defenderse bastante bien de todas las agresiones, al menos dentro de las seguras murallas de la capital. Ante esta situación el propio general Prisco hizo un llamado a occidente para que se socorriera a los indefensos ciudadanos del imperio.

Heraclio era un general muy valioso pero ya estaba entrado en años, y su segundo, otro excelente general, Gregorio, tenía casi su misma edad. Por eso respondieron al llamado poniendo al frente de la flota al hijo de Heraclio, del mismo nombre, y al frente del ejército al hijo de Gregorio, llamado Nicetas. Nicetas partió por tierra hacia Egipto, llegando a tomar Alejandría en 609 y librando una cruenta batalla contra las fuerzas de Focas, a las que terminó derrotando. Luego se dirigió a Siria. Heraclio por su parte llegó hasta Tesalónica reuniendo hombres y barcos, formando una flota excepcional. En el verano de 610, partió hacia Constantinopla. Informadores confiables del partido verde le aseguraron a Heraclio que sería muy bien recibido en la Ciudad. Era verdad. El ejército entró casi sin derramar sangre en la capital y una vez dentro de palacio apresaron al usurpador y a sus secuaces y se los llevaron hacia el barco de Heraclio. Al verlo Heraclio sin dudas pudo comprobar la locura del usurpador, y no tuvo la mínima piedad para él ni para los suyos: los hizo ejecutar en ese mismo momento. Focas y los suyos merecían ese final.

Una vez ejecutado el usurpador, Heraclio se dirigió a palacio. Tomó posesión de él y en pocas horas organizó su casamiento con Fabia, que como emperatriz cambió su nombre a Eudocia. Fue coronado emperador unos instantes después. Tomaba un imperio moribundo, destrozado, moralmente acabado y asediado por todos lados, con los persas casi a la vista de las murallas de Constantinopla, en Calcedonia y los eslavos y ávaros muy cerca de la capital en Tracia. Pero a partir de ese momento había una luz de esperanza. Las cosas debían cambiar forzosamente, y Heraclio iba a comenzar con la recuperación, lenta y difícil, pero posible.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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