Constantinopla, la gran ciudad de la edad media

Iglesia en Constantinopla
Iglesia en Constantinopla

Es difícil saber por qué el mundo olvidó a la más famosa de las ciudades por tantos años después de la caída ante el naciente Imperio Otomano. Todas las crónicas hablan de la capital del Imperio como una ciudad fastuosa, sinónimo del poder imperial, inmersa entre grandes riquezas y con gran nivel cultural en sus habitantes, los cuales se educaban en la universidad cuando en occidente dominaba mayormente la ignorancia. Allí residía el emperador, representante de Dios, y el Patriarca, máxima autoridad de la Iglesia.

La atracción que ejerció fue tal que rápidamente se transformó en el centro económico, comercial, religioso y político del mundo, así como la ciudad más rica sobre la tierra, motivo por el cual fue asediada constantemente durante todas las épocas, resistiendo ataques entre otros de los ávaros, los persas, los vikingos, los búlgaros y los árabes, saliendo victoriosa una y otra vez, hasta que la cruda traición de la cuarta cruzada le demolió con su fanático y cruel saqueo toda esperanza de continuar siendo esa gran ciudad.

Sin embargo no todo era fastuoso y brillante en la gran capital, también había interminables barrios de gente pobre que vivían en pequeñas casas de ladrillo, con estrechas calles donde se amontonaba la basura, y en donde cada tanto afloraban las pestes que reducían a la población drásticamente.

Hay autores que dicen que Constantinopla llegó a tener 1.000.000 de habitantes, lo cual parece algo exagerado, otros dicen 400.000 o 500.000 lo que parece más acertado, pero es muy difícil establecer una cifra con un mínimo de seguridad.

La población de la gran urbe, que era muy superior a la de cualquier ciudad del occidente en esa época (por lo menos 400.000 habitantes), se componía de una gran masa de gente pobre formada esencialmente por comerciantes (Constantinopla era el centro del comercio mundial, y esto hacía que los comercios muy pequeños se multiplicaran), artesanos, obviamente soldados (el Imperio casi siempre estaba en guerra), sirvientes, esclavos, prostitutas, y lo que nosotros llamaríamos mendigos, los cuales en el Imperio Bizantino tenían una connotación especial, se los respetaba y se los cuidaba con gran celo a base de caridad cristiana.

Había como en toda urbe bien organizada (de lo cual Constantinopla era casi único ejemplo en la edad media) algo que podríamos llamar clase media, o sea funcionarios del Imperio, dueños de amplios terrenos, comerciantes enriquecidos, banqueros, la gente relacionada con la universidad (profesores, profesionales, directores.)

Por supuesto, en lo más alto de la sociedad estaban la nobleza y la corte Imperial, que fue justamente la que le dio a Bizancio el aura que llevó durante siglos. La gran rivalidad entre los Palacios de los emperadores y su corte y las enormes y fastuosas villas de la nobleza convertían a esta ciudad en algo maravilloso y único en su época. Todo era seda, oro, arte, joyas, arquitectura de altura, en suma: lujo.

Sin embargo, para el que pueda pensar en una vida vacía y superflua de esta clase, les digo que se equivoca: su preparación intelectual, artística y espiritual, y el convencimiento de que todo ciudadano libre debería tener la misma formación hacía que estudiantes de todo el Imperio (y no siempre ricos) se beneficiaran.

Esta ciudad fue la demostración de cómo la más amplia pobreza y la más exorbitante riqueza siempre han convivido más cerca de lo que uno creería.

Las murallas que protegían la ciudad, construidas durante el reinado del emperador Teodosio (408-450) eran la mejor obra de ingeniería militar de la época, de triple escalonamiento, conformadas por murallas terrestres y marítimas. Se destaca el hecho de la construcción de las murallas pues a ellas se debe la supervivencia de la ciudad a través de los siglos, y asimismo ello significaba la supervivencia del mismísimo Imperio. Una de las inscripciones en una de las puertas de la ciudad decía: “Cristo nuestro Dios, rompe triunfante la fuerza de los enemigos”, lo que da una vívida muestra de la inquebrantable fe que movía la voluntad del Imperio.

La idea del Imperio eterno para los habitantes de la ciudad era algo más o menos así: Constantinopla existe como ciudad inexpugnable, entonces el Imperio también lo es, mientras Constantinopla esté de pie, el Imperio existirá más allá de todas las vicisitudes que tenga que pasar.

Manuscrito hecho en Constantinopla. sX
Manuscrito hecho en Constantinopla. sX

Uno se imagina entrando por una enorme puerta, atravesando la triple muralla, recorriendo la ciudad, con sus increíblemente hermosos Palacios, las avenidas comerciales con los mejores productos (telas de todo tipo, vestimentas, bazares, herramientas, esclavos, materiales, joyas, adornos, etc.) de oriente y occidente, la gente corriendo por las calles para lograr una buena ubicación en el Hipódromo, donde correrían los más famosos (e idolatrados) conductores de carros, varios soldados charlando en una esquina, tres o cuatro monjes caminando debatiendo sobre problemas teológicos y, de pronto, el emperador y su magnífico séquito que atraviesan en varios carros la avenida aclamados por los sorprendidos transeúntes dirigiéndose al magnífico puerto para abordar un barco que lo trasladará a algún punto, allí donde el Imperio lo necesite (Tesalónica, Nicomedia, Trebisonda, Éfeso, tal vez Alejandría, Esmirna o Mileto.)

Constantinopla era una ciudad cosmopolita, con gran cantidad de visitantes de todas las tierras que eran atraídos naturalmente por la cultura, la espiritualidad, o el comercio de la urbe, que estaba ubicada estratégicamente entre dos continentes, Asia y Europa, dominaba el estrecho del Bósforo y el Mar de Mármara, que era lo mismo que controlar nada menos que el Mar Negro y el Mediterráneo, fundamentalmente era un excelente puerto natural, y durante toda su existencia fue de gran importancia la marina bizantina que con sus naves controlaban toda la zona y podían hostigar a los ocasionales invasores que solían sitiar la ciudad.

Lamentablemente en tiempos de la salvaje cuarta cruzada (1204) la marina bizantina prácticamente no existía, debido a los recortes presupuestarios de un Imperio en apuros económicamente dependiente de Venecia y de Génova, lo que fue un factor decisivo en la caída de la ciudad y del Imperio. Y luego de la caída, inexplicablemente vino el olvido. Olvido del cual intentaremos rescatarla, en la medida de lo posible.

Escribo, tomo fotografías artísticas y analizo música clásica y rock, literatura, historia medieval y me atrevo con las noticias de Argentina y del mundo.

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